Editorial

 

 

[su_dropcap style=”flat” size=”5″]R[/su_dropcap]flejo de sus propias contradicciones, derivadas de una Revolución limitada o ambigua en sus propósitos finales y la cual optó por el desarrollo con descuido de su justiciera tarea y eco inevitable de corrientes mundiales de las que no puede aislarse, lo cierto es que nuestro país en los últimos tiempos atraviesa por una situación generalizada que requiere de un retorno al humanismo inspirador de la marcha del pueblo de México, mediante una crisis de valores, conceptos y de sistemas. Esta crisis se acentúa y se dramatiza en el sector juvenil, en franco choque de repudio con la organización social a la que se asoma y aún con más  vigoroso rechazo, en el sector estudiantil. Un proceso mal planeado y peor tratado llevó a los mexicanos, en 1968, a una serie de enfrentamientos con el poder público, serie que culminó  con el drama inolvidable de Tlatelolco. Aquel proceso no fue resuelto sino sofocado; el gobierno no convenció sino venció con al peor estrategia: la de la represión brutal, a sangre y fuego. Y desde entonces, la atmósfera mexicana se saturó de virus de rencor, de hostilidad mutua, de recelo y revanchismo.

Últimamente, sin embargo, el país inició, con la renovación del más alto equipo gubernamental, un esfuerzo de reconciliación, de desvanecimiento de rencores, esfuerzo iniciado y mantenido muy especial y muy señaladamente por el Presidente Luis Echeverría, cuyos notorios propósitos de limpiar los aires de nuestra vida pública han sido relevantes en los últimos seis meses. Los presos políticos, cargados casi todos con penas máximas dictadas más por el rencor que por el espíritu de justicia, fueron liberados casi en su totalidad; los exilados recibieron plenas garantías de respeto en su patria y retornaron pronto y, en fin, el incidente provocado en Nuevo León, que apuntaba como una negación rotunda de la autonomía de la Universidad de ese Estado, fue tratado y resuelto por el Gobierno Federal con tacto y firmeza tales, que hubo de derogarse la ley atentatoria y todo comprobamos que el presidente Echeverría se perfilaba como un convencido defensor de la autonomía universitaria, sin cesar de estimular los planteamientos de inconformidad juvenil.

En ese ambiente de esperanza y de retorno al diálogo, líderes inexpertos y acelerados, organizaron para el jueves de la semana anterior una manifestación en demanda de soluciones para algunos problemas que ya habían sido abordados por el poder público con la mejor intención de resolverlos. El terreno estudiantil en el que aún persistían los rescoldos del nefasto incendio de 68, hizo posible la presencia de algunos contingentes para ese acto que a muchos pareció absurdo. Pero, entendámonos, el hecho de señalar ese desacierto político, esa ausencia de tacto y de sentido de la oportunidad, no resta un ápice a nuestra certidumbre de que, de haberlos dejado explicar sus sinrazones y hasta sus intemperancias e injurias si usted quiere, no hubiera alterado la paz ni la conciencia de los mexicanos y hubiera contribuido, en la medida en que los manifestantes tuvieran libertad, a robustecer la autoridad moral del Gobierno y a convencernos a todos de que frente a las intemperancias juveniles, se oponían la serenidad, la compresión y la tolerancia. Y eso es, estamos seguros de ello, lo que esperábamos todos y, en primer término, el propio Presidente Echeverría.

Lo ocurrido está en el asombro, en la angustia, en el indignado ánimo de la colectividad mexicana. Pretendiendo torpemente hacer creer que estudiantes opuestos a la manifestación tomaban la iniciativa de deshacerla y agredirla, una de esas misteriosas y repugnantes brigadas de choque, a las cuales es necesario reclutar, entrenar y pagar, consumó una de las más vergonzosas e indignantes agresiones, con el saldo de víctimas aún no precisado entre muertos y heridos y, además, anulado todo lo ganado en el camino del retorno a la armonía y a la cordialidad mexicana por el reiterado, cotidiano y singular esfuerzo del propio Presidente de la República.

Se trata de un verdadero complot contra México, contra la conciliación, contra las posibilidades de hacer volver, a cause de diálogo y de mutua tolerancia, a los sectores diversos de la mexicanidad. La explicación rutinaria de “un choque entre estudiantes” es insostenible. Ya el Presidente ordenó una investigación a fondo, ahora más necesaria que nunca. Si funcionarios de alto o bajo nivel creyeron hacer méritos, deben de ser exhibidos ante la luz pública y castigados como marcan las leyes. Si, por el contrario, otra vez se habla de generalidades contra “conspiradores extranjeros”, “entrenadores coreanos” y todas esas rutinas ya ridículas, los saboteadores se habrán salido con la suya y evitarán que Luis Echeverría, apoyando en las mejores fuerzas del pueblo, pueda realizar sus propósitos de rectificación, renovación de hombres y sistemas y un retorno a la mística original de nuestro movimiento revolucionario. 

Nunca como ahora, el destino, lanza un reto a México y a su Presidente. Luis Echeverría tiene, en esta nueva tragedia mexicana la oportunidad de exhibir a las fuerzas y a los hombres, particulares o funcionarios, empeñados en impedir que pueblo y gobierno, con Luis Echeverría al frente, marchen por el mismo camino de la reconciliación, de la mutua colaboración y respeto. ¡Esperemos, nosotros y el país entero!

>>Editorial del número 939, publicado el 23 de junio de 1971, en la Revista Siempre!<<