¡Arrepentíos, pecadores! ¡Rezad, hombres de poca fe!  ¡Mujeres de México, despertad! ¡Levantaos, hermanos y hermanas, que ya saldremos de este valle de lágrimas! Ya no habrá más llanto, ni hambre ni injusticia. Para el bienestar de las almas, en unos meses más, por ahí del primero de diciembre, el reino de los cielos se instalará en estas tierras y todos seremos felices…

El fervorín lanzado por Andrés Manuel López Obrador ante un selecto público del PES, partido evangélico solapado por las autoridades electorales, tuvo como finalidad —obviamente— ganar adeptos y votos, pues ahí prometió “establecer las bases para una convivencia futura (ni modo que pasada) sustentada en el amor y en hacer el bien para alcanzar la verdadera felicidad”.

Por supuesto, ¿a quién le dan pan que llore? ¿Qué persona se opondrá a una convivencia sin políticos ladrones, sin narcos ni secuestradores? ¿A quién le desagrada disfrutar de los afectos, la felicidad y, en una palabra, la buena onda? “Cristo es amor”, dijo el reverendo, quien agregó: “Jesús manifestó con sus palabras y sus obras su preferencia por los pobres y los niños”.

México, amados hermanos, ya no es México. ¡Es Sodoma! Aquí el rico abusa del pobre, compra la justicia, se baila un zapateado sobre la decencia y todos caminamos sobre senderos manchados por la concupiscencia, el desdoro y el más cabal descuajaringue. La mafia del poder ampara a los impíos porque este es el reino del pecado, de los pecados, de todos los pecados…

Por eso, dijo el ungido —ungido como candidato del PES, del PT y de Morena— urge una constitución moral para hacerle frente a lo que Eric Flores llamó “la mancha negra del individualismo, la codicia y el odio que nos han llevado a la degradación progresiva como sociedad y como nación”.

Para elaborar esa constitución moral, nuevas tablas de la ley que levantará Moisés en medio de la tormenta, López Obrador llamará a filósofos, sociólogos, antropólogos, ancianos venerables de las comunidades indígenas, maestros, padres de familia, jóvenes, escritores, poetas (que no son escritores, seguramente), mujeres, empresarios, apóstoles de los derechos humanos y hasta ¡defensores de la diversidad sexual!

Y así, cuando don Benito Juárez estaba a punto de levantarse del sepulcro para sacar del templo laico a los mercaderes (de votos), nuevamente la palabra del profeta puso las cosas en su lugar: éntrenle, aviéntense todos, pero recuerden que a Dios lo que es Dios y al César (ya saben quién) lo que es del César. Amén.