La cola es larguísima, kilómetros de camiones en fila, todos con las cajas refrigeradas para mantener el producto en buen estado, miles de toneladas de todo tipo de fruta y legumbres: tomates de un rojo encendido, exquisitos pimientos de sutiles colores; verdes calabazas estibadas en cajas que asemejan batallones de soldados; dulces uvas de mesa con formas, colores y racimos esculpidos por una naturaleza.

Esto es tan solo una pequeña parte de lo que aquí, en Sonora, se produce y espera pacientemente la entrada al mayor mercado mundial: Estados Unidos. Todo por Nogales, Arizona, vecino inmediato de Nogales, Sonora. En los últimos treinta años la creatividad, empuje y dinamismo de agricultores del noroeste mexicano le dieron la vuelta a las penurias y a los cultivos que los tenían amarrados a un pasado de políticas fallidas y pobreza generalizada.

Seguramente los nuevos funcionarios federales no lo saben, pero esto no es nuevo, viene desde muy atrás, habría que remontarse a la Revolución mexicana. Si estos funcionarios de hoy, revisan las biografías de aquellos revolucionarios sonorenses que arribaron al poder después de la lucha, se darán cuenta que en su gran mayoría eran o habían sido productores.

La producción estatal en agricultura es importantísima para el país, van algunos datos: 22 millones de cajas de uva de mesa que se venden en la frontera a $15 dólares promedio; más de 10,000 tráileres repletos de sandía cruzan a los Estados Unidos; 20 millones de cajas de calabaza se comercializan en temporada, a un precio promedio de $8.50 dólares. No se diga del trigo, este año Sonora aportará al mercado nacional más de 2, 500 millones de toneladas, el 50 por ciento de la producción nacional, hoy amenazada por decisiones absurdas del gobierno federal.

La cantidad de alimentos, empleos y divisas que producen para el país es impresionante, sin hacer alharaca, ni tomar calles o avenidas de la Ciudad de México, sin asaltar casetas de peaje, sin hacer declaraciones sensacionalistas, sin tener que depender ignominiosamente del poder o consentir alguna afinidad partidista.

Nunca he visto euforia más genuina que la de un productor al momento de cosechar, más allá del beneficio económico y las ganancias, aquellos que los conocemos sabemos que los mueve otra cosa ya que, en ocasiones pierden todo: un ciclón, helada o crisis de mercado. Las condiciones son de alto riesgo.

Mientras el gobierno mexicano los castiga con lo peor que tiene un régimen, la indiferencia y por consiguiente el nulo apoyo. Hay amenazas serias del presidente Trump de afectarlos. Sin embargo, el gobierno mexicano pareciera que no conoce el tamaño del problema.

En este régimen todo se reduce a las mañaneras, las declaraciones que pretenden ser simpáticas y al final resultan amargas y crueles. El expresidente Peña y el presidente López Obrador se parecen en algo, en su aldeanismo; Peña siempre actuó como si México entero fuera Toluca, y López Obrador, como si la nación se redujera a un ejido tabasqueño.

Lo más tóxico para un gobernante es la ignorancia envuelta en el veneno de la arrogancia, el país demanda atención y soluciones distintas para todas las regiones, no es justo castigar y desdeñar a una que ha sido exitosa y ejemplar como el noroeste. Mientras ellos hablan sin parar todas las mañanas, y declaran para regocijo de la prensa “amor y paz”, los camiones pacientemente esperan.