Dos grandes exposiciones engalanan las salas del Museo Tamayo, se trata de Artaud 1936, exhibición que conmemora la poética del dramaturgo francés Antonin Artaud, su legendario viaje a México en 1936 y la influencia de su legado artístico, literario y de vida en todo el continente americano. Por el otro lado, nos encontramos con la primera exposición monográfica de Cerith Wyn Evans en México, muestra que busca detonar experiencias sensoriales y temporales en el espectador, así como desafiar las nociones de percepción, cognición, subjetividad y realidad.
Artaud 1936, por su parte, es integrada por materiales históricos y de archivo, así como piezas de artistas que, durante las últimas cinco décadas, han respondido a la obra de Artaud y celebrado su enigmática experiencia de México y, en particular, de la cultura Tarahumara.
Más allá del enfoque específicamente cronológico que podría sugerir su título, la muestra sigue precisamente un impulso contrario: romper con los límites históricos del viaje de Artaud por México para dar cuenta de la atemporalidad de su experiencia y ubicarla en un plano de continuidad con el trabajo de muchos artistas que después la repensaron.
La muestra que permanecerá hasta finales de mayo, es dividida en dos fases, cada una de las cuales presentará una selección complementaria de obras y elementos de archivo, sustituyendo algunos objetos y obras por otros con los que dialogan y que proponen una aportación diferente. Así, la misma muestra albergará dos exposiciones distintas con contenidos relacionados. La primera fase se titula “La Sierra de las Cosas”; la segunda, “La Tinta Invisible”.
La vida y obras de Antonin Artaud han sido, desde su muerte en 1948, un objeto inagotable de revisión e interpretación. Su imagen, sueño y mito suplantan al hombre allí donde la historia ofrece sólo fragmentos. Y Artaud 1936 es, en este sentido, un proyecto radicalmente anacrónico, sustentado en los vacíos y paradojas de la existencia de Artaud: vacío documental de su viaje a la Sierra Tarahumara, de su experiencia de los rituales ligados al Peyote; paradoja del viaje a México que físicamente dura nueve meses pero espiritualmente se extiende por dieciséis años, desde la escritura de La conquête du Méxique en 1932 a la danza Tutuguri de Pour en finir avec le jugement de Dieu en 1947. De tal modo que el sueño mexicano de Artaud se fusiona con las visiones de artistas que él vio y amó, y con las de quienes décadas después emularon su trayecto.
En cuanto la muestra Cerith Wyn Evans, el publico podrá conocer las creaciones del escultor y cineasta galés, que en momentos de tensión y fractura dentro de las estructuras de la comunicación existentes —ya sean visuales, sonoras o conceptuales— a través de estrategias como la refracción, la yuxtaposición, la superposición, la contradicción, la oclusión y la revelación.
Con un montaje que responde específicamente a la arquitectura del museo, las obras actúan como catalizadores creando líneas visuales o de sonido que atraviesan los espacios de exposición, como si establecieran un diálogo o un “concierto” entre ellas. Así, Wyn Evans se acerca a lo material e inmaterial a través de los efectos transformadores que la luz, el sonido y la duración pueden tener en el espacio y sus ocupantes.
La muestra que permanecerá hasta el 6 de mayo, se centra en la instalación a gran escala como la pieza E = C = L = I = P = S = E (2015), que esta suspendida del techo en el patio central del museo. En esta pieza, un texto en neón describe la progresión temporal y geográfica de un eclipse de sol en varios continentes.
Cerith Wyn Evans (Reino Unido, 1958) comenzó su carrera como cineasta, produciendo películas y colaborando en proyectos de otros autores. Desde la década de los noventa, se ha enfocado en la producción de obras centradas en el lenguaje y la percepción, en la mayoría de los casos a través de proyectos de sitio específico.
