El desarrollo de las fuerzas productivas en forma acelerada ha permitido un eficiente desarrollo tecnológico y una extraordinaria producción de bienes y servicios; sin embargo, el modelo económico está diseñado para que la riqueza se concentre en unas cuantas manos, a grados cada día más insoportables.
En efecto, a pesar de la capacidad productiva, la distribución se ha realizado de la manera más injusta, de modo que la mayor parte de la humanidad no tiene acceso a los satisfactores que requiere una vida digna.
La explosión contra el neoliberalismo ha creado crisis recurrentes, no solo en los mercados financieros, sino en el interior de las sociedades y, como consecuencia, la elección de las democracias liberales está creando una nueva corriente que pone en evidencia la crisis de la democracia en el mundo.
En estos días, el ejemplo paradigmático más importante es la derrota parlamentaria de la primera ministra Theresa May de Gran Bretaña que, a pesar de sus esfuerzos, fue incapaz de plantear una solución al brexit, lo cual conducirá probablemente a su dimisión y a dejar en un estado de vulnerabilidad el futuro inmediato del Reino Unido; en Francia, la crisis política es irreversible y el presidente Emmanuel Macron convoca a un “gran debate”, pero en realidad ha sido superado por la implosión social que están produciendo los llamados “chalecos amarillos”; mientras que Angela Merkel ya decidió tirar la toalla y no se presentará nuevamente en las próximas elecciones de la poderosa Alemania de nuestro tiempo.
En América, el presidente Trump ha descompuesto el panorama general con su política caprichosa, incierta y xenófoba, a la que hoy acompaña el nuevo presidente Jair Bolsonaro del gigante Brasil, cuyos antecedentes claramente tienden a la derecha extrema.
Se mantiene una cohesión solidaria en torno del presidente López Obrador, aun cuando se ha polarizado la sociedad tratando de dividirla entre héroes y villanos.
Lo más grave es que el neoliberalismo y sus democracias han sido incapaces de mostrar una solución alterna, que permitan mantener la estabilidad global; por eso, podemos afirmar que hoy el planeta está a la deriva.
En México, se mantiene una cohesión solidaria en torno del presidente López Obrador, aun cuando se ha polarizado la sociedad tratando de dividirla entre héroes y villanos. Qué bueno que el presidente empuje sus nuevas políticas, sin embargo, cada día el enfrentamiento social interno es mayor, quizá por la prisa; por ejemplo: no se ha acabado de reformar el marco jurídico para considerar delito grave el llamado huachicoleo, y aplicar también la extinción de dominio, como se está debatiendo en estos momentos en el Congreso, lo que significa que, hoy, si hubiera consignados por este delito de robo de combustible, saldrían fácilmente de la prisión preventiva, pues todavía no tenemos vigente el marco jurídico —derivado de la reforma constitucional y de la ley penal— que establezca con claridad los tipos de delitos que se pretenda combatir, como el robo de combustible y la corrupción; asimismo, aún no se aprueba la reforma que crea la Guardia Nacional y el presidente ya convocó al reclutamiento; tampoco se ha aprobado la Consulta Indígena y los impactos ambientales que pueda producir el tren Maya, y ya se está poniendo en marcha.
Nuestra solidaridad al presidente López Obrador, que tiene el valor de enfrentar el tema, aun cuando, por la prisa, se adelanta sin medir consecuencias. Muchos aplaudimos que haya una mejor distribución del ingreso y que se enfrente eficientemente al crimen organizado; sin embargo, no olvidemos la frase que se atribuye a Napoleón Bonaparte: “vísteme despacio, que voy de prisa”.
