El irracionalismo creador de las vanguardias, hijas “bastardas” del romanticismo, representó fielmente la crisis de valores en la modernidad. Ernesto Sabato nos recuerda que Gauguin escribió a Strindberg: “Si nuestra vida está enferma también ha de estarlo nuestro arte”. Las vanguardias, por un lado, asumen la libertad de acción del romanticismo, pero, por otro, caen en el manifiesto, es decir, en una postura cercana a lo dogmático. También expresaron, con explosión, la multiplicidad de la crisis que estremeció a Occidente. Cada vanguardia quiso hallar una salida de la situación crítica o representarla con el arte. Cada manifiesto expone y argumenta, desde una óptica muy particular, lo que debe ser el arte para ella.
La película-semicollage titulada Manifesto, dirigida de modo magistral por Julian Rosefeldt y actuada de manera no menos magistral sobre todo por Cate Blanchett, pretende retomar, reactualizar y sobre todo parodiar e incluso ridiculizar algunos de los grandes manifiestos artísticos, aunque de hecho se inicie con el Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, y su célebre frase “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, así como su diatriba contra la concepción burguesa y mercantilista. La filosofía, como el resto de las disciplinas creadas por el ser humano, son maneras de representarnos el mundo.
Tal vez lo más interesante de la película sea su estructura a base de microrrelatos anticlimáticos con énfasis en el discurso expositivo y argumentativo. Los escenarios y atmósferas son variados y el protagonista es siempre Cate Blanchett, quien se desdobla en múltiples personalidades: la personalidad de cada manifiesto. En el filme desfilan distintos movimientos de vanguardia del siglo XX: dadaítas, futuristas, surrealistas, suprematistas, situacionistas, Fluxus y también el creacionismo y el estridentismo de Manuel Maples Arce, con su célebre pretensión de llevar a Chopin (el romanticismo) a la silla eléctrica. Manifesto despliega un inmenso collage en que se juntan las religiosidades estéticas y filosóficas desde finales del siglo XIX. Pasa, por supuesto, por las neovanguardias de los años 60 y el arte pop. La película es una gran interrogación por el papel social que ha desempeñado el arte desde hace más de cien años y deja mucho por reflexionar.
En la actualidad, cuando gran cantidad de pseudoartistas sigue asumiendo que basta poner cualquier objeto en un museo para que, por ese simple hecho, se convierta en “arte”, sin importar la técnica, tal como lo denunció Marcel Duchamp (entre bromas y veras), esta película resulta aleccionadora por su técnica y realización en todos los sentidos, pero también por la cáustica burla contra quienes se dicen “artistas” sin dominar técnica alguna como vehículo de expresión profunda. Se trata, en efecto, de una obra de arte que en el fondo se burla de las posturas dogmáticas y asume la pluralidad, la heterogeneidad de propuestas sin renunciar a la techné. Cate Blanchett y el resto de los actores, al igual que el director, han demostrado con creces que el arte aún es posible.


