Entrevista a Ricardo Castillo, Galerías Castillo

 

Desde hace ya varias décadas, Galerías Castillo se ha posicionado como el referente indiscutible de prestigio dentro del mercado de arte en México. Sin embargo, gracias a la visión sus propietarios José y Ricardo Castillo, este espacio es particularmente un santuario prodigioso para aquellos que valoran el arte oaxaqueño. Así, de entre obras de Alejandro Santiago, Fernando Andriacci, Sergio Hernández y, por supuesto, Toledo, Siempre! tiene el gusto de publicar una emotiva evocación, una despedida, que por parte de Ricardo Castillo acompaña la memoria del maestro Francisco Toledo:

“Solo puedo hablar del maestro Toledo desde la admiración y el respeto. Representó el sueño mexicano: un hombre que se hizo a sí mismo, y que, sin títulos colgados en la pared, logró ganarse el reconocimiento lo mismo de la gente humilde que de los industriales y empresarios; los primeros, dispuestos a ofrecer su trabajo para apoyarle en sus luchas; los segundos, impacientes por pagar altas sumas para poseer un pedacito del alma creativa del coloso de Juchitán. Hoy no se puede decir Oaxaca sin pensar en su nombre, no se puede entender el fenómeno social y cultural de las últimas décadas sin analizar su influencia en la colectividad y cómo, desde un regionalismo a ultranza, atrajo como un faro a la comunidad artística internacional.

“En sus diferentes oficios, Toledo fue admirable y no hay artista actual en su tierra que de algún modo no esté influenciado por su trabajo. Fue un luchador en todo sentido, un guerrillero que se opuso al tirano desde la trinchera de las ideas y desde el poderoso refugio del ejemplo. Con su trabajo dio esperanza a quienes sentían que su identidad en una nación clasista y racista era un lastre, a aquellos que son rehenes del color de su piel y prisioneros de sus costumbres. A ellos, les enseñó que el verdadero valor universal del hombre está en aquello que se da desde la humilde sencillez de la cotidianidad; para mí, esto es su verdadero legado.

“El maestro trajo al mundo contemporáneo, y desde la vida común, los ideales indígenas y las enseñanzas de los pueblos originarios; como en un exorcismo medieval, expulsó el demonio del prejuicio y devolvió al altar del deseo aquellas imágenes y tradiciones que hubieran sido simplemente censuradas o denigradas de no haberse impuesto con el poder de su obra.  Los ecos del genio están lejos de dimensionarse correctamente: con diez instituciones creadas, es difícil saber cuál será el cambio en el sentimiento colectivo a la falta del padre severo y devoto que les entregaba el fruto de su trabajo y la fuerza de su espíritu.

 

Cada técnica que desarrolló Toledo la llevo al límite, cada proyecto en el que se involucraba lo llevaba hasta el infinito de su brillo.

 

“Tres son los pilares del arte oaxaqueño, Rufino Tamayo, Rodolfo Morales y Francisco Toledo y los tres, en su momento y justa dimensión, generaron el andamiaje de lo que es un movimiento que brilla en la escena cultural mexicana. De Toledo, su Catecismo para indios remisos, los trabajos sobre Kafka y las ilustraciones para las fábulas de Esopo se quedaron para siempre, al igual que los conejos ancianos que  seguirán danzando en su memoria; de la misma manera, el sapo, la iguana y el elefante continuarán caminando entre nosotros con sus tacones altos, mientras los leones, armadillos y tortugas se balancean entre mandriles y mulas. Cocodrilos, peces y esqueletos seguirán siendo testigos de sus preocupaciones, de sus luchas e intereses.

“Teniendo la oportunidad de coleccionar obra gráfica del maestro, proveniente de diferentes épocas, no deja de sorprenderme el cuidado y delicadeza con la que siempre trabajó lo mismo la litografía, la xilografía y el grabado a la manera negra. Esto para mí siempre ha representado un signo inequívoco de su deseo inagotable por la experimentación y, sobre todo, por la autocrítica. Cada técnica que desarrolló Toledo la llevo al límite, cada proyecto en el que se involucraba lo llevaba hasta el infinito de su brillo.

“Unas horas antes de su partida, me comentaron que se encontraba muy delicado de salud. Me negué a creerlo en un acto de alivio personal, aunque su enfermedad era un secreto a voces del cual nunca se habló en público. Me consuela saber la forma en que se fue, a la manera de los justos, en su cama y con su familia. Su partida en un acto final de enseñanza, nos hizo recordar que aquél mítico personaje del que se hablaba, como si de un héroe se tratará, no era más que un hombre, igual a todos nosotros por la circunstancia de la muerte, aunque muy distante en ideales y, especialmente, en fortaleza de alma”.