En el antiguo teatro sánscrito, la representación dentro de la representación se conocía como Gharbanataka o “drama embrionario”. Es el caso del teatro dentro del teatro en el Hamlet de Shakespeare o, mucho antes, en El último lance de Rama (siglo VIII), de Bhavabhuti, donde el personaje llamado Sita (esposa del rey Rama) finge que es una actriz que representará, ante su público (no ante el público de espectadores reales), el papel de Sita, es decir, el de su propia identidad. En otras palabras, se realiza una pequeña obra de teatro dentro del teatro, en la que Sita representa el papel de Sita sin que el pequeño público sepa que en realidad es Sita. El último lance de Rama fue magistralmente traducido al español por el sanscritista Juan Miguel de Mora en colaboración con Ludwika Jarocka, y publicado dos veces en una exquisita edición bilingüe con un esclarecedor estudio introductorio.

El propósito de este artículo no es reflexionar sobre el mundo como representación, sino recordar la obsesión por representarnos. Unamuno, en Niebla (1912), aparece como personaje y autor a la vez, pero el personaje Víctor Goti escribe la novela que el lector está leyendo. ¿Quién es personaje y quién autor? En la realidad “real”, Unamuno es autor, pero en la realidad representada no consiente en ser un mero personaje. Por ello esta obra ha sido comparada con el cuadro Las Meninas, de Velázquez, donde vemos cómo Velázquez pinta el cuadro que acaso estamos viendo: metapintura. Hay artistas que han llevado esta obsesión al cine o a la televisión. Sería interesante un estudio profundo sobre la autorreferencialidad en la pantalla. Hay un capítulo de principios de los 60 o finales de los 50, de la célebre serie de TV La dimensión desconocida, en que una mujer se obsesiona por su pasada vida de actriz y decide incorporarse para siempre a una de las películas en que actuó, tema que muchos años después desarrollará Woody Allen en su obra maestra: La rosa púrpura del Cairo.

Pero tal vez la obra magistral que emplea este recurso sea la película de 1965 Persona (palabra que en latín significa “máscara”), del sueco Ingmar Bergman. Allí hay máscaras de máscaras en distintos niveles de realidad; simulacros de simulacros del inicio al desenlace, cuando por fin aparece la cámara que filmó todo. Muchos años después, a inicios de los 70, en La montaña sagrada, de Jodorowski, al final aparece también la cámara que filmó todo lo que vimos, pero aquí con la idea de regresarnos a la realidad. Los personajes iniciados buscaban la inmortalidad, pero al correrse el Velo de la Ilusión (Maya, en sánscrito), ganan en realidad: adquieren mayor materialidad. Entre Persona y La montaña sagrada, hay una joya cinematográfica poco mencionada hoy. Me refiero a La persecución del Zorro (After the Fox), cinta italo-británica de 1966, de Vitorio De Sica, donde aparece el mismo De Sica que está dirigiendo una película justo cuando unos ladrones le roban el equipo y con él hacen otra película que al final resulta un auténtico bodrio, aunque curiosamente enaltecido por un solo espectador que lo considera cine de “vanguardia”, “obra de arte”. El efecto cómico es incuestionable, sin escatimar la profundidad. Por supuesto, no son los únicos ejemplos de Gharbanataka cinematográfico, y si hablamos de literatura, se multiplicarían con creces.

Las ideas anteriores, así como el viejo recurso de la llamada “caja china” o “cuentos de cajón” (cuentos dentro de cuentos), revelan la antigua obsesión del ser humano por la representación y lo representado. ¿Es el mundo una ilusión, un escenario cubierto por el Velo de Maya, de acuerdo con el Vedanta? ¿Somos sueños de un dios? ¿No soportamos la realidad y por ello necesitamos representárnosla, a fin de darle un orden ajeno al de la naturaleza? ¿No soportamos la realidad como es y generamos representaciones para asegurarnos de que “no se escapará”, de que permanecerá con nosotros “siempre”? Comoquiera que sea, todo puede tener, y de hecho lo tiene, una segunda potencia, un reflejo, un simulacro.