El camino más empedrado y difícil de la historia nacional está relacionado con las relaciones bilaterales con los Estados Unidos de Norteamérica.
En efecto, a lo largo del tiempo que vivimos como nación independiente, hemos sufrido la amenaza constante e implacable del imperio norteamericano, cuyo mayor problema se dio en la Guerra de 1846-1847, que concluyó con la mutilación de gran parte de nuestro territorio, en una batalla injusta, violenta y de la que no hemos pedido disculpa.
A lo largo del siglo XX se dieron diferentes invasiones en Veracruz, o en la famosa expedición punitiva del general Pershing en la búsqueda infructuosa de Francisco Villa; más tarde, la conquista desde el imperio se produjo a través de las relaciones económicas y de la imposición de un modelo económico, que denominamos neoliberalismo globalizador.
Hoy en día, hemos sufrido —desde la campaña del presidente Trump— un permanente desprecio a nuestra soberanía, basado en la xenofobia y el racismo de la supremacía blanca.
Al acercarse la nueva elección presidencial en Estados Unidos vuelve a ser el tema predilecto del señor Trump agredir a nuestro país —una y otra vez— de manera grosera y absurda; no obstante, se han llegado a acuerdos iniciales para la firma del nuevo Tratado de Libre Comercio (T-MEC).
Hoy por hoy, la política migratoria norteamericana, sustentada en el muro de la ignominia, vuelve a ser la formula política para unificar la opinión de ciudadanos norteamiericanos, aduciendo como tema principal la inseguridad y el tráfico de drogas.
En los últimos días el presidente Trump volvió a amenazar con cerrar la “maldita frontera” aunque, según señaló el canciller mexicano, Marcelo Ebrard, existen elementos suficientes para informar que el cierre total de la frontera no se llevará a cabo.
Por otra parte, es compresible la posición del presidente López Obrador de no querer engancharse en el pleito de tweets y declaraciones, para mantener una actitud serena; al respecto convocó en Poza Rica a una votación, para que los ahí reunidos ratificaran su actitud de responsabilidad y serenidad: “ese es mi pueblo” afirmó jubilosamente el mandatario.
López Obrador debe estar confiado en que, más allá de las diferencias internas, se generará una solidaridad nacional y se atreve a defender —con mayor énfasis— la soberanía y la dignidad nacionales.
No somos suicidas, nadie quiere que se establezca una lucha desigual, en la que seamos —como siempre— los perdedores, pero tampoco nadie quiere que mantengamos una actitud sumisa, frente a un imperio que no se ha cansado de faltarnos al respeto como nación soberana.
El tema tiene muchas aristas, la migración es un problema a nivel mundial, porque millones de seres humanos en todos los continentes han sido empujados por el hambre, la desesperación y la pobreza.
No son delincuentes los centroamericanos que caminan a un destino mejor, simplemente la desesperación, el hambre, la incertidumbre y la injusticia los llevan a recorrer miles de kilómetros en busca de una nueva oportunidad de vida y trabajo.
No es fácil la solución de este problema; el gobierno está obligado a informarnos de las políticas públicas que esté dispuesto a realizar, aun cuando esto pueda suponer un grave sacrificio económico.
Esperamos soluciones pacíficas, pero no al precio de la ignominia.
