Revueltas, rebeliones, terrorismo y atentados
Las revueltas
Las revueltas son enfrentamientos violentos y pasajeros; por lo general son espontáneos; se dan, por una parte, entre quienes se muestran inconformes con la forma de gobernar o con el sistema de relaciones económicas prevalecientes y, por otra, con quienes son titulares del poder o poseedores de la riqueza. Se distinguen por cierta improvisación y carencia inicial de líderes. Se enfrentan en forma abierta con los sistemas de seguridad a disposición del titular formal del poder.
Quienes intervienen en las revueltas pueden buscar o no desplazar al gobernante. Generalmente terminan imponiendo cambios transitorios en la política gubernativa. De no surgir un líder que conduzca a las masas a un estadio diverso o si los detentadores del poder no cometen errores graves, las revueltas desaparecen en forma natural.
No se presenta un reclutamiento ordenado, selectivo y sistemático de quienes intervienen en ellas. Se da una rotación constante y sin control de sus participantes. No existe disciplina ni jefes o líderes permanentes que la impongan. No hay quien tenga la fuerza moral o física para controlar, conducir y guiar. Se trata de un término netamente político; es ajeno a la terminología jurídica.
Gianfranco Pasquino toma como sinónimos los términos rebelión y revuelta; en español existen diferencias sutiles entre uno y otro; él mismo agrega “…está generalmente limitada a un área geográfica circunscrita, carece en general de motivaciones ideológicas, no propugna una subversión total del orden constituido sino un retorno a los principios originarios que regulaban las relaciones autoridades político-ciudadanas, y apunta a una satisfacción inmediata de reivindicaciones políticas y económicas. La rebelión puede por tanto ser aplacada tanto con la sustitución de algunas personalidades políticas como por medio de concesiones económicas.” (Norberto Bobbio y Nicola Matteucci, Diccionario de política, Siglo Veintiuno Editores, México, 1982, tomo II, p. 1458).
Las rebeliones
Es una figura jurídica-penal; es la acción violenta y con uso de armas, que intentan quienes, no siendo militares en ejercicio; con ellas se procura abolir o reformar la Constitución Política, destruir o impedir la integración de las instituciones fundamentales de un país o separar o impedir el desempeño de su cargo a los funcionarios públicos; todo se hace al margen del procedimiento legal ordinario o en contra de lo que él dispone. (Arts. 132 a 138 del código penal federal).
El tipo previsto en el Código Penal Federal (arts. 132 a 138) es amplio; lo es en forma deliberada; está encaminado a permitir que toda acción violenta sea sancionable a través de él.
Terrorismo
El terrorismo es una forma especializada de hacer violencia. También hay terrorismo de estado; en este supuesto tiene sello oficial. Por lo general recurren a él los particulares. “En este caso, la expresión clave es ‘carente de espíritu militar’… el terrorismo es una estrategia civil.” (Michael Walzer, Guerras justas e injustas, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 2001, p. 270). En ambos supuestos sus autores, en descargo de conciencia, se consideran simplemente verdugos, por lo mismo no necesitan justificar sus acciones.
“El terrorismo, un fenómeno verdaderamente global en todas sus formas y variantes, fue considerado como una amenaza marginal hasta finales de los años sesenta. Sin embargo, desde entonces se ha apoderado de las redes globales de información hasta convertirse en el tema probablemente más tratado en la actualidad por los medios de comunicación.” (John Horgan, Psicología del terrorismo, Editorial Gedisa, Barcelona, 2006, p. 9).
“Los terroristas se distinguen de los individuos que recurren a la violencia (llamados comúnmente ‘criminales’) por el hecho de que los últimos actúan impulsados por un afán de lucro personal y material, mientras que los primeros actúan impulsados por móviles políticos, …” (Richard Clutterbuck, Guerrilleros terroristas, Fondo de Cultura Económica, México, 1981, p. 14).
Sus autores no buscan enfrentarse y vencer a un enemigo cierto en una lucha abierta y franca. A través de hacer daño a una o varias personas o a sus bienes, los terroristas persiguen atemorizar a autoridades, a la población en general o a cierto sector de ella, con el propósito de desgastarlos a través del miedo.
“…el terrorismo parece un acontecimiento aislado, fortuito e imprevisible, aunque brutal y devastador. Con él se crea un estado de aprehensión, miedo pánico, pero siempre tiende a predominar la impresión de que se trata de algo excepcional. … En general, el terrorismo es sólo una técnica de violencia, asustadora, espectacular, mortífera, pero apenas una técnica de violencia… todo acto terrorista, sea su agente individual o colectivo, es hecho social, político, histórico.” (Octavio Lanni, Sociología del terrorismo, en la obra Escritos sobre terrorismo, Ernesto López, compilador, Prometeo libros, Buenos Aires, 2003, pp. 33 y 35).
En el terrorismo, en su acepción técnica, está de por medio el azar o la aleatoriedad; se afecta en forma indiscriminada sin importar la naturaleza de las víctimas ni la dimensión del daño. Culpables e inocentes pueden ser sujetos pasivos. Nadie es inmune. El elemento determinante para ser víctima es estar en el lugar inadecuado en el momento inoportuno. Es el medio para hacer llegar un mensaje de miedo a otros. (Michael Walzer, ob. cit., p. 271). El terrorista no persigue notoriedad para él; mientras no es descubierto, se pierde en el anonimato; no reclama para sí mérito, crédito o reconocimiento alguno.
Recurren al terrorismo los civiles y las autoridades; dentro de éstas, los militares o fuerzas del orden. Recientemente se ha afirmado que es un procedimiento al que recurre la delincuencia organizada.
“La imposición sistemática del terror sobre poblaciones enteras es una estrategia que se utiliza tanto en la guerra convencional y como en la guerra de guerrillas y es un recurso del que se valen tanto los gobiernos establecidos como los movimientos radicales. Su propósito es destruir la moral de una nación o de una clase, socavar su solidaridad; su método es el asesinato aleatorio de personas inocentes. Esa aleatoriedad es la característica determinante de la actividad terrorista. Si uno pretende que el miedo se extienda y se haga intenso a lo largo del tempo, lo deseable es no matar a personas específicas que se identifiquen de algún modo con un régimen, con un partido o con una política. La muerte debe llegar como consecuencia de la causalidad a los franceses o alemanes, protestantes o judíos, hasta que se sientan fatalmente expuestos y exijan que sus gobiernos negocien para garantizar su seguridad.” (Michael Walzer, ob. cit., p. 269).
El Código penal federal, en cuanto a terrorismo, dispone lo siguiente:
” Artículo 139.- Se impondrá pena de prisión de quince a cuarenta años y cuatrocientos a mil doscientos días multa, sin perjuicio de las penas que correspondan por otros delitos que resulten:
- A quien utilizando sustancias tóxicas, armas químicas, biológicas o similares, material radioactivo, material nuclear, combustible nuclear, mineral radiactivo, fuente de radiación o instrumentos que emitan radiaciones, explosivos, o armas de fuego, o por incendio, inundación o por cualquier otro medio violento, intencionalmente realice actos en contra de bienes o servicios, ya sea públicos o privados, o bien, en contra de la integridad física, emocional, o la vida de personas, que produzcan alarma, temor o terror en la población o en un grupo o sector de ella, para atentar contra la seguridad nacional o presionar a la autoridad o a un particular, u obligar a éste para que tome una determinación.
- Al que acuerde o prepare un acto terrorista que se pretenda cometer, se esté cometiendo o se haya cometido en territorio nacional.”
Se observa que el terrorismo tiene las siguientes características:
A través de atentados aislados, por la publicidad que reciben, causan temor en la población, crean la sensación de inseguridad y provocan desconfianza en la autoridad. “El factor decisivo que obliga a los gobiernos a acceder a las exigencias de los terroristas, tanto en el plano internacional como en el nacional, es la televisión. Ésta actúa en varias formas. Es tal la difusión que da a los actos terroristas que la publicidad llega a constituir su único objetivo. Por otro lado, y esa es la razón principal de su influencia, la televisión introduce la violencia de los terroristas en un nivel personal, no sólo en la mayoría de los hogares del país donde operan, sino en los hogares de muchos otros países.” (Richard Clutterbuck, ob. cit., p. 14).
Los grupos terroristas mutan en forma ultrarrápida, de otra manera son detectados por las autoridades;
Atentados y terrorismo van unidos; son caras de una misma moneda. El ataque de 11 de septiembre de 2001, en los Estados Unidos de América, fue considerado como un acto terrorista. (Héctor L. Saint Pierre, ¿Guerra de todos contra quién? La necesidad de definir el terrorismo, en la obra Escritos sobre terrorismo, Ernesto López, compilador, Prometeo libros, Buenos Aires, 2003, pp. 66 y siguientes).
Quienes la noche del 15 de septiembre de 2008, en Morelia, Michoacán, lanzaron una granada que cayó entre la multitud, merecieron el calificativo de terroristas. También se da ese calificativo a quienes en cines o salones cerrados gritan “fuego” y lo hacen con fines políticos. La delincuencia organizada recurre a actos terroristas con el fin de debilitar a la autoridad civil y de obligar a la población a someterse; lo que deriva en obediencia y pago de las prestaciones que impone.
Los atentados
El término atentar significa actuar contra la vida de alguien, causar un daño grave a una persona o a una cosa identificadas plenamente con anterioridad; va más allá de intentar hacerlo; cuando es contra una persona, lo que se pone en juego es su vida o su salud; cuando se endereza contra una cosa, ésta, puede ser el poder o los bienes en cualquiera de sus manifestaciones. Cuando la acción se endereza contra el titular del poder ejecutivo o de una función publica elevada, también se le denomina magnicidio.
En ciencia del poder, el término está referido a la acción de uno o varios hombres o un reducido número de ellos, que pueden o no contar con el concurso de cómplices; en ella no existe un propósito permanente de desobediencia o rebeldía; se trata de algo aislado que concluye en el momento que se intenta, tenga o no éxito. Quienes atentan reclaman para sí el título de verdugos o vengadores.
En la antigüedad, la acción de Pausanias contra Filipo de Macedonia, tal como la presenta Maquiavelo (Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio, libro III, cap. VI, 17 y 25, en la obra, Niccolò Machiavelli, Opere Politiche, Le Monier, Firenze, 1969, pp. 513 y 514; ver también Elisur Arteaga Nava, Maquiavelo: estudios jurídicos y sobre el poder, Oxford University Press, México, 2000, pp. 145 y 47), puede ser calificada de atentado. Ese punto de vista no coincide con la verdad histórica que sostiene que Pausanias fue sólo la punta de una conjura que organizaron algunos familiares del rey Filipo de Macedonia, entre ellos su mujer Olimpia (Ver a Justino, Epítome, libros IX y X, Editorial Gredos, Madrid, 1995., pp. 191 y siguientes). También merecen ese calificativo los hashshashin o asesinos que fueron el terror dentro del mundo del islam (W. B. Bartlett, Los asesinos, Crítica, Barcelona, 2007).
El 13 de noviembre de 1927, Luis Segura Vilchis, Miguel Agustín Pro, Juan Antonio Tirado Arias y Humberto Pro, desde un automóvil en marcha, en una de las calles del interior del Bosque de Chapultepec, arrojaron una bomba al vehículo en el que viajaba el general Álvaro Obregón (Agustín Sánchez Gonzáles, El general en la bombilla, Editorial Planeta Mexicana, México, 1993, p. 183). El atentado falló. El general Roberto Cruz, jefe de la policía que investigó el ilícito, refirió:
“No tuvimos dificultad para iniciar la pesquisa por buen camino, Corrimos con suerte. Después del atentado contra Obregón en el Bosque de Chapultepec cuando se le ‘aparejó’ a su coche aquel otro en el que viajaban los conspiradores y le arrojaron las bombas, cayó herido uno de los maleantes. Uno de los nuestros le disparó y la bala le entró pegadita a la oreja. Ahí mismo quedó ciego. Eso fue lo que nos ayudó pues ya en el hospital donde poco después sería conducido, reveló todo.
Lo demás fue fácil. Al curita lo ‘agarramos’ –dice Roberto Cruz– en una casa de las calles de Londres. Y a Segura Vilchis en la Compañía de Luz y Fuerza, donde trabajaba. Dimos también con la casa abandonada donde fabricaron las bombas de dinamita. Encontramos indicios comprometedores y toda clase de huellas, algunas latas vacías y restos de explosivos. También el maletín de Pro. Allí estaba, en uno de los cuartos de ese hogar vacío de la calle de Santa María la Rivera. Nunca pudo explicarnos cómo fue que su maletín quedó allí. Nos dijo que lo había olvidado, que lo engañaron, que unas gentes de mal corazón sorprendieron su buena fe y le dijeron que una persona ya próxima a la agonía deseaba verlo y que se hospedaba en esa casa. Nunca le creímos. Era inverosímil. ¿Quién se arriesga en esas condiciones, quién, que es curita y curita en tiempos de persecución religiosa, abandona su maletín cargado con todas las cosas que ellos usan, dizque porque lo olvidó? Pierde la vida, pero no el maletín. ¿Y luego perder el maletín con frasquitos, con la ostia, con los óleos? Yo creo que el curita pensaba volver a la casa y por eso dejó allí el maletín mientras tanto y para su mayor comodidad. Pero ya no pudo. Lo sorprendimos y luego lo agarramos. Y ahí quedó, delator, contundente para nosotros, definitivo como prueba de su participación en el atentado ese maletín chiquito, color café oscuro.” (Julio Scherer García, El indio que mató al padre Pro, Fondo de Cultura Económica, México, 2005, pp. 63 y 65).
Miguel Agustín Pro ahora es santo; los dinamiteros y barrenadores lo pudieran adoptar como su patrono.
El asesinato en 1928 del presidente electo Álvaro Obregón, cuya autoría material estuvo a cargo de José de León Toral y la intelectual fue atribuida a religiosos católicos, fue un atentado (Agustín Sánchez Gonzáles, ob. cit. pp. 14 y siguientes y 95).
El haber dinamitado la vía del ferrocarril por donde pasaría el tren que transportaba el presidente Emilio Portes Gil en 1928, fue un atentado. También lo fue la acción del teniente de la Lama, cuando el 5 de febrero de 1930, hirió al presidente Pascual Ortiz Rubio cuando entraba al palacio nacional.
El asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta en la ciudad de Tijuana fue un atentado. Si se da crédito a la versión de que aporta Mario Aburto, quien por virtud de una sentencia judicial fue declarado responsable de él, en el sentido de que cuando menos dos habían sido los que dispararon, ya que en la zona del crimen se encontraron casquillos de las balas, lo que era imposible, ya que él había disparado con un revolver y que de estos no se desprenden casquillos, se puede afirmar que lo que aparece como un atentado individual fue un complot para acabar con la vida del candidato. Esto es más verosímil desde el momento en que había insinuado que, de llegar a la presidencia de la república, iba a afectar ciertos intereses.
No fue un atentado y sí un crimen las muertes de Francisco I Madero y José María Pino Suárez, ejecutadas por Francisco Cárdenas y el oficial Pimienta a las afueras de la penitenciaría de la Ciudad de México por órdenes del general Aureliano Blanquet. (Joaquín Piña, Memorias de Victoriano Huerta, Ediciones Vértice, México, 1957, p. 57).
