No creo en esa división tajante que se hace entre Oriente y Occidente, que además las investigaciones han revelado que se trata de una división ridícula y absurda, acaso producto de la insuficiencia cerebral de los eurocentristas, ya que los mismos griegos de la antigüedad conocieron, valoraron y en algunos casos hasta se dejaron influir por los orientales. En segundo lugar, tampoco creo en el imperialismo cultural. En La filosofía perenne, amén de las parcialidades y errores que esta obra tiene, Aldous Huxley concluye que la ignorancia sobre lo que se sale del territorio judío, griego y cristiano de la cuenca del Mediterráneo, en especial la ignorancia sobre Oriente es ya “una ignorancia enteramente voluntaria y deliberada” que “no sólo es absurda y vergonzosa, sino socialmente peligrosa”. Huxley tacha esta actitud como una forma de imperialismo. En un artículo de 1962 sobre Georges Bataille, Salvador Elizondo reconoce en el francés la influencia del ateísmo místico de la India, cultura que también ha fascinado a un sinnúmero de escritores occidentales, desde Goethe y Schopenhauer, quien incluso llegó a pedir la llegada de misioneros budistas a Europa, hasta Jorge Luis Borges, Luis Villoro y Octavio Paz. Villoro, por ejemplo, reconoce que la filosofía de la India comienza antes que la griega y, por su complejidad y riqueza, podría compararse con esta última. Paz llegó a sentir, como T. S. Eliot de joven, el impulso de convertirse al budismo, doctrina que fascinó a Borges en Siete noches. Eruditos como Chaim Rabin y Adam Clarke ven en el Cantar de los cantares la influencia cultural de la India. Un teórico como Todorov incorpora preceptos y nociones de la poética hindú en su libro Simbolismo e interpretación. Pierre Klossowski, para contraponerlo a la idea de Nietzsche sobre el Eterno Retorno, admite el influjo de las religiones de India y Asia en la gnosis cristiana, en particular en lo referente a la purificación a través de existencias sucesivas antes de hallar el alma un estado de inocencia y eternidad inmutable. En cuanto a otras culturas antiguas, segregadas por la mentalidad eurocentrista, recordemos los estudios de Marcel Granet sobre el pensamiento chino, cultura por la que Elizondo sintió tal atracción que se le llegó a otorgar una beca en El Colegio de México para estudiar chino mandarín. Mircea Eliade estudió con igual pasión la alquimia babilónica y el Yoga. Musil se sintió atraído por el antiguo Egipto, al grado de que asocia a Ulrich y Agathe (protagonistas de El hombre sin cualidades) con el mito de Isis y Osiris, del que, por cierto, había publicado un poema antes de su novela.
Lejos de un afán cerrado, opuesto a todo lo que pueda venir de fuera, pienso que es más sana una actitud que entienda que una cultura, como lo señala Armando Pereira, “se enriquece por su contacto con el exterior, por lo que puede incorporar y asimilar de lo que se hace en otras regiones”. En cambio, “una cultura que no se abre al exterior, que no ventila su cotidiano vivir con otros aires, termina convirtiéndose en una trampa, en un círculo vicioso de inocuas autorreferencias, asfixiada en su propio ambiente enrarecido”. Esto lo entendió y asimiló la misma cultura occidental, que adoptó y aplicó inventos y nociones orientales. Los ejemplos son muy conocidos: desde la imprenta y la brújula chinos hasta el cero y el sistema decimal hindúes, por lo que no insistiré en ello.

