Ricardo Muñoz Munguía
Las redes sociales despiertan o crean un nuevo yo dentro de cada usuario. Es decir, existe algo dentro de nosotros que consigue mejor su expresión gracias a un cuaderno digital donde, se sabe muy bien, inmediatamente pueden estar unos ojos esperando lo que ahí se escribe.
¿Qué sucede en los grupos de WhatsApp? Ahí, en ese sitio por demás frío, es el lugar en el que se prefiere el supuesto abrigo de las personas y también el descontento, porque se ofrecen, por ejemplo en un grupo de familia, felicitaciones por el cumpleaños, por algún logro alcanzado, por dar los buenos días y, quizá lo más, las expresiones mayormente banales que más allá de mostrar el sentir o la idea del remitente; se trata en mayor medida de arrancar a ese nuevo yo que brota cuando se está frente al teléfono celular para mandar mensajes de todo tipo. Entonces, este nuevo ser, continuándose en ese lugar gélido que hemos dicho, le llegan unos gramos —no habremos de decir de valentía— de actitud para darle voz a su nuevo yo y así expresar lo que comúnmente no se dice de viva voz. En un grupo familiar de WhatsApp es cotidiano que cada quien, desde su lugar de trabajo, escuela o donde esté, lo utilice para posiblemente sentirse cercano a los suyos, para reavivar el ser que lo habita y que apenas algunos años atrás muestra su rostro, su yo desde un nuevo gesto. Las experiencias, en alguna sobremesa, se conjuntan para confirmar que entre lo frío de estos medios digitales y el calor del sentir es la combinación perfecta para mostrarse ante lo que no puede darse presencialmente. Las reuniones familiares tienen su figura de convivencia, es cierto, pero la convivencia habitual podría ser más limitada en la expresión, es decir, enorme es la cantidad de casos donde se puede felicitar a través del WhatsApp a una persona por lo que sea, con imágenes de todo tipo y hasta llegan al cansancio, que sin duda muestran a “alguien”, al mismo “alguien” que desaparece cuando se encuentran físicamente y donde sólo se brinda un alguna oración simple pero, también es muy cierto, los casos en que ni siquiera existe ninguna mención.
Por ende, es el mismo caso en Facebook (en público) o a través de Messenger (en privado), donde, insisto, la expresión del nuevo yo muestra otra personalidad que ante la actual tecnología nos convence que los medios para expresarnos como las cartas, el teléfono… que lo fueron —¿lo fueron?—, y ahora las redes sociales, alargan el cuadro del yo, para nuestra expansión que se contempla en la psicología y lo que nos hace preguntarnos: ¿cuántos yo aún falta por darles voz? En los ochenta se nos obligaba a limitar las llamadas telefónicas por el costo que representaba y una oración definía el uso que debía darse a éste: “el teléfono se hizo para acercar distancias, no para alargar llamadas”. Y las redes sociales se deberían contemplar para la comunicación necesaria, no para alejar relaciones, sobre todo porque se le da prioridad al(los) que está(n) en la pantalla que a los que nos acompañan.
Y, por último, ese yo que recién aparece —“recién”, porque apenas vemos la altura de su presencia—, tan invisible y aparentemente noble, cada día llama más la atención por el desánimo que crece entre las relaciones, por mantenerse “cercano” entre los más lejanos, por hacer creer que esa comunicación es parte de cualquier tipo de relación pero no, es cierto que se contempla como una forma de relacionarse de modo alterno pero no puede adoptarse como algo paralelo…, no, es, me atrevo a mencionarlo así, la comunicación que separa, que nos separa.

