Ya son seis años consecutivos en que Luis Álvaro Hernández Esquivel ha dirigido Pasión, muerte y resurrección de Cristo en el Templo de San Francisco, ubicado en la calle de Madero del Centro Histórico de la Ciudad de México, prosiguiendo la tradición popular de la Semana Santa en México. Y mientras se discierne que la clásica Pasión en Iztapalapa sea considerada Patrimonio Intangible de la Humanidad (que ojalá así sea), en el teatro independiente se gesta una vez más una puesta en escena de sencillez deslumbrante, la de Hernández Esquivel quien, basándose en la lectura de los santos Evangelios, ha continuado la búsqueda de un lenguaje de teatro popular y religioso que en nuestro tiempo actual llegue al gran público a través de las herramientas dramatúrgicas y la encarnación histriónica.
El pasaje evangélico de la captura de Jesús de Nazaret, su juicio ante Poncio Pilatos y su martirologio y crucifixión han sido sintetizados en el lenguaje escénico con notable acierto, en base a retablos que son reconocidos por el público católico o simplemente creyente, y descubiertos por quienes están del otro lado de la valla: los ateos, los no creyentes, los incrédulos o los escépticos, que ven en la representación teatral una historia de dolor, de injusticia, un crimen absurdo en contra de un Hombre que proclamaba la necesidad del amor entre los semejantes: Jesús, el Hijo de Dios.
Luis Álvaro Hernández Esquivel no necesitó de grandes lujos en vestuario, como del que se hace alarde en la representación afín en el Zócalo con la Compañía Fénix Novohispano, respaldada por presupuestos monetarios cuantiosos, que apuntan al mero lujo, y que deviene en una serie de estampas mortuorias sin ningún atractivo escénico o interpretativo, en una escenificación burda y sin sentido.
Tampoco hizo hincapié Hernández Esquivel en los elencos tumultuarios. Con sólo ocho actores, Pasión, muerte y resurrección de Cristo cumple su cometido, con limpieza de trazo, pero sobre todo, con limpieza de alma, de intención, con sinceridad artística, decoro, espiritualidad y respeto religioso.
Como Pilatos y Caifás, Luis Álvaro Silva demuestra su amplio conocimiento del arte actoral, manejando la escena con brío y acierto continuos, convirtiéndose en un actor de fuerte presencia y admirables desempeños caracterológicos. La cantante y actriz Italú González hace un trabajo acertado en sus diferentes roles, siendo en La Verónica una estupenda intérprete vocal e histriónica. Tania Ruvalcaba logra meterse en la entraña del dolor de una madre, María, que presencia con hieratismo el demoledor martirio de su Hijo; y llega a tonos de dramatismo tremendamente desgarradores. Excelentes son las intervenciones de Raúl González Rulo como Anás, con gran presencia, estupenda dicción y voz histriónica que llega a mover el sentimiento del público hacia la repulsión por el personaje despiadado, el fariseo.
A su vez, una María Magdalena fantasmal quedó a cargo de una Sofía Cárdenas tan etérea que logró difuminarse y ser una presencia más evocada que real. Como Jesús, Luis Olvera hace una encarnación correcta. César Arango deposita todo su empeño y buen desempeño en diferentes papeles y lo hace con seguridad, con atención extrema a los lineamientos de la dirección logrando un buen cometido actoral. Mel Bataz como el Centurión demuestra su oficio como actor de soporte. Raymundo Márquez realiza un trabajo sobrio.
Ritmo perfecto y admirablemente sostenido con una alta tonalidad dramática, Pasión, muerte y resurrección de Cristo es muestra de un teatro que llega al pueblo, un teatro independiente que religa las tradiciones y la vanguardia, que convierte al performance en una dramaturgia emergente y congruente con sus propios postulados estético-sociales.
Gran acierto, hay que decirlo, el de las autoridades eclesiásticas del Templo de San Francisco que han apoyado con enorme voluntad de coadyuvar al impulso de la cultura y la fe entre los feligreses, a esta Compañía que también tiene en repertorio la pastorela La noche más venturosa de José Joaquín Fernández de Lizardi y que el año pasado estrenó Vida de San Francisco de Asís, ambas bajo la visión creativa de Hernández Esquivel quien anuncia ya para este año el reestreno de la puesta del santo de Asís, en el mismo templo de San Francisco, un hombre controvertido en la historia de la religión católica, y cuyo modelo a seguir fue el mismo Cristo. Vida de San Francisco de Asís es otra puesta notable, de la cual hablaremos en próxima entrega.
Por lo pronto, cabe un aplauso a este montaje de Pasión, muerte y resurrección de Cristo, que fue un éxito de público y que da fe, una vez más, del empuje y el coraje creador de Luis Álvaro Hernández Esquivel por hacer un teatro digno y honesto con su Compañía Nosotros Teatro Estudio de Actores. ¡Enhorabuena!

