María Rubio fue una actriz única: supo de la inmortalidad en vida. Tal vez, cuando en los años 50 del siglo pasado comenzó a estudiar actuación en la Escuela de Arte Teatral del INBA, la joven aspirante a actriz jamás pudo imaginarse que, andando el tiempo, iba a convertirse en una de las actrices más prestigiadas de su país, probando las mieles del estrellato internacional y siendo elogiada —para envidia de muchas de sus contemporáneas— por el mismo Ingmar Bergman. María Rubio, conocida popular y mundialmente por su encarnación del personaje Catalina Creel de la telenovela Cuna de lobos, falleció el pasado 1 de marzo a la edad de 83 años. Y México perdió a una de sus más eminentes actrices. Porque María Rubio, aun encumbrándose en la icónica villana del parche, no sólo fue Catalina Creel. Hay un antes y un después de Cuna de lobos en su vida. Hay toda una formación actoral que se cimenta bajo la dirección de muchos de los más importantes creadores escénicos de su momento. Inicia su carrera en 1956 con El portal de Belén bajo la dirección de Enrique Alonso Cachirulo (por quien llega a la televisión vía el también icónico programa Teatro Fantástico, haciendo varios personajes); experiencia a la que inmediatamente su sumaron muchas grandes obras: Calígula de Albert Camus dirigida por Jorge Landeta en 1957; y, cuando en 1959 Luis G. Basurto estrena Debiera haber obispas de Rafael Solana con la emblemática Anita Blanch a la cabeza del elenco, María Rubio ya demostraba la valía de su trabajo escénico, que fue reconocido por directores de la talla de José Solé quien la dirige en la obra de Manuel Eduardo de Gorostiza Contigo, pan y cebolla, actuando al lado de Sergio Bustamante y Emma Teresa Armendáriz (otra actriz emblemática), puesta que, recordaría la propia María Rubio, fue el inicio relevante de su carrera en teatro, y a la que siguieron La gaviota de Anton Chéjov, El alquimista de Ben Jonson, El enemigo del pueblo y La casa Rosner de Henrik Ibsen, Después de la caída de Arthur Miller, Encadenados de Eugene O’Neill (todas bajo la dirección de otro emblemático hombre de teatro en México: Rafael López Miarnau). André Moreau la dirige en Matrimonio o asesinato de Stuart Black; Xavier Rojas en Orfeo desciende de Tennesse Williams al lado de dos egregias actrices: Carmen Montejo y Graciela Döring (también recientemente fallecida); y Nancy Cárdenas la dirige en …y la maestra bebe un poco de Paul Zindel al lado de Ofelia Guilmáin. Su paso por los escenarios de la mano de grandes directores dejaba huella en su desempeño histriónico, mismo que era visible en las pantallas caseras en numerosas telenovelas, hasta la llegada de Rina (1977) con Ofelia Medina y Enrique Álvarez Félix, bajo la dirección del gran director de origen griego Dimitrios Sarrás quien convirtió a la teleserie en todo un éxito y al personaje interpretado por María Rubio, la villana Rafaela, en una de las actrices más reconocidas, respetadas y elogiadas de su momento, librando grandes duelos actorales con el inolvidable Carlos Ancira. Casi diez años más tarde, después de Rina, le llegaría lo que ella misma consideró “El papel de una vida [su vida], Catalina Creel”, creado por Carlos Olmos y bajo la dirección de Carlos Téllez, con base a una de las últimas películas de Betty Davis, Aniversario. Ya he contado en otras ocasiones cómo el destino me hizo artífice para que el personaje de la villana Catalina Creel le llegara María Rubio a quien yo sólo admiraba por su relevante trabajo en Rina. Una tarde, Carlos Olmos me preguntó nombres de actrices que hicieran villanas, pues estaba por empezar la producción de Cuna de lobos. La primera que se me vino a la mente fue María Rubio. “María Rubio”, dije. “¿María Rubio?”, preguntó Olmos. “Claro, la suegra de Rina, ¿te acuerdas? Creo que es una extraordinaria actriz y luego de Rina no ha vuelto a tener un papel a su estatura… Es una excelente actriz”. “Pero aquí es una villana estelar”, puntualizó Olmos. “¡Pues más a mi favor!”, dije yo, mientras Olmos se sumía en sus pensamientos con cara de satisfacción por la propuesta. María Rubio aceptó. Muchos años después, la actriz me confiaría en larguísima entrevista, que el papel le había llegado en el momento preciso, cuando tenía la edad y la energía necesarias para hacerlo. Como todos sabemos, la actuación de María Rubio como Catalina Creel sería un hito en la historia de la televisión mexicana. Era una actriz de un gran temperamento y, también, de una disciplina admirable, rígida y dúctil a la vez, pero siempre creativa, que la hizo ir forjando, paso a paso, un personaje que se enclavó en el subconsciente colectivo mexicano. Fue cuando Ingmar Bergman le envió una carta felicitándola por su desempeño histriónico. Después de Catalina Creel vinieron muchos personajes más, pero ninguno con la fuerza y determinación interpretativa que Cuna de lobos le dio. Catalina Creel la marcó y ella lo sabía. Aun, aprovechando el éxito de la telenovela, en 1987 el binomio Olmos-Téllez la llevó al teatro nuevamente con la obra de Olmos Juegos fatuos, al lado de Diana Bracho, la dama joven de la telenovela, pero la experiencia no fue muy feliz en términos estéticos. La puesta era poco creativa, muy mecánica y ellas no podían quitarse de encima los tonos de los personajes de Cuna de lobos. Por supuesto, económicamente fue un éxito. Todavía a principios de los 90 María Rubio ensayó La tarántula art noveau de la calle del Oro de Hugo Argüelles en la que, de no haber ella renunciado a la puesta por desacuerdos por la dirección, habría hecho un personaje memorable que fue estrenado finalmente por Rosita Quintana; de cualquier manera, el maestro Argüelles siempre quedó con pesar porque María Rubio no estrenara su obra, ya que estaba haciendo un trabajo de mucha estatura actoral. Pero ella era una actriz muy exigente de sus directores: “Yo soy tan eficaz o ineficiente como lo sea el director”, me dijo en entrevista para la revista Álvaro Cueva presenta SúperTV en 2006, cuando Cuna de lobos cumplió 20 años y el destacado crítico de televisión dedicó casi la totalidad de la edición a celebrar la telenovela y desde luego a su intérprete icónica, María Rubio, encomendándome la entrevista principal. El Homenaje de Álvaro Cueva a María Rubio no paró ahí: el 13 de febrero de ese mismo 2006, en la Sala 4 de la Cineteca Nacional se le rindió un magno homenaje celebrando 50 años de trayectoria de la primera actriz María Rubio a quien Reynaldo Corona y yo entregamos la Presea Arlequín en ese momento que recuerdo muy emotivo y al que asistí acompañado de mi madre.

En noviembre pasado, su hijo Claudio Reyes Rubio falleció en un accidente automovilístico. Tuve pesar por él, que fue compañero de generación en Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actor en mi puesta Transa poética: in memoriam Efraín Huerta (1984), así como colaborador —fotógrafo— de mis primeras entrevistas. Claudio se dedicó a la dirección de escena en muchas telenovelas de Televisa. Su padre fue el escritor Luis Reyes de la Maza con quien María Rubio estuvo casada, y de quien se divorció a finales de los 90. Ni tres meses después de acaecida la muerte de su hijo Claudio, María Rubio fallece con lo que llaman la muerte de los justos: quedándose dormida, un infarto. Su leyenda no comienza ni termina: se acentúa en la historia del teatro y la cultura popular mexicana. Indudablemente, María Rubio, nacida en Tijuana, Baja California, el 20 de septiembre de 1934, fue una eminente actriz de teatro [su última actuación teatral fue en Las arpías de Robert Thomas dirigida por Humberto Zurita, 2009] y televisión (el cine francamente la desperdició); actuaciones como las suyas, tanto en Rina como en Cuna de lobos quedan no sólo para la historia de la televisión y la telenovela, sino para la historia de la actuación en México. Como María Rubio, ¡nadie! Descanse en paz la extraordinaria primera actriz mexicana.