Rafael Doniz y el pintor juchiteco iban por una carretera, un retén militar les hace un alto. Les piden desciendan del vehículo, ambos portan en el cuello el paliacate rojo distintivo de la Coordinadora Obrero, Campesino, Estudiantil del Istmo (COCEI). Los tiran en el suelo, les apuntan. Uno de los militares trata de recordar, le parece que uno de ellos es un artista. Se refiere a Toledo. Los dejan ir. Este episodio lo cuenta el fotógrafo en uno de sus libros.

Estamos en el café de los tecolotitos con Monsiváis. “Me habló Héctor Sánchez y me dijo que parece que iba a entrar el ejército a Juchitán y que iba al aeropuerto a irse para allá”. Después de una pausa para acentuar el efecto, añade: “Yo pensé, me voy al aeropuerto para tomar un avión para Tijuana”. Nos reímos, pero nos preocupa el hecho.

Al día siguiente hablo por teléfono con Doña Esther. Me informa que “Carlos (su hijo) no está, vinieron Toledo y Héctor Sánchez y se fueron a Juchitán. La anécdota toma carácter épico cuando los diarios registran el grupo de intelectuales en el balcón del Palacio Municipal. Lo integran, además de los mencionados en el párrafo anterior, Fernando Benítez y Elena Poniatowska. Por fortuna, la presencia de los personajes disuade al ejército de entrar. Sin alardes, Monsiváis reduce su estancia allá a un comentario cotidiano: “No me gusta comer iguana ni armadillo”.

Toledo había creado la Casa de Cultura de Juchitán con obra gráfica suya  y de otros artistas, comprada por él en París. Con su poder de convocatoria, pintores amigos se sumaron con más piezas. No faltaron las voces que criticaron que ese tesoro artístico se hubiera reunido ¡para Juchitán! De esa época, recuerdo que el poeta Macario Matus, director de ese museo, me habló al periódico El Día gritando: “Estamos rodeados, tirados bajo un escritorio, nos atacan a balazos unos priistas capitaneados por El Rojo”. Víctor Magdaleno, mi reportero de los domingos y de domingo, escribió una nota de denuncia. Fue todo lo que pudimos hacer.

Otra lucha de Toledo que todos recordamos es en torno a Ayotzinapa. Él y sus alumnos pintaron los rostros de los jóvenes estudiantes de la Escuela normal rural Raúl Isidro Burgos (Una de las normales sobrevivientes y en la que se formaron Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas Barrientos y el líder magisterial Othón Salazar). Colocó los rostros de los jóvenes en bancas de escuela y no sólo allá en Oaxaca, sino aquí en la Ciudad de México pudimos ver esa exposición.

 

Toledo y Monsiváis

Compañeros de varias luchas, al artista le correspondió hacer la urna funeraria para guardar las cenizas del escritor. Le dio, faltaba más, forma de gato y está ahí en El Estanquillo. Ocho versiones de retablos novohispanos fueron realizados ex profeso para ilustrar la tercera edición, la de 1996, de Nuevo catecismo para indios remisos, la única obra de ficción del cronista. En la presentación de ese libro que bien vale una misa estuvieron presentes Toledo y tal vez el más cercano amigo de Carlos, Sergio Pitol, quien, en ponencia excepcional, mostró que la principal influencia literaria de Monsiváis es la Biblia en la traducción clásica de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera.

Hace unos días, en el Museo de Artes Populares de Coyoacán se pudo apreciar la actitud, muy de Toledo, de mezclar su obra con expresiones de diversos artesanos. En Tijuana, en fin, se extiende hasta el 22 de septiembre la muestra Toledo-Monsiváis.

Después de los sismos de 2017 el pintor creó un comedor comunitario y Cibeles, hija de Alfa y Andrés Henestrosa, me dijo que sabía que había comida suficiente, que ahora el tema, a propuesta de Toledo, era iniciar la reconstrucción conservando los materiales y la arquitectura tradicional.