En diversas ocasiones –con el ingenio peculiar que lo caracteriza–, el presidente López Obrador ha hecho referencia simbólica a un elefante reumático que impide el desarrollo adecuado del Estado mexicano, fundamentalmente por razones de corrupción.
Para corregir este hecho, el gobierno ha emprendido una campaña abierta e intensa contra este cáncer nacional.
Sin embargo, siguiendo su símil, a este paquidermo se le han amputado sus piernas al formular políticas públicas que impiden el desarrollo dinámico de la nación. En efecto, se ha planteado una inútil e innecesaria reforma de descentralización del sector público que, desde luego, no se ha llevado a cabo, que consiste en trasladar las Secretarías de Estado a diferentes lugares del país. Asimismo, se ha propuesto –y ya funciona– el nombramiento de super-delegados que compiten en la política social y en la política-política con los Gobernadores constitucionales. También se han hecho recortes –a golpe de machete– que han despojado a la burocracia nacional de miles de funcionarios de mandos medios, no acusados de corrupción, y que eran el ejército que empujaba –de alguna manera– al sector público.
Así que el elefante ha quedado agonizante y, a pesar del discurso enjundioso del presidente de todas las mañanas, el gobierno federal está paralizado.
La mejor prueba de esto es la reciente renuncia del director general del Seguro Social, German Martínez Cazares, ante el Consejo Técnico de dicho instituto, y en el que, sin ambages, denuncia a la Secretaria de Hacienda como una injerencia perniciosa “que pone en riesgo la vocación igualitaria de justicia, y concretamente, de prestación de servicios de salud que tienen el Seguro Social”.
El problema real es que el elefante perdió la brújula. Pues, por una parte, se requiere mantener el equilibrio macroeconómico con base en un presupuesto sin déficit y, por la otra, una política monetaria que corresponde claramente al modelo neoliberal. De tal suerte que, para afuera, se manejan políticas neoliberales y, para adentro, intensas reformas sociales.
La ambigüedad en el manejo público nos está conduciendo a que el paquidermo, no solamente no camina, sino que agoniza y detiene la buena marcha del país.
La denuncia del ex director German Martínez Cazares nos obliga a reflexionar sobre esta dicotomía. Por una parte, se obliga a un ahorro desmedido y, por la otra, se mantiene la estabilidad financiera y la paridad peso-dólar. Por eso, los fondos de estabilización –con toda claridad– no serán tocados, así lo afirmo el propio presidente.
El problema es comprensible, sin embargo, es de urgente necesidad definir el rumbo y la brújula de la nación; pues, de otra suerte, estamos entrampados en dos políticas contradictorias que afectan la estructura económica y la reforma social.
¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es el rumbo que debe seguir México para intentar retomar el camino del progreso, del desarrollo y de la justicia social?
Por más que el presidente entusiasme a las grandes mayorías con su discurso, el tema de fondo sigue sin resolverse. No existe la demanda agregada que esperamos; tampoco la inversión, pues la iniciativa privada –interna y externa– tiene graves dudas e incertidumbres.
Aplaudimos la política de recuperación de nuestra soberanía energética y alimentaria; creemos firmemente en la necesidad de mejorar las condiciones de vida –hoy terriblemente deterioradas de los mexicanos–. Pero es necesario que avancemos con claridad hacia el futuro.
Es probable que lo que se está esperando es la firma del nuevo Tratado de Libre Comercio, para arrancar –con mayor dinamismo e impulso– nuestra producción y nuestro desarrollo.
Entre tanto, más allá del entusiasmo, las condiciones de inseguridad y pobreza siguen siendo las constantes en la vida pública nacional.
