Desde lo absurdo hasta lo sublime. Escenas de calle interactuando con complejo y sesudo arte conceptual. Fotos de un turista transformadas en trozos de vida cotidiana de colores vibrantes y voces audibles. Variantes interesantísimas del viejo y resucitado arte del pin-up y audaces imágenes de cosplay. Todo esto y más es el inclasificable trabajo del español Borja Pascual , artista visual de múltiples registros.

 

Antes escribía historias

El propio Borja Pascual revela lo que podría ser una clave de su estética personal: “El cine me fascinaba. Visualmente me han impactado Dark City, Dune, El gran Lebowski, Dentro del laberinto, El cuervo… Lo que me atrapaba, de manera instintiva y sin haberle puesto nombre, era la combinación de escenografía, luz, color y cámara. Con esa confianza en uno mismo que solo puede salir de la ingenuidad, decidí que iba a aprender por mi cuenta a hacer cine. Tras varios cortometrajes de penosa calidad (siempre co-dirigidos con un buen amigo mío) y darme contra todas las paredes que uno se puede dar, decidí que tenía que aprender a iluminar”.

Este joven fotógrafo de recia personalidad retorna un poco en el tiempo y habla de cuando transformó la fotografía en la suma de todas las expresiones artísticas que le apasionan:

“Me dio por hacer fotos hace casi seis años. De todas maneras me interesó el cine antes que la fotografía. Y, antes que el cine o la fotografía, yo escribía historias. Y, mucho antes que el cine, la fotografía y la escritura, un Borja de diez años dibujaba cómics”.

¿Cuáles fueron las “armas” que materializaron esas ideas de Borja Pascual que no fueron trasladadas a la pantalla grande o a los libros?, le pregunto.

“Comencé con una vieja cámara de fotos soviética, una Kiev 4AM con una lente fija de 50 mm que una exnovia me trajo de Bulgaria. Un trasto de acero más duro que un tanque. Recuerdo que, en cuanto me la trajeron, se me cayó al suelo y la baldosa que había debajo se hizo más daño que la cámara. De este modo comencé a experimentar con el enfoque, los distintos tipos de película, las velocidades de obturación y todos los mecanismos que una cámara me podía ofrecer. Sólo cuando me vi capaz de manejar una cámara de manera completamente manual, tuve mi primera Réflex digital entre las manos: Una Sony A200”.

Mis varias cámaras

Borja Pascual es un cineasta que ha encontrado el camino para expresarse a través de imágenes fijas y con un vasto arsenal de recursos:

“Tengo varias cámaras: mi adorada Kiev 4AM, una Holga, una Voigtländer de fuelle, y mi Sony A57. Antes tuve la A500 y, antes de esa, la A200. Según mis necesidades, he ido actualizando mi equipo. Como lentes, tengo un 10-20mm f/4-5.6, un 18-55mm f/3.5-5.6 y un 28-75mm f/2.8. También tengo un 70-300mm que apenas uso, pero que no da malos resultados. Me gusta mucho jugar con los grandes angulares, distorsionando la perspectiva, y soy aficionado a usar mi 18mm (que en mi cámara se convierte en un 27mm) f/3.5 para retrato, sobre todo en horizontal y cuando hay un fondo interesante. Crea una sensación de profundidad que te sumerge en la foto”.

Responsabilizar exclusivamente a la calidad de la cámara de lograr un buen trabajo, señala Borja Pascual, es como suponer que un buen martillo construirá por sí mismo una gran casa: “Más que las herramientas, lo importante es lo que desees transmitir. Importa el fotógrafo, no la cámara. Una foto buena puede salir de cualquier lado, grandes ejemplos de ello son Arthur Wee Gee Fellig o Miroslav Tichy”.

Nuestro lado negativo

Borja Pascual señala que le interesan profundamente todos los temas, que siempre intenta innovar. Lo suyo es una especie de esquizofrenia creativa:

“Quiero —dice— hacerlo todo, saberlo todo y verlo todo. Intento ser todos los fotógrafos, directores de fotografía, pintores e ilustradores que me gustan a la vez. Y no estoy mal de la cabeza todavía, mis amigos imaginarios os lo pueden confirmar”.

Algunas de las fotografías de Borja Pascual rezuman lo que, pudiéramos denominar, “violencia con toques de glamour“:

“Todos tenemos —dice— un lado primitivo y oscuro al que amarramos, amordazamos y sedamos. Se domestica hasta que olvida su propio significado. Este tipo de imágenes fascinan de una manera extraña porque muestran algo de lo que se nos ha intentado resguardar pero que siempre ha estado ahí. Por eso vemos películas de terror, por eso la gente aminora la velocidad cuando conduce cerca de un accidente y así poder mirar, y por eso hago esas fotos”.

Prefiere trabajar con amigos o con actores que con modelos profesionales: “Cuando no son actores —dice— también me gusta mucho observar a la persona desenvolverse naturalmente e ir sacando fotos cuando veo que hacen algo que llama la atención. Muchas veces le he gritado a una modelo «¡quieta!» porque acababa de ponerse en una postura perfecta, o le he pedido que repitiera el gesto que acababa de hacer y del que ella ni era consciente ni se acordaba”.