Durante el último siglo han sido fundamentales para el desarrollo de los sistemas políticos, la teoría económica sobre la que se fincan sistemas, no sólo distintos, sino opuestos.
El capitalismo ascendió como un sistema que postuló la libertad y la igualdad, y permitió un avance importante de la humanidad a partir de la revolución francesa, de la promulgación de la Constitución de los Estados Unidos y de la publicación del libro “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith, que en principio sus postulados se vincularon a los principios liberales clásicos y, muchos años más tarde, frente a la crisis del año 1929 en los Estados Unidos. Incursionó una nueva reforma a la política capitalista basada en los principios que fundamento John Maynard Keynes que le dio un giro que consistió en analizar la demanda, el interés y el empleo sobre bases de expansión de la demanda agregada, el empleo pleno y la intervención del Estado, como motor del desarrollo.
Durante muchos años el keynesianismo fue una opción frente al mundo socialista soviético, que impulsó la teoría económica marxista, que tuvo sus fundamentos teóricos en la planeación central y en la prohibición de la propiedad privada de los instrumentos de la producción.
Ningunos de los dos sistemas tuvo un éxito pleno; los mejores ejemplos lo tienen: en el capitalismo keynesiano y el social-demócrata que se utilizó en los países nórdicos que ha progresado hacia un Estado de Bienestar, teniendo como base una rígida política fiscal, para lograr esos objetivos; mientras que el marxismo, reformado hacia una apertura que acepta la economía de mercado, ha tenido su mejor exponente en China, donde el crecimiento económico y el cambio de paradigmas ha sido asombroso.
El neoliberalismo como una variable de la teoría clásica reapareció a la caída de la Unión Soviética y a través de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se convirtió en la norma del nuevo capitalismo. Sin embargo, la concentración de la riqueza, el aumento de la pobreza y la desigualdad, han hecho fracasar ese modelo que se encuentra en franca crisis.
López Obrador se ha manifestado anti-neoliberal, pero hasta ahora no ha aplicado políticas que demuestren esa posición, a excepción de su política energética, que es fundamental para mantener la soberanía económica de México. Por eso, la creación de la nueva Refinería de Dos Bocas y la política en materia eléctrica, son las únicas dos afirmaciones claras de que, efectivamente, avanzamos hacia un nuevo modelo.
Es por eso, que independientemente de las consideraciones técnicas, es plausible la realización de la nueva Refinería de Dos Bocas. En cuanto la rentabilidad de una empresa del Estado, es cuestionable que sea su objetivo principal, pues por encima de ello se encuentra asegurar el destino independiente de la nación.
Se requiere patriotismo, capacidad y eficiencia, para no fracasar en los intentos reformistas de profundo carácter nacionalista, que propone López Obrador.
No son decisiones fáciles ni simples; en ese contexto, es importante que no fracasen los objetivos de largo aliento, que plantee la nueva política energética.
El país requiere una teórica económica sustentable y clara, para poder realizar con eficiencia, entre otras, su política social y su política energética.
