Palabras que el autor pronunció en la ceremonia del “día del maestro” en la Universidad Nacional Autónoma de México, el pasado 15 de mayo de 2019.

Hablo en nombre de quienes recibimos la investidura de eméritos de la Universidad Nacional Autónoma de México. Mis colegas son mayores que yo en saber y gobierno, pero les llevo ventaja en edad, aunque estoy seguro de que llegarán a ella. Les tomará el mismo tiempo que me tomó. Sólo esa condición de adulto avanzado legitima el atrevimiento de mi representación.

La investidura que recibimos implica un gran honor y una grave responsabilidad. Correspondemos con gratitud: a México, a su Universidad Nacional y a quienes tuvieron la generosidad de acordar esa distinción: investigadores, profesores, consejeros de varias instituciones y del pleno universitario. Ante ellos reiteramos el compromiso académico, profesional y moral que hace tiempo asumimos y que no declinará.

En los círculos concéntricos donde discurre la misión de los universitarios figuran varios títulos sellados por el deber y el amor. Somos ciudadanos del mundo, con horizonte inagotable. Somos ciudadanos de México, entrañado en siglos de profunda identidad. Y somos ciudadanos de la Universidad Nacional, “unamitas” con deberes irrenunciables, que nos confieren cauce, destino y razón.

Conviene decirlo ante los antiguos ciudadanos de la Universidad, y más ante los jóvenes que ingresan a esta dignidad. Es el pueblo de México quien la otorga y vigila. Aguarda, a cambio, la contribución de nuestra comunidad del conocimiento, que  contribuya a asegurar el porvenir de la nación con justicia y en libertad.

Hice mis primeros votos universitarios en un año lejano. Formé parte del público expectante que acudió a escuchar a José Vasconcelos en el Auditorio “Justo Sierra”. Entonces se llegaba a la Ciudad Universitaria por una larga avenida con escasa población en torno. Al final, la Torre de la Rectoría; a los lados, incipientes asentamientos. El paisaje ha cambiado. Pero no ha variado la raíz espiritual de esta Universidad. Cambiarán los jóvenes universitarios, pero se mantendrá  –es mi convicción–  esa raíz espiritual. Mañana estarán aquí los eméritos del porvenir, que hoy recogen la consigna histórica alojada en el escudo de nuestra Universidad.

Esta institución –airosa y vigente–  asomó en el alba del siglo XX. En el puente que comunicaba un mundo que moría con otro que habría de nacer, el ministro Justo Sierra  –en función de estadista–  señaló el rumbo de la nueva Universidad. Estableció el santo y seña, la insignia, la vocación. En una profesión de fe política y patriótica, dijo que la Universidad emergente no sería “una patria ideal de almas sin patria”, y propuso “nacionalizar la ciencia” y “mexicanizar el saber”. Así plantó don Justo la simiente universitaria: la depositó en México, atenta a este suelo y bajo este firmamento, sin extraviar su rumbo universal ni perder su compromiso con el saber y la verdad, que no tienen fronteras.

En 2019 celebramos el nonagésimo aniversario de la proclamación legal de la autonomía, un concepto y un derecho que han sido compromiso y guía de la Universidad. Ahora nos proponemos consolidarla, con irrevocable exigencia. Sierra la previó al advertir, en las postrimerías del siglo XIX, que “si alguna cosa debe ser dirigida por un cuerpo científico es la instrucción”. Lo reiteró en 1910: “el gobierno de la ciencia en acción debe pertenecer a la ciencia misma”.

La autonomía, herencia transmitida de generación en generación, se consolidó en la ley de 1945, que ha bastado por tres cuartos de siglo y puede bastar para los muchos años que vengan. Y desde 1980 consta en el texto constitucional, donde se hallan las decisiones políticas fundamentales de la nación. Ahí debe permanecer, preservada en sus dos vertientes: derecho del individuo y garantía social, jurídica y política para el ejercicio de ese derecho.

La autonomía es el oxígeno que respiramos. No sólo beneficia a los universitarios, sino también  –y sobre todo–  a la nación. En otros países hay encumbradas universidades que gozan de merecido prestigio; pero no hay ninguna –hasta donde alcanzo a mirar– que haya ejercido y siga ejerciendo, como la Nacional Autónoma de México, tan enorme influencia sobre el conjunto de una nación.

Por eso podemos inquirir, para este tiempo y el que se avecina: ¿cuál sería, sin autonomía plena y constante, la suerte de la Universidad Nacional? ¿Cuál el rumbo de la educación pública superior? ¿Cuáles las aportaciones de ésta a una república  en  obra  y  a  una  nación  en  desarrollo, que requieren –para mover su mundo–  la palanca de la gran universidad? ¿Cómo imaginarla despojada de libertad y desprovista de calidad?

La ley suprema de los mexicanos consagra los términos de la autonomía, frecuentemente asediada, pero también rescatada por los universitarios en alianza con el pueblo. Es autorregulación, autogobierno, gestión patrimonial, conducción de relaciones laborales, atención –pongamos énfasis en este designio ético– a los principios que orientan la educación superior, depositados en ese texto por el redactor de la reforma constitucional de 1946.

Ese mismo redactor, Jaime Torres Bodet  –también en vena de estadista–, recomendó prudencia a funcionarios inquietos o impacientes. Les sugirió: “no intervenir, ni siquiera de modo indirecto, en los asuntos de una institución que, como la Universidad Nacional, no podría mantenerse, y mucho menos desarrollarse, sin la ayuda económica del Estado, pero que  –tal vez por eso mismo– protesta, se indigna y se eriza frente al más leve asomo de duda respecto a la autenticidad o a la plenitud de su autonomía”.

Tendamos la vista sobre el paisaje en que velan las sedes universitarias, que ya nos parecen intemporales: Minería, Santo Domingo, San Ildefonso, San Pedro y San Pablo, Mascarones, San Agustín. Viajemos a otros planteles de la institución moderna, en montes, valles y costas de la República. Lleguemos a la Ciudad Universitaria, escenario de la integración plástica que fundió las artes en una estampa magistral. Y veamos cómo se mira en este espejo, ufana y enhiesta, la Universidad Nacional. He ahí otro escenario: el de la integración histórica que reúne, al amparo de la libertad, las corrientes del pensamiento y las esperanzas de la nación.

No ignoramos la incertidumbre que cunde en muchos espacios de la vida colectiva, y también de las vidas individuales. Se ha dicho que nuestra única certeza es la incertidumbre. De ahí que la reflexión y las acciones –consecuentes con aquélla, ni impetuosas ni ocurrentes– deban entender y atender la compleja circunstancia que nos envuelve. Necesitamos hallar, con profundidad y oportunidad, el reacomodo y la transición que confieran a nuestros pasos firmeza y dirección.

Los universitarios reconocemos –es obvio, pero conviene reiterarlo– el valor eminente de la cultura, la ciencia, la tecnología. Son esenciales en la obra de la nación. La decadencia o el abandono de aquéllas traerían consigo retroceso y ruina. Bien que apliquemos nuestras fuerzas –que son las del pueblo– con racionalidad y sin dispendio. Sí, con racionalidad, que implica previsión y ponderación. Las aplica nuestra Universidad. La razón  y  la  previsión –y sólo  ellas, nunca el arrebato– sabrán decir cómo seguir sembrando hoy para cosechar mañana. De lo contrario –también es obvio, pero conviene repetirlo– habremos consumado una ilusoria economía a costa de dilapidar el porvenir.

Sostener este baluarte de la nación y de la república es tarea de los universitarios: suya, señor Rector; suya, Junta de Gobierno; suya, Consejo Universitario; suya, Patronato de la Universidad. Y lo es de los estudiantes, los profesores e investigadores, los trabajadores administrativos, los profesionales que se formaron en esta fragua excepcional, donde también se ha forjado –y se sigue forjando–  una buena parte de la mejor historia de México. Y también es tarea, por supuesto, de todo el pueblo, en cuyo patrimonio figura –irreductible– la Universidad Nacional.

Concluyo estas palabras en un punto que considero culminante, cuando celebramos el “Día del Maestro”. Este festejo viene de lejos: más de un siglo. En el mismo año en que se promulgó la Constitución, una propuesta de legisladores, que merecía prosperar, inscribió en el calendario civil el reconocimiento a “la importancia y nobleza del papel social del maestro”. Esas palabras constan en el artículo 2º del decreto del 3 de diciembre de 1917, promulgado por el Presidente Carranza.

Expresamos nuestra gratitud a los maestros de antaño y de hogaño; una gratitud asociada al respeto y al afecto por su admirable desempeño. De aquéllos recibimos no sólo información, sino formación cimentada en valores y principios. Nos tendieron la mano y nos alojaron en su corazón. Recuerdo con emoción la ciencia, la paciencia y la generosidad de quienes fueron mis maestros en la Facultad de Derecho. Seguramente mis conciudadanos universitarios evocan con el mismo sentimiento a sus docentes en numerosas escuelas, facultades, institutos y centros bienhechores.

Ahora mismo, los maestros de esta Universidad orientan la docencia en el rumbo del progreso y la solidaridad. Mantienen al día su ciencia para encaminar la nuestra. Constituyen un motivo de orgullo para la Universidad Nacional. Los saludamos con el mayor respeto. Son lujo de nuestro presente y prenda de nuestro futuro.

La Universidad Nacional Autónoma, erguida y luminosa, es la máxima casa de estudios con que cuenta México. Solemos afirmarlo. Debemos sostenerlo y acreditarlo. Con la nación, la República y la Universidad festejamos el “Día del Maestro”, es decir, de los maestros de México. Confiamos en que esta celebración, con todas sus implicaciones, sea fecunda y memorable.

Por mi raza hablará el espíritu.