La vejez es el tiempo de practicar la sabiduría.
Rousseau
El 25 de marzo de 1918, en el seno de la prolífica familia Godoy Lobato nació su decimoquinta y última hija, Emma, quien poco disfrutó de la calma de la casa familiar del Callejón de Cantarranas, de la capital de Guanajuato, al ser trasladada, con apenas ocho años, a una casona ubicada en Popotla, en el antiguo municipio de Tacuba, prácticamente conurbado a la capital de la república.
Como muchas de sus vecinas, Emma ingresó en la Escuela Normal, en la que se recibió como maestra, pero en lugar de dedicarse a la docencia, o a esperar “hacer un buen matrimonio”, decidió especializarse en lengua y literatura española en la Normal Superior, donde obtuvo el reconocimiento por su tesis Iniciación a los estudios literarios y la psicología de los adolescentes.
Comenzó a escribir poesía desde joven, y en su afán por ampliar sus horizontes intelectuales acudió a la Universidad Nacional, en donde estudió psicología y pedagogía y obtuvo el doctorado en filosofía, para, en 1955, viajar a París donde acudió a cursos en La Sorbona, así como a la Escuela de Arte del Museo del Louvre.

A su regreso a México impartió cursos en la propia Universidad, en el Claustro de Sor Juana y en otras instituciones educativas, a la par que incursionó como comentarista radiofónica en XEW y como articulista en diarios y revistas, al tiempo que publicó sus poemarios, destacando Erase un hombre pentafásico por el que obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales.
Su avidez reflexiva la llevó a hacer visibles las ingratitudes sociales hacia los adultos mayores, reconociendo que, ante el llamado “bono demográfico”, la devoción y respeto que antaño se prodigaba a ese sector social corría el grave riesgo del abandono y maltrato, aciago devenir que la transformó, además de en la docta catedrática y amena comentarista radiofónica, en una incansable luchadora social por reivindicar el derecho al respeto y a una vida digna para los adultos mayores.

En 1977, la doctora Godoy logró convencer a un grupo de prominentes mujeres de su tiempo para fundar el grupo altruista Dignificación de la Vejez, cuyo lema fue “la ancianidad debe ser maestra, consejera y guía”, y en 1979 auspició la creación del Instituto Nacional de la Senectud, dependencia que concretó una política pública a favor de los ancianos del país, que luego, en 2002, se transformó en el INAPAM.
Emma Godoy falleció a los 71 años —el 30 de julio de 1989— y en 2002 sus restos fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres, como un merecido homenaje a su celo y amor por mejorar la calidad de vida de nuestros adultos mayores.
Si, como Rousseau afirmó, es la vejez el tiempo propicio de practicar la sabiduría, doña Emma Godoy lo acreditó con creces en el dignificante legado que le brindó a los “viejos” de su país.

