Comentario al libro “The Fabulous Orson Welles”, de Peter Noble. Ed. Hutchinson Lond*
Paris, Agosto 1957
Todas las épocas tienen hombres y productos distintivos. Napoleón y la libertad lo fueron del siglo XIX. Orson Welles y lo exorbitantes son del XX. Nadie como ellos resumen la angustia, aspiraciones, anhelos y realizaciones de su tiempo y uno y otro hubiesen podido tranquilamente y con eficacia, cambia respectivamente sus papeles.
Orson es un fenómeno de nuestros días. Maestro de picardías y malas mañas conoce el truco de elevar a lo genial lo que simplemente es ingenioso. Tiene discípulos e imitadores en todas partes y sus seguidores, en México suman docenas, encabezados, al parecer por el Bachiller Gálvez y Fuentes. Pero si las segundas partes sólo llegan a producir ruidos de lavadora en acción, Orson a sus años, continúa laborando sin descanso para darnos el dibujo completo del hombre americano de nuestra hora el que, dando el mundo por conquistado y al no disponer de cohetes para invadir otros planetas, hace bajar a los marcianos para que aterroricen a los bobos terrícolas, fatuos y presuntuosos seres llamados “hombres” quienes se ponen a temblar como hojas secas, cuando alguien les dice que hay otros tipos con un solo ojo y sin un solo cabello.
La curiosa extroversión de Orson Welles; su proyección hacia la masa, han dado origen a un nuevo tipo en la ya abundante fauna humana: el que se muere por verter un mensaje ante el micrófono. El tal individuo que no es tonto y así lo reconoce la comunidad, por más que sea inepto del todo para las tareas más sencillas como la de cultivar tomates, por ejemplo. Es un gran oidor, “oyón” – como se dice en México, o se escucha. A la dimensión de su oreja corresponden la largura de su lengua y la extensión de su boca. Tiene mucho de qué hablar pero nada es suyo. Es una “voz” alquilada al servicio y a la difusión de las locuras de nuestro tiempo. Escarbando un poco en su vanidad encontraremos que siente ser mejor estratega que el Mariscal Jukov, dramaturgo que Eugene O´Neill, mejor actor que Leslie Howard y superior Don Juan que el de Lord Byron o Zorrilla. Toda acción le seduce y quisiera ejecutarla con grandeza que se quede en grandilocuencia. Ama los objetivos. Los lleva prendidos en la solapa como otros llevan el listón de las palmas académicas. Dicta la moda, la gastronomía y las dosis de cocaína. Inventa cocteles y escuelas de filosofía. Cuando le faltan notas, pare “orejas” las que no tienen derecho alguno para emitir su voz porque la suya es la única pagada y cotizada. Forma “maffias” y se erige en Al Capone de ellas. Detiene a los talentos. Prevarica los gustos. Es, en fin, cínico, inescrupuloso, inmoral y mentiroso. Pero hace de los defectos virtudes y, mezclando el todo en la batidora de la publicidad, forma una indiscutible personalidad que es la de nuestros días.

Tal es la escuela monstruosa de Orson Welles, “niño, joven y hombre prodigio”. Pero su clase no es la anticuada de Mozart ni de Cocteau quienes, al menos, han canalizado todo su esfuerzo dirigiéndolo a una sola meta. A Welles, como a sus seguidores “se les hace chiquito el mar” porque todo el mundo, en razón de la velocidad de las comunicaciones actuales así como la del sonido, se ha vuelto para ellos –y para todos- esa ingenua y pequeña bolita de nada que Dios creó en siete días a la que luego, desdeñoso, dio un puntapié y la botó girando al vacío. Sigámoslo, ahora, en su trayectoria biográfica, desconcertante y cautivadora puesto que, a veces, da idea de ser la del primer tipo anhelado por Nietzche.
Cuando nació, aquel lejano 6 de mayo de 1915 fue cobijado por auténticas sábanas de batista. Su padre recibió la noticia entre sorbo y sorbo de whiskey o entre cortejo y cortejo a sus innumerables enamoradas. Su madre, Beatrice Ives Welles era una pianista a la americana, de esas que suelen meter en sus salones, con buenas o malas artes a Ravel o a Stravinsky, para que su arte les llegue por el mismo aire que respiran. La mamá decidió hacerlo genio y, desde los dos años se puso a “contarle” Shakespeare, en lugar de utilizar los socorridos cuentos de Caperucita Roja o el Patito Feo. El padre protestaba afirmando que, de esa manera, el chico se arruinaría. Y, quisiera o no, lo llevaba a casa de su hermana, tía extravagante y curiosa, que tomaba baños en litros de finísimo vino blanco, disculpándose de hacerlo así “porque el champaña era caro, de verititas”. Otra de sus fantásticas tías estaba loca por los automóviles. Pero no subía en ellos. Se hacia remolcar por uno, de carísima marca yendo ella, atrás en un carrito sin motor, tirado por una cuerda.

Orson creció en mitad de aquella competencia de excentricidades. A los tres escasos años hizo su primer papel de actor, fingiendo tener un agudísimo ataque de apendicitis –había escuchado que la criada vecina tenía uno igual con tal de no asistir a la fiesta infantil de Michel, un chico al que detestaba con toda el alma. A los cuatro aprendió prodigiosamente todas las artes mágicas de Houdini, enseñadas por él mismo. A los cinco bebía vino como un carretonero alentado por el padre. A los seis demostró que podía hacer sangrientas caricaturas empleando como sujetos favoritos a las risibles personas que llegaban de visita a casa para escuchar el piano de su madre. A los 7 aprendió a escribir en máquina, a cortar las trenzas de sus amiguitas sin que ellas se diesen cuenta, a poner tachuelas en los asientos de los grandes, ranas vivas en las sábanas de sus padres y chicle en las pestañas de sus compañeritos. A los 8 escribió de una tirada, una “Historia del Arte Dramático”. A los 8 y medio había leído 2,000 libros y a los 9 anunció en la Escuela que daría una larguísima conferencia” –de 25 cuartillas convocando a todos sus condiscípulos y maestros a escucharla. En cierto momento se levantó del asiento donde leía ceremoniosamente su trabajo y, con voz segura y sibilante criticó ásperamente los métodos de enseñanza llevados en el colegio. Un profesor, airado, quiso callarlo pero Orsoncito contestó flamígeramente “que la crítica es la esencia de la creación y que si la enseñanza escolar tiene necesidad de la crítica, la haré a pesar de todo lo que pueda sucederme”.
Aquello era el colmo. Una junta de graves maestros decidió que, sin pérdida alguna de tiempo, era necesario hacer un examen psicológico al alumno. Y le dijeron: ¿Cuál es la primera cosa que te viene a la mente cuando oyen decir “osito de peluche?”. Orson respondió segurísimo: “El cínico conoce el precio de cada cosa pero no su auténtico valor”. Y remató: “Lo dijo Oscar Wilde”. Los examinadores se apresuraron a sentenciar: Sujeto peligroso. Muestra una profunda disociación de ideas.

A los 11 años Orson fumaba una cajetilla diaria de cigarros y obligó a una niña a huir con él pero la policía los encontró cuando, en una esquina, se disponían a decir recitaciones para ganar unos centavos. Su padre juzgó que era tiempo de hacer algo con el mocoso y lo llevó a dar una vuelta al mundo. Al regreso murió su progenitor dejándole 500 dólares por toda herencia. Tal cosa no atemorizó a Orson. Se dedicó a la pintura pero no vendió ni un cuadro; aprendió el violín con Boris Ansfield pero muy pronto se cansó del maestro y del instrumento. Tenía 15 años y con ellos como experiencia se fue a Irlanda. Debutó como “notable actor americano momentáneamente desocupado” en el Teatro Gate de Dublín. Pero alguien le invitó al África y para allá fue “para conocer los leones fuera del zoológico”. De vuelta se quedó en España por un buen tiempo y se apasionó por los toros. Quiso hacerse matador pero sólo llegó a picador y como tal trabajó en la plaza “La Maestranza” de Sevilla.
A los 19 regresó a Nueva York; entró a trabajar con Katherin Cornell y se casó con Virginia Nicholson y cuando les nació una niña le dieron el masculino nombre de Cristóbal. Welles empezaba a notarse como director y productor logrando llevar a escena una opereta prohibida por el Gobierno. Pero fue en la radio donde obtuvo su mayor éxito escribiendo, produciendo y dirigiendo programas novedosos y atractivos. Las difusoras se lo disputaban y para ir de una a otra empleaba una ambulancia cuyo empleo le costaba 10 dólares la hora. Pero él lograba ganar 2000 por semana.
Fue el 30 de octubre de 1938 cuando pudo comprobar cuán inconsistente era la conciencia de su tiempo, cuánto era el sedimento de miedo en la gran democracia norteamericana y cuán endeble era la formalidad mental de sus conciudadanos. Juntamente con su compañía, la “Mercury” montó una pieza, juzgada por él mismo como una “vacilada” narrando la imaginaria invasión de los Estados Unidos por una horda de marcianos, mostrándolos como horribles monstruos” que causaban el vómito con solo verlos. El cuento empezó a las 8 de la noche pero a tal hora una novela de amor ocupaba a casi todo el auditorio. A las 8.10 la “invasión” había destruido Nueva Jersey. Los actores se turnaban para figurar ser: ministros llamados de urgencia: jefes de la policía que aconsejaban calma, sacerdotes que excitaban a la plegaria para obtener el perdón de Dios, banqueros que confesaban sus raterías y pecados, amantes reconciliados, etc. A las 8.12 terminó la novela y millones de botones cambiaron a la Estación en donde se escenificaba el juego. Pero ya era demasiado. Millones de americanos se lanzaron a la calle, invadieron las iglesias, se dispararon por las carreteras y se vieron, en fin, en el colmo de las desesperación. Hubo abortos, intentos de suicidio, reclamaciones, choques y muchos otros entuertos por muchos de los cuales la estación tuvo que pagar daños y perjuicios.
Orson saltó del radio al cine y retó a Hearst en el “Ciudadano Kane”. Falló con algunas películas pero nadie puede negarle el éxito obtenido como actor en Macbeth, Otello o el Tercer Hombre.

Y variada como su vida de acción ha sido su vida sentimental. Divorciado de Virginia Nicholson hizo la corte, durante mucho tiempo, a nuestra espléndida Dolores del Río. Acabó casándose con Rita Hayworth y la pareja fue conocida como “La Bella y la Mente”. Pero la bella no tuvo suerte con la mente y se separaron cuando ambos hicieron un hermoso churro llamado “La Señora de Shangai”. De la unión nació Rebeca. Y el Don Juan que hay en Orson se dio, luego, a perseguir a docenas de actrices y gentes de trueno. Coqueteó con la cantante Earta Kit y con Lea Padovani pero fue a terminar en los brazos de Paola ori y allí continúa arrullándose.
Un día de estos, uno cualquiera, nos dará una sorpresa. Orson es hombre que siempre tiene algo cociéndose. Y la suma de todas sus obras será, sin duda, precioso objeto de estudio para mejor conocer el color y sabor de este nuestro tiempo, uno de los más precisos, pero turbulentos que haya contemplado la historia.
