Recuerdo que a finales del año 1999 escribí, para la Televisión Educativa del Instituto Politécnico Nacional, un guión titulado: Buñuel: Post mortem nihil est ipsaque mors nihil (inédito), en el que, ya muerto Rafael Alberti (1902–1999), hice decir a el ánima en pena de Luis Buñuel (1900–1983), al momento en que llegaba a un bar, en la costa y al aire libre, para prepararse su cóctel “buñueloni” y sentarse a disfrutarlo, viendo hacia el mar: “Ya no puedo seguir apuntando, en El libro de los muertos, los nombres de mis amigos desaparecidos. El último de los viejos fue Rafael Alberti.” En su libro Mi último suspiro Luis Buñuel recordó a Rafael Alberti en los siguientes términos:

“Rafael Alberti, nacido en Puerto de Santa María, cerca de Cádiz, era una de las grandes figuras de nuestro grupo (la llamada generación de 1927, de la que yo formo parte. Figuran en ella hombres como Lorca, el poeta Altolaguirre, Cernuda, José Bergamín y Pedro Garfias). Es más joven que yo –tiene dos años menos si no me equivoco– y al principio lo tomamos como pintor. Algunos dibujos suyos, realizados en oro, adornaban las paredes de mi habitación. Un día, tomando unas copas, otro amigo, Dámaso Alonso, me dijo:

–¿Sabes quién es un gran poeta? ¡Alberti!

Al ver mi asombro, me tendió una hoja de papel y leí una poesía, que aún recuerdo como empezaba:

La noche ajusticiada

en el patíbulo de un árbol,

alegrías arrodilladas

le besan y ungen las sandalias.

 

En aquellos momentos los poetas españoles procuraban encontrar adjetivos sintéticos e inesperados, como la noche ajusticiada y sorpresas como las sandalias de la noche. Aquella poesía que fue publicada en la revista Horizonte y marcó el comienzo de Alberti me gustó en seguida. Nuestra amistad creció. Después de los años de la Residencia, en los que fuimos casi inseparables, volvimos a vernos en Madrid al principio de la guerra civil. Después, Alberti estuvo en Moscú, donde fue condecorado por Stalin y, durante el período franquista, vivió en la Argentina y en Italia. Ahora está otra vez en España.” Cuenta Luis Buñuel que al quedar prendado de Toledo, por su ambiente indefinible, volvía a menudo con sus amigos de la Residencia y que, el día de San José de 1923 fundó la Orden de Toledo, de la que se nombró a sí mismo condestable. Rafael Alberti, según una vieja lista hojeada por Luis Buñuel, era Caballero de la Orden, entre otros. La esposa de Alberti, María Teresa, también ingresó. “Para acceder al rango de Caballero –comentó Buñuel– había que amar a Toledo sin reservas, emborracharse por lo menos durante toda una noche y vagar por las calles.” Un día nos cruzamos con dos cadetes por la calle y uno de ellos, agarrando del brazo a María Teresa le dice: ¡Qué cachonda estás! Ella protestó, ofendida, yo acudo en su defensa y tumbo a los dos a puñetazos.”

 

“Yo –cuenta Alberti– llegué a Madrid el 7 de mayo de 1917, unos meses antes que Buñuel, para ser pintor. No sabía escribir una carta. Fui a la Residencia a finales del 23. Allí estaba Buñuel. Creo que me lo presentó Juan Chabás quien, en esos días, escribía con él, para publicarlos en la revista Horizonte, una especie de aforismos, más bien greguerías, sobre los instrumentos de la orquesta… un arpa era una muchacha asomada a un balcón. Yo ya empezaba a escribir algo: hice tres poemas, me los publicó Pedro Garfias, director de Horizonte, gracias a Chabás. Yo conocí a Luis en la Residencia, poco más o menos al mismo tiempo que a Federico (García Lorca) y me acuerdo que entonces Buñuel era un chico corpulento, fuertísimo, con unos ojos como de huevo que se le salían de las órbitas. Vi Un Perro Andaluz y las películas que él nos hizo conocer en la Residencia. Él fue quien llevó todo el cine de vanguardia. Por él conocimos El hundimiento de la casa Usher, La Coquille et le Cleryman, Parade, la primera obra de René Clair. También Rien que des heures de Cavalcanti. Traté más a Luis, después de la República o momentos antes de la República, cuando tenía fundada la Orden de los Hermanos de Toledo. La verdad es que había un gran entusiasmo por Toledo y toda la literatura becqueriana, romántica. Yo ingreso en la Orden más tarde. No se admitía a cualquiera. Fui a Toledo con Luis Buñuel, con Luis Lacasa, con Manuel Ángel Ortiz. Una noche para celebrar los ritos de la Orden, me acuerdo que estuvimos en la Posada de la Sangre y a media noche sacamos las sábanas de la cama y con ellas Buñuel se vistió de fantasma. Desapareció y se fue al atrio de la iglesia de Santo Domingo que tiene unas escaleras y en ellas apareció Luis, de pronto, bajándolas en la semipenumbra de la plaza. No había luna, pero sí una luz difusa de las ventanas tras las que rezaban las monjas. Apareció Luis en el atrio sin que se le vieran los pies; la mano así, colgada de las sábanas y haciendo el fantasma, era realmente impresionante y tuvimos miedo de que apareciera el sereno, se asustara y empezara a tiros con nosotros. Esa era una cosa que hacían los Hermanos de Toledo. No estuve más que esa noche y fui admitido en la Orden, a la que pertenecían Federico y Pepe Moreno, entre otro. Yo creo que la vida de Buñuel en España es así: muy de cuando en cuando. Cuando vivió en la Residencia de estudiantes de Madrid, quería ser poeta, me dijo Max Aub. Sé que le costaba un gran trabajo escribir y sufría muchísimo y se pasaba las noches, según me contaba Federico y los demás, escribiendo sus cosas literarias con gran dolor, con un gran esfuerzo, hasta que insensiblemente fue descubriendo su verdadero camino y entonces comenzó a hacer sus cosas de crítica y me acuerdo que preparaba, en el 28, un Goya que le daba mucho que hacer; un enorme guión que escribía con gran dificultad. Yo lo he visto a veces, en el Arrumbambaya o en La Granja, llevando el guión, muy largo. Se acercaba con el bajo el brazo. Creo que fue una película que no hizo. Era un guión enorme, él llevaba hecha una vida de Goya. Yo me acuerdo que tenía un montón de cuartillas muy grande, lo estaba estudiando con verdaderos detalles, con interés, de verdad, como para hacer un gran filme. Después, apareció con Un Perro Andaluz, de pronto, y ya se borró toda esa idea del Buñuel anterior. Fue muy larga la relación Buñuel–Dalí y, también con Pepín Bello, porque Pepín Bello tuvo una influencia muy grande en ellos. Pepín Bello era un tipo genial. Era un transeúnte que iba por la Residencia que había sido residente; muy gracioso, muy agudo, al que se le ocurrían cosas extraordinarias. Todo esto de los burros y los pianos, muchas cosas eran de Pepín Bello. Eso, Buñuel lo sabe bien. Pepín Bello estaba lleno de imaginación y eso del putrefacto y todas esas cosas, muchas de ellas eran de Pepín. Fue, entonces, cuando Dalí dibujó, creo, el putrefacto y todas esas cosas; pero el que había hablado más de todo eso y se pasaba la vida perdiendo el tiempo, sin hacer nada, por las calles, era Pepín, haciendo el putrefacto. Inventando. Esto fue cuando salió el anaglifo, el ruísmo. El ruísmo era la tendencia a ir por las calles. Hay muy pocos ejemplos de ruísmo. Buñuel conocía todas esas cosas muy bien; me parece que él intervenía poco. Yo, a Buñuel, sólo le conocí de eso, de Toledo, de los Hermanos de Toledo, esa noche que estaba con él; y luego le acompañé cuando hizo la película de Las Hurdes, estuve con Pierre Unik. Pierre Unik y Eli Lotar estaban también esa noche del fantasma de los Hermanos de Toledo, fue el año 32, según Max Aub. Yo fui con Luis, Pierre y Eli en un viaje que hicieron a Las Hurdes, cuando Luis estaba planeando la película, no en el momento de la filmación. Me acuerdo que fui con Gustavo Durán. Luis ya conocía bien todo aquello y fue él quien nos llevó. Conocía los sitios más miserables, donde los niños mojaban el pan en el agua que hozaban los cerdos, fue cuando lo de las abejas furiosas y salvajes de las flores amargas que atacaban a la gente. Los de esa secuencia donde dejan el esqueleto del burro y todo eso y la cabra. Ese viaje fue para perfilar la película. Yo conozco todo eso en gestación. Después, me entero que Buñuel vive en Madrid, haciendo unas películas misteriosas, comerciales y, alguna vez, como en él, en el Arrumbambaya. Lo veo muy poco, poquísimo. Yo soy poeta controladísimo, pero con una furia española que no tiene el surrealismo, producto de 80 factores que vienen a coincidir, quizá, con que Buñuel le cortó el ojo a un cordero y cosas así. Puede ser que sean imágenes un poco en el aire de la época y ¡qué duda cabe!, que están cerca de una atmósfera irritada, descontenta, ¿verdad?, como la del surrealismo. Pero, lo que es Breton, no creo que incluya jamás nuestros libros como libros surrealistas. ¡Los mandaría al Índice más absoluto! Tal vez la forma de estar compuesto Un Perro Andaluz y todo eso, es decir, el corte de ojo al que se refiere Max Aub, sea auténticamente español. Indudablemente, si Luis Buñuel no va a Francia, no lo hace, creo yo. Aparte de que tiene más talento que ninguno. Pero lo hizo, después de estar empapado de surrealismo y de ser aceptado por los surrealistas, aunque Max Aub diga que estoy equivocado. Muchas de esas imágenes eran de Pepín Bello y de Dalí. Lo de los burros y los pianos y todas esas cosas”.

Bellos recuerdos de dos poetas hablando el uno del otro y de todas esas cosas y más y más cosas así, de ellos, que no nos alcanzaría el espacio para incluirlas aquí, por el momento.