El teatro. Evocaciones/Obras/Ensayos del mexicano Mario Ficachi, en edición de autor, es un muestrario de la vida creativa de este autor polifacético, nacido en 1948. La primera parte, como su nombre indica, son evocaciones y es donde Ficachi rememora su lúdico espíritu infantil y juvenil que desembocará —en la edad adulta— en la creación dramatúrgica, pasando por la actuación y la dirección escénica; sin embargo, en “Evocaciones” es prácticamente el niño Ficachi el que aparece en las remembranzas, añoranzas y recuerdos, que todo ello, no son sinónimos como parecería, sino momentos especiales, con su luz estelar cada cual, incluso la de los pícaros y colectivos descubrimientos sexuales.
La segunda parte se constituye por las obras, dramatúrgicas y/o guionístico-radiofónicas, que nos muestran, más que nada, el ímpetu explorativo de un hombre que se sabe teatrero y desea contar varias historias a través de la escena. Talento hay en dichos textos, pulcritud en la presentación de las historias, dedicación en su escritura y aprehensión en sus estructuras, así como una necesidad que se siente compulsiva por encontrar sus propias formas y sus propias temáticas, así como su evidente asir los ecos de sus influencias dramatúrgicas inmediatas (como lo son el teatro de Rascón Banda o el de Jesús González Dávila…).
Cinta canela me parece la obra más lograda de todas, sin demérito de las otras, pero es que ahí se observa a un dramaturgo que apuesta y se arriesga por la novedad del lenguaje, del tema, sin sacarle al parche —como diría la voz popular— de nada, sino al contrario, yéndose a los extremos de la virulencia. Ya que en su acercamiento a Frida Kahlo, en Fridísima…, comedia musical, hay tiento en el manejo de los históricos personajes, no se permite ir más allá de lo evidente, el didactismo lleva la fórmula y, aunque nada nuevo se dice sobre la Kahlo o sobre Diego, sí hay algo muy importante en la obra, que llega a conmover: el homenaje apasionado de Ficachi por la gran pintora mexicana. La obra, además, servirá como acicate para que el público joven al que va dirigido, se manifieste por conocer la vida y obra de esta excepcional mujer del siglo XX.
Bella es su incisiva detonación y admirable defensa de nuestras tradiciones, así como su crítica a la intolerancia de la libertad de expresión en Calabaza en tacha (radioteatro). Titipuchal es un inteligente entretenimiento para niños despiertos y padres que deseen que sus niños no sean de los que no saben usar la razón, sino todo lo contrario. Parecidos, otro radiodrama, habla de la relación madre e hijo y todas sus complejidades, es una historia en la que el dramaturgo Ficachi se asoma al tono intimista con gran énfasis y no poca angustia, pero también con humorismo y autoparodia.

El libro nos integra después a la lectura de “Los profetas de Clipperton”, ensayo exhaustivísimo sobre el proceso de dirección y producción, y resonancias múltiples, de la obra de mi estimado David Olguín, Clipperton, que llega a ser una historiografía bien documentada y escrita por Ficachi con paciencia de santo.
Proseguimos con el ensayo “Caos, ley y teatro”, del que Estela Leñero prologuista del libro dice —y dice bien— que Ficachi “Aborda con mucho humor y espiritu lúdico, temas áridos como la legislación sobre teatro…”; esto nos lo dice todo. Todo sobre reglamentaciones insulsas, espíritus espurios y censuras bastardas (bueno, no hay de otras) que han permeado los usos y costumbres del público, los artistas y los funcionarios en nuestro país y, más precisamente, en la Ciudad de México.
En sus “Greguerías y paráfrasis teatrales”, vienen las reflexiones de Ficachi, más que sobre el teatro, sobre el medio teatral mexicano; la imagen que le dan —dieron o siguen dando— algunos personajes, sus obras, acciones, pleitos, desaguisados… casi no se refiere Ficachi a cosas, cualidades o personajes que hayan acertado en nada, y va —eso sí— en contra de todo y de todos como un anarquista que dinamita punto por punto el terreno del pasado, el presente y el futuro de nuestro teatro. Lo hace con humor, por fortuna, y a veces jugando a la superchería. El número 125 de estas líneas de reflexión, no obstante, resulta demoledor y con él finaliza Ficachi, diciendo, entre otras cosas: “…Teatro Escolar: fraude sin juicio académico… Teatro Oficial: Mezquindad y palos de ciego…”, para subrayar en su paráfrasis a Séneca, ¿pues ven todo eso?: “¡Harás teatro!”.
Yo creo que el libro de Ficachi debió haberse llamado así: ¡Harás teatro!, ya que El Teatro, como título global es demasiado general y ambicioso, para un libro que abunda en textos de particularidades y nimiedades del teatro mexicano contemporáneo, y enfoca asimismo un catálogo de la obra del autor, sus reflexiones y algunos aspectos de su biografía, tomados de su infancia y juventud. Este catálogo, que puede ser también una antología personal (o una personal autoantología), nos pone a pensar en aquello que señala Estela Leñero en su excelente y puntual Prólogo: “…para Mario, el teatro es toda su vida”. Yo parafrasearía esta visión de Estela, diciendo: “Para Mario, la vida es el teatro”. Y en esta tónica concluiré que ante el libro de Ficachi estamos advertidos de que no todo lo que brilla es Teatro, o que a veces, lo que brilla… suele ser muy poco. Ficachi lo sabe y no hay desconsuelo ni desesperanza en su hacer, sino la presencia contundente del ahínco de su voz pretérita —permítaseme recordar a López Velarde—, en cada página que impulsivo y compulsivo, el generoso autor nos entrega en su libro.
Mario Ficachi: El teatro. Evocaciones/Obras/Ensayos. Solar. Servicios Editoriales. México, 2017; 214 pp.

