Así pues, se puede ser bella y solitaria. Ricas y solitaria. Célebre y solitaria. Así pues se puede ser Marilyn Monroe y morir sola un domingo, como perro, sin objeto. Para dormir y no tener y no tener ya que despertarse. Sola, en su corazón, si o en su lecho.
Lo horrible de este asunto no es que una mujer de 36 años que encarnaba la voluptuosidad de existir haya encontrado finalmente la paz de no existir ya. Lo horrible es que, en el mundo, tantas mujeres y tantos hombres puedan, aunque sólo sea en la parte más secreta de ellos mismos comprender este gesto, penetrar en esa desventura y conmoverse por ella. Es que se sienten aludidos, y en verdad lo están.
¿Víctimas de Hollywood? ¡Vamos!.. Eso seria demasiado cómodo. No estamos aquí en el sermón del domingo. Un gran número de señoras que se han mostrado más que desnudas y han vendido su cuerpo, su alma, su efigie, su vida privada, que han tenido algunos maridos, muchos amantes, piscinas de mármol rosas y millones de dólares, viven y envejecen hoy apacibles y prósperas. El dinero y la gloria, aunque ésta sea dudosa, nunca han matado a nadie. La miseria es infinitamente más eficaz. La ausencia del instinto vital no ayuda a vivir. Lo cual es muy diferente.

El deseo de vivir no rompió el cordón de soledad que se había anudado en torno de Marilyn desde que su último film fue interrumpido y un proceso legal le impedía rodar otro.
Al cerrarle el estudio, se le cerraba la única puerta por la que jamás tuvo acceso, así fuera provisoriamente, a una colectividad humana.
El domingo, Marilyn Monroe no habría refugiado su soledad en la muerte si el lunes la hubieran esperado para trabajar. Entonces no nos enterneceríamos, si ustedes quieren, sobre la desdicha de ser una vedette –esa fue su única alegría- y sobre la dicha sencilla de las dulces amas de casa. Todos los días hay –consulten su periódico habitual- dulces amas de casa que se tiran a un estanque o que abren la llave del gas arrastrándose, a veces, a sus hijos a la muerte. Esto produce tres líneas en la página roja.
Lo que trastorna en el suicidio de Marilyn Monroe es que haya elegido morir a pesar de ser una vedette, y no por serlo. Había pues, en esta carne luminosa, como en toda carne, un núcleo irreductible de miseria humana. Y cuando llagamos a tocarlo, nos da un poco de vértigo.
Marilyn Monroe era un producto acabado de la civilización del bienestar, la nuestra. No le faltaba, para ser feliz, más que lo esencial, es decir, el deseo de vivir.
¿Cómo llega a falta éste? Es muy simple, un día no se desea ya nada. Un día uno se descubre muerto interiormente. Entonces hay que obligar a al máquina a girar, cuando comer, beber, dormir, llegan a ser un esfuerzo inmenso, totalmente desproporcionado con el fin de alcanzar: permanecer, exteriormente, en vida.
¿Para quién? ¿Para qué? ¿Para los otros? Cuando Marilyn Monroe se miraba en los ojos de los otros, ¿qué veía? Un cuerpo.
Sí, eso es, ella tenía un cuerpo que los jóvenes observaban silbando. Pero un cuerpo no se da. Se presta hasta que es devuelto. Nadie le pidió guardar el suyo más allá de un plazo razonable.
Tal vez en ese cuerpo conmovedor, faltaba algo: un corazón que tuviera la posibilidad de amar, de desinteresarla, tal vez, de ella misma. Así, los hombre que cruzaron por su vida, olvidaron muy pronto darle lo que ellos mismos no recibían en cambio.

Ahora bien, no ser amado a los veinticinco años, o a los treinta y cinco, o a los cuarenta y cinco, puede ser soportable cuando se fue amado a los cinco. Pero decir que ella fue una chiquilla subalimentada en materia de ternura, es decir poco. Ella fue simplemente ignorada, negada, no existente, hasta el día en que poseyó un cuerpo propicio para ese ejercicio al que abusivamente se llama amor.
Con su cuerpo se hicieron fotos para calendarios. De él sacó dinero para pagar su alojamiento. Hizo de él el instrumento de su carrera, de su fortuna, de su venganza, de la poca confianza que tenía en sí misma. Pero jamás, jamás logró asegurarse, decirse: “yo soy un ser humano al que se puede amar más allá de su carne”. Entonces, cuando no podía más de terror y de soledad, bebía. Y después se desnudaba. Así, durante algunos instantes, por lo menos, existía a los ojos de los otros.
Esto es lo que era Marilyn Monroe. Una muchachita miserable que a todo lo largo de su vida buscó la simpatía y el interés, porque había sido, o se había creído, una niña rechazada.
Tenía tanto miedo de no agradar que pasaba horas haciendo y rehaciendo maquillajes científicos. Y mientras más los rehacía, menos los lograba. Porque ella quería el éxito, pero buscaba el fracaso. ¿Para castigarse de qué?.. Dios y su psicoanalista lo saben.
Tenía tanto miedo de que no la esperaran, que jamás llegó con exactitud a una cita. Tenía tanto miedo de no ser nada que decidió llegar a serlo. Así, por lo menos, ya nadie podía decirle: tú no eres nada, nada más que un cuerpo, y un cuerpo no es nada.
Nadie se molestó por reclamar su cuerpo en la morgue de Los ángeles. Pronto será olvidada. Incluso por Arthur Miller, este intelectual que había comprendido, sin embargo, la tragedia personal de esta niña perdida. Con ella hizo un film, pero de ella no hizo una mujer.
Miller debe haber encontrado sabroso, con su gran bocaza y sus anteojos, encadenar por un tiempo a la chica más hermosa del mundo a través de ese medio, intelectual entre todos, que es el discurso pomposo: filosófico, literario, político. Después, un día, se escapó; tenía otras cosas en qué pensar y ella se encontró más desposeída que nunca.
Todo esto es verdad, pero es sólo la verdad singular de Marilyn Monroe. Si no hubiera otra, más grande, una caricatura monstruosamente agrandada pro el prisma de la celebridad, de una angustia más general, el anuncio de su suicidio hubiera provocado una sensación, y no esta real emoción.
Siempre es egoísta la emoción. Participar en un drama es identificarse momentáneamente, de alguna manera, con el héroe de ese drama. ¿Qué relación puede haber entre nosotros, con nuestros problemas, nuestras dificultades, nuestras esperanzas y nuestras desesperanzas, y Marilyn Monroe?
Es muy simple. Sin en el otro extremo del teléfono blanco que ella tenía en la mano sin haber tenido la fuerza o la voluntad real de descolgarlo, usted hubiera escuchado su voz de bruma diciendo: “Voy a suicidarme”, ¿qué hubiera usted podido argumentarle, ofrecerle como razón para vivir?
Yo les digo que este suicidio da vértigo. La prueba es que en los Estados Unidos trata de demostrarse que todo fue un accidente. Y que cada quien, al ser informado, ha secretado, como una defensa, una justificación de la muerte de Marilyn Monroe, hojeando su vida para encontrar a toda prisa una razón original, una razón que no le perteneciera más que a ella y que no pusiera en duda nuestro sistema de pensamiento ni nuestro modo de vida.
Ella estaba enferma de sí misma, enferma de sus atroces recuerdos, se dice. Por supuesto.
Abandonada por una madre demente, errante entre nodrizas ávidas y orfanatorios, ignorando quién era su padre, entregada a los nueve años a las fantasías libidinosas de un viejo… Nadie se cura del todo de su infancia, aunque sea teóricamente feliz y protegida…
Pero entonces hay que admitir que el éxito social, objetivo supremo propuesto a alas ambiciones de los jóvenes accidentales, es una impostura. Perseguirlo puede ocupar por cierto tiempo el espíritu. Pero alcanzarlo será tal vez tocar el vacío. Extraño objetivo.
Otros dicen: no podía ser madre y acababa de saber que Arthur Miller y su nueva esposa esperaban un hijo.
Por supuesto. La esterilidad siempre es sentida como un fracaso. Una especie de incapacidad para llena una función esencial. Salvo para los creadores, es una prefiguración de la muerte inscrita en nuestras células. Pero nunca una mujer maternal ha tenido dificultades para encontrarle sentido a su amor. En Estados Unidos, donde la adopción es fácil, menos todavía que en otras partes.
Si un hijo podía constituir una razón para vivir, Marilyn Monroe habría tenido un hijo.
Todavía otros dicen: se sentía liquidada. Una mujer reducida a no ser más que un objeto de deseo, no puede ver aproximarse, sin una angustia moral, el momento en que ya no será deseada. Por supuesto. Pero entonces, estamos locos y metido tan seguramente como Marilyn Monroe en el camino de la autodestrucción, porque hemos creado un universo sonde ya no es la sabiduría soberana, sino la juventud.
Les hemos impuesto a las mujeres –y a los hombres- a través de ese medio formidable de presión social que es el cine, arquetipos a los cuales uno intenta asemejarse hasta el agotamiento. Nadie se otorga el derecho de ser feo, de ser gordo, de tener una edad madura, de ser humano, bajo pena de quedar eliminado, hasta en el propio trabajo, por una sociedad despiadada para aquellos que abdican de su pretensión a la belleza y a la juventud.
¿Es eso una civilización? ¿Este miedo pánico de la muerte? ¿Esta imposibilidad en que hemos caído de asumir el destino del hombre, que es envejecer?

Lamento empañar una imagen conmovedora y romántica, la de Marilyn Monroe, joven mujer de entrañas malditas, entregada a la nada por la sombría fatalidad que debería perseguir a las diosas del Olimpo moderno. Pero tomada cualquier mujer de treinta y seis años normalmente constituida, hacedla adelgazar quince kilos en tres meses y la conduciréis con mano segura a la neurastenia.
Ahora bien, si tiene quince kilos más que las medidas ideales, estará igualmente neurasténica. Ustedes ven que estamos locos o a punto de estarlo…
Otros finalmente dicen: era alcohólica.
Por supuesto: ¿pero por qué?
En otro momento, para vivir decentemente era menester amar a Dios y hacerse digno de ser amado por Él. La tarea era inagotable y el deber estaba trazado, incluso cuando no era respetado.
Dios está muerto y –aunque sin cesar invocado-, lo está todavía más en los Estados Unidos que en Europa.
Ahora, el deber es ser feliz. No existe programa más bello. Pero se hace urgente comenzar a enseñar en las escuelas cómo se logra.
En todas la pantallas del mundo el tierno fantasma de Marilyn Monroe debería, por lo menos, recordarnos cómo no se llega a serlo.
