Edith Gutiérrez es licenciada y maestra en filosofía por la UNAM, así como maestra y doctora en estudios humanísticos por el TEC, campus CDMX. Es docente en la facultad de filosofía de la UNAM.
—Trato de entender el “concepto” de República amorosa. En principio me parece un desatino. ¿Cómo lo ves tú desde el punto de vista filosófico?
—Pues no me parece en sí mismo un desatino. A final de cuentas, el amor es buscar el bien de sí y del otro, paralelamente. Tal vez entre tanto positivismo legal se ha perdido el rostro del otro como razón de ser de la política. Si la política es una extensión de la ética, entonces en ella cabe también el amor.
El problema es que culturalmente tendemos a banalizar o trivializar el concepto de amor. Entonces lo entendemos como una puesta en escena romanticona y superficial, cuando en realidad podría ser una expresión de la política de la amistad. Según Aristóteles la amistad sólo se puede dar entre personas libres e iguales. Además, él distingue varios tipos de amistad, diferenciados por su grado de perfección. La amistad más imperfecta es aquella que busca al otro para entablar amistad con él por interés en busca del propio beneficio. Mientras que la amistad más perfecta es aquella que se tiene con personas a las que se valora y admira como seres valiosos por su racionalidad y su belleza. La amistad más perfecta es la que no busca realizar ningún interés a través de la relación con el otro sino que encuentra en esa amistad un fin en sí mismo. En ese sentido, la amistad en política tendría que ver con el lazo solidario que se establece con otros a quienes consideramos iguales por su libertad y racionalidad. Y muy importante, la amistad política es un fin en sí misma. Esto significa que entramos en la relación amistosa política con otro no para obtener un beneficio sino porque simplemente el permanecer en este estado de solidaridad, igualdad y racionalidad es en sí mismo un bien. Creo que por ahí va.
—Lamentablemente el concepto de amor en Occidente se presta a muchas interpretaciones. Como se prestó a escarnio el “beso” (ósculo) de Javier Sicilia.
—Tienes razón, como el concepto de amor se presta para muchas malas interpretaciones, ponerle el apellido de amor al nombre genera ocasión para el pitorreo.
—Además, el amor no puede exigirse de manera coercitiva. Ni siquiera el amor agape cristiano, aunque sea un mandamiento moral.
—Tienes razón, de hecho si es obligatorio no es amor completamente libre y gratuito.
—Otra cosa es una educación cívica para fomentar ciertos valores ligados con la amistad o el amor.
—Pues es que tendrían que estar vinculadas la política del amor y la educación cívica del amor. Y habría que comprender a la educación cívica como una educación desde el amor y para el amor. Si el amor es por lo menos buena voluntad entonces la educación cívica tendría que ser el aprender a tener buena voluntad hacia el otro. Pero nos cuesta mucho trabajo entender todo esto porque entendemos a la educación cívica como algo puramente instrumental, como un conjunto de normas muy generales que hay que cumplir, cuando en realidad el sujeto de la buena voluntad es el que tendría que estar en el centro y no las normas instrumentales de la convivencia.
—¿Consideras que el concepto de amor de AMLO viene más del cristianismo que del aristotelicismo?
—Creo que sí. Ya ves que se dice que López Obrador es muy cristiano. Sin embargo, desde el cristianismo no me queda clara cuál es la relación entre política y amistad. Salvo que se refiera a los primeros cristianos, aunque no veo la manera en que esto tenga una repercusión republicana.


