Javier Vieyra y Jacquelin Ramos
Inabarcable, infinito, universal. Tres adjetivos que apenas se acercan a definir a Alfonso Reyes como escritor. De una variedad insospechada en temas, autores y personajes, los 26 tomos de sus Obras completas son una auténtica cornucopia enciclopédica que brinda a quien se acerca a ellos una luz siempre providencial, no solo a los estudiosos de Reyes, sino también a cualquier escritor que requiera una referencia de incuestionable inefabilidad y exactitud para su pluma, o un lector que busque el deslumbramiento y el desafío intelectual a través de sus ojos.
Acercarse a Reyes, ha dicho Adolfo Castañón, es adentrarse en un resplandor en el que perderse puede resultar la experiencia más enriquecedoramente humana, pero no por ello deja de requerir un orden, una disciplina, una brújula para conocer de cerca aunque sea solo un destello o la luminosidad en su totalidad. No es casual, pues, que el mismo Castañón, escritor consagrado, pensador erudito y especialista en el trabajo del patriarca de la literatura mexicana del siglo XX, fuese quien emprendiera un volumen como Alfonso Reyes en una nuez, un libro que es un índice y viceversa; donde es posible rastrear cada uno de los rostros, páginas y portadas que integró el autor de Visión de Anáhuac (1519) en su monumental vida de letras.
El título que el miembro de la Academia Mexicana de la Lengua ha puesto a lo que él mismo llama una herramienta de investigación, encuentra correspondencia en un texto en donde Alfonso Reyes condensara la historia mexicana en un breve ensayo llamado México en una nuez. Sin embargo, no sería descabellado pensar que el nombre que Castañón ha puesto a la bella edición hecha por El Colegio Nacional, autoridad en cuanto a espléndidas publicaciones se refiere, sea también referente a una síntesis de los muchos años recorridos junto a Reyes en su vida. Desde los albores de la infancia, el singular admirador de Michel de Montaigne descubrió a Alfonso Reyes gracias a su padre, quien fue uno de los privilegiados alumnos del prodigio mexicano en 1949: Jesús Castañón.
“Mi padre fue uno de los redactores del Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda. Por su tarea, que también consistía en ser historiador, poseía muchos libros en casa; muchos eran de miembros del Ateneo de la Juventud: José Vasconcelos, Manuel Toussaint y, por supuesto, Alfonso Reyes. Yo veía los libros antes de saber leer, pero ahí fue mi primer contacto con él“.
Madurez a lo largo del tiempo
Posteriormente, relata emocionado Castañón, Carlos Monsiváis encomendó a varios jóvenes, entre los que se encontraba el propio Castañón, que revisaran para La Cultura en México, el mítico suplemento de la revista Siempre!, a una serie de figuras de la intelectualidad nacional: a Jorge Aguilar Mora, por ejemplo, se le asignó Octavio Paz; a Evodio Escalante, José Revueltas; y a Adolfo Castañón la tarea de analizar a Alfonso Reyes. Su primer acercamiento formal con la figura creadora de Sol de Monterrey fue publicado precisamente en el inolvidable anexo fundado por Fernando Benítez en 1961. Pero, además de Monsiváis, en Adolfo Castañón y su vínculo con “Don Alfonso” influyeron diferentes personalidades, como la de Ernesto Mejía Sánchez, extraordinario escritor nicaragüense que tuvo a su cargo varios volúmenes de las Obras completas de Reyes y de cuyas manos Castañón recibió algunos materiales respectivos a esos tomos, cuando laboró en el Fondo de Cultura Económica. A ello se suma Alicia Reyes, guardiana y difusora del legado de su abuelo, que por más de cuarenta años se encargó de preservar viva su memoria dirigiendo la Capilla Alfonsina en la Ciudad de México. Completa este cuarteto excepcional el Nobel de Literatura, Octavio Paz .
“En las conversaciones con Paz, me di cuenta de lo importante que fue Reyes para él, como un modelo, un espejo: si Octavio Paz había escrito un Nocturno de San Ildefonso es porque Reyes también había escrito un San Ildefonso; si Octavio Paz había dicho ciertas cosas sobre López Velarde, en realidad esas ciertas cosas las habría dicho también Reyes y, alguna vez, Villaurrutia; y si Octavio Paz tiene un libro que se llama La otra voz, debemos recordar que uno de los poemarios de don Alfonso se llamó Otra voz”.
Sin dejar de lado la tarea que realizó José Luis Martínez de preparar la edición de las Obras completas después de Mejía Sánchez, Castañón destaca lo importante que fue el bibliófilo mexicano, de quien se celebran 100 años de su natalicio este 2018, para la organización de las correspondencias y los diarios de Reyes, encomiendas no dichas de Reyes respecto a su legado.

Pero, para llegar a Alfonso Reyes en una nuez, es imposible que el también poeta no haya realizado un balance de la evolución en la escritura, pero también en la personalidad y posteriormente en el mito de Reyes, evolución que es también la de sus Obras completas. Para Adolfo Castañón el Alfonso Reyes que regresa a México en 1939 después de un largo peregrinar diplomático, muchas veces marcado por el exilio, es un autor que ha madurado a lo largo del tiempo.
Desde el año 1910 en que culminó su primera obra, Cuestiones estéticas, hasta esa crucial fecha del retorno de “Ulises” como lo llamó César Benedicto Callejas, Reyes desarrolló a la par de sus intachables encargos diplomáticos en España, Francia, Argentina y Brasil una labor literaria propia que constantemente se conjugaba con otras actividades, como el apoyo que brindaba al grupo de los Contemporáneos “tras bambalinas”, o sus colaboraciones en la revista Sur y sus empresas con diferentes editoriales españolas. El cúmulo de esa magnifica producción de letras era titánica y a Alfonso Reyes le obsesionó comenzar a organizarlo.
“En 1939, año en que Reyes se instala en México, empieza él personalmente a sistematizar todos los textos que habían quedado dispersos en diferentes publicaciones. Es muy curioso que este proceso se empalma con la creación de la Casa de España, antecedente del hoy Colegio de México, que fue su segunda casa. Entonces le toca constituir sus dos hogares simultáneamente: su casa biblioteca en la calle Benjamín Hill y la Casa de España. Alfonso Reyes tuvo la fortuna de organizar su obra completa, pues aunque pudo cuidar en vida solo hasta el doceavo tomo, dejó las pautas nítidas para que se realizaran el resto de los 14 volúmenes”.
Para Adolfo Castañón, fue también una magnánima suerte que una editorial del Estado, como el Fondo de Cultura Económica, decidiera publicar el fruto de tan brillante mente; fruto que se encuentra clasificado en dos ciclos: el primero de ellos, que refleja a un Alfonso Reyes innovador, creador y proteico, que abarca hasta la década de 1930; y, el segundo, donde se muestra a un Reyes más bien académico que se desenvuelve notablemente en temas que le apasionaban, como el helenismo.

Obra bajo el brazo
A la muerte de Reyes, en diciembre de 1959, explica Castañón, comienza una suerte de purgatorio en que gracias a la iniciativa de José María Chacón y Calvo y la familia Reyes, pudieron continuar conformándose las Obras completas, además de que simbióticamente también comienza a transformarse la Capilla Alfonsina, que se vuelve un centro de estudios literarios llevado hasta marzo de 2017 por Alicia Reyes y hoy dirigido por el prestigioso historiador Javier Garciadiego. Ese purgatorio termina, puntualiza el autor de Alfonso Reyes: Caballero de la voz errante, cuando entre los años de 1983 y 1984 se publica el último tomo, el 26, de las Obras completas.
“A partir de ese momento, he sido testigo de un fenómeno muy particular en que Reyes se fue posicionando como una especie de pasaporte. Si iba a Colombia, el escritor Fernando Charry Lara me abría las puertas de su casa cuando veía un verso de Reyes, al igual que Sebastián Pineda. Eso ocurre en Venezuela, Argentina, Brasil, España, Alemania; Borges reconocía en él a quien poseía «la total circunferencia», mientras otros poseían «el sector o el arco». Reyes es el estandarte de la cultura mexicana”.
Teniendo tal concepto, Adolfo Castañón realizó Alfonso Reyes en una nuez como un proyecto “doméstico, amoroso” en que da respuesta a lo importante que era tener un índice donde consultar nombres propios, títulos y personajes en la oceánica obra alfonsina. Durante veinte años de preparación, muchas personas intervinieron en el resultado que hoy puede llegar a los mexicanos por medio de la nobleza de El Colegio Nacional, entre ellas algunos de los miembros de la insigne institución cofundada por Reyes en 1943, como Christopher Domínguez Michael y Gabriel Zaid, quien tuvo la iniciativa de que fuese el baluarte de Donceles quien respaldara este tesoro bibliográfico.
Al concluir la conversación con Siempre!, Adolfo Castañón hace un llamado a revalorar la obra de Alfonso Reyes:
“La obra de Reyes tiene dos vertientes: primero es una escuela del bien escribir, uno aprende a escribir viendo cómo escribía él. Segundo, es una lección de ética, que tiene que ver con la concordia y con la idea de que la cultura, la literatura, son una construcción colectiva, que se hace con la participación de esos pocos que son muchos, que son todos. Entonces, la obra de Reyes lo que necesita es que la traigamos bajo el brazo, y en cierto modo, diría yo, la musicalicemos, la adaptemos, que nos atrevamos a plagiarla, deformarla, jugar con ella, a trabajarla, hacer un poco lo que hacen los artistas plásticos con sus modelos pictóricos”.

