Curiosamente en esta época de hiperconsumismo, alentado y exigido por el engranaje del capitalismo mundializado a través de diversos mecanismos, entre ellos la mercadotecnia y la publicidad, muchos jóvenes se adhieren a una tendencia llamada minimalismo. El referente de este concepto, según mi observación, es la corriente minimalista en la pintura de los años sesenta que intentó reducir el uso de elementos a lo esencial. Este afán artístico no me parece ajeno a la búsqueda existencial de vivir con lo mínimo posible, pues en este minimismo se encuentra un alto grado de belleza ligado con la pulcritud de los espacios vacíos. No puedo evitar ligar este movimiento con el del Descrecimiento, Decrecimiento, Degrowht, Décroissance, etcétera, pues ambos abogan por la reducción de los objetos utilizados. Sin embargo, trato de entender sus diferencias.
El movimiento de Degrowht tiene una elaboración conceptual fundamental: hay que entender porque el mandato de crecer económicamente a nivel de individuos, de empresas, de naciones o, incluso, de corporaciones es contraproducente para llevar una vida buena tanto para las sociedades humanas como para el planeta. En otras entregas hemos hablado de los precursores intelectuales de este movimiento entre los que se cuentan economistas, filósofos, teólogos, ecologistas, historiadores, ingenieros, etcétera. La pluralidad de los enfoques ha permitido desentrañar el mal inherente al crecimiento económico considerado fin primero y último de la vida económica, social y personal. Creo que Jean Robert diría que este anhelo prometéico rompió la proporción social porque es imposible que un organismo pequeño crezca sin perder, al pasar cierto umbral, sus posibilidades de sostenerse y de volverse contraproducente en relación con la finalidad buscada. Hoy ya es claro que la creación de riquezas a nivel macro no ha aliviado la pobreza mundial y, por el contrario, la ha aumentado (por la manera de explotar recursos en países del Tercer Mundo) y hasta criminalizado: los pobres son culpables de su situación. Los pensadores adherentes al Descrecimiento (Decrecimiento) suelen acompañar sus análisis con una forma de vida austera.
Por su parte, hasta donde he podido observar, los jóvenes que optan por una vida minimalista no tienen sesudas elaboraciones ni estudios al respecto, la bella intuición parece ser su guía. Quizá perciben el desastre de las sociedades “desarrolladas” y de las “subdesarrolladas”, así como el pesado y esclavizante trabajo que se les exigirá para mantener un estilo de vida basado en la posesión, la moda, la ambición material. Así, su opción de vida es tener lo necesario, deshaciéndose de lo superfluo, de maneras muy prácticas, compartiendo sus experiencias a través de las redes. Aún no entiendo si el afán minimalista también comprende el reusar y reciclar propugnado por Serge Latouche, o sólo el reducir, ni si esta reducción implica conservar los pocos objetos que ya se tienen o cambiarlos regularmente por otros nuevos en cuyo caso no se terminaría con el ciclo vicioso de comprar-tirar-comprar ni llevaría al ideal de “cero basura”.
En todo caso, el minimalismo es una tendencia práctica ligada con poseer poco para tener mayor ocio y libertad. Sería deseable un encuentro entre los teóricos del descrecimiento con los prácticos y estéticos del minimalismo para abrir juntos senderos desconocidos.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se investigue Ayotzinapa, que trabajemos por un nuevo Constituyente, que recuperemos la autonomía alimentaria, que revisemos las ilusiones del TLC, que defendamos la democracia.

