Entrevista a Enrique Fuentes Castilla, la Antigua Madero Librería

 

Para todos aquellos que aman los libros, la Ciudad de México es un lugar que ofrece una notable red de recintos dedicados a los amigos de papel. Los más notables posiblemente sean las cadenas comerciales, las icónicas bibliotecas Vasconcelos y las aulas académicas; sin embargo, de todos ellos, las librerías que ofrecen ejemplares antiguos resultan los  espacios más entrañables en la memoria y la experiencia de los lectores. Será por la ilusión de adentrarse en un mundo que guarda invaluables tesoros o el olor del tiempo entre las páginas, pero lo cierto es que estas librerías son auténticos santuarios tanto para los bibliófilos como para los ejemplares que con paciencia aguardan volver a ser abiertos.

Donceles, Coyoacán, la colonia Roma, son los referentes indiscutibles de estos establecimientos, aunque es probable que a  ninguno de ellos lo respalde una historia como la de la Librería Madero. Ubicada en la calle de Isabel la Católica, casi a la sombra del ex convento del San Jerónimo, hogar de Sor Juana Inés de la Cruz, la Antigua Madero Librería,  guarda un precioso pasado que su propietario Enrique Fuentes Castilla compartió para Siempre! detrás de un aparador repleto de joyas empastadas.

“La librería fue fundada entre los años de 1938 y 1939 a la llegada de un grupo de republicanos españoles que vinieron a México y que engrosaron las filas de la academia, de la intelectualidad y del ejercicio de la reflexión. Con ello se había nutrido un contexto de análisis y pensamiento al que había que darle una salida de expresión. Entonces, dentro de ese grupo se encontraban personalidades como de Tomás Espresate y Azorín que recibieron una concesión para fundar en México, y para América Latina, la revista de la Unión Soviética. Con esa evidencia, estos hombre se dieron a la tarea de generar  un acta constitutiva, una sociedad anónima, para manejo del libro en todo su ámbito y así nace la librería Madero, como una necesidad de otorgarle un respaldo jurídico administrativo a esta intención”.

Es así como, narra Fuentes,  que en el número 12 de la calle Madero se fundó la librería homónima constituyéndose en el ámbito de una tertulia republicana a donde asistían connotados intelectuales como León Felipe y Max Aub que junto con muchos otros, y gracias a que ocupaban puestos de importancia, se integraron a esta rama de intereses para abrir un campo de estudio, siendo la librería fundamental para apoyarlo, además de estimular una cultura lectora saludable y grata.  Sin embargo, el local elegido como hogar de libros ya contaba con una historia interesante, pues había sido parte de la botica de los hermanos Sanborns, gracias a lo cual la librería pudo contar entre su mobiliario con magnificas estanterías de caoba y cedro blanco, que aún se conservan como uno de los detalles estéticos más sobresalientes del recinto.

“Este espacio sentó precedentes en la muy representativa calle que era Madero, era una librería que forjó su prestigio en su acervo de títulos sobre Historia y que poco a poco empezó a enredarse en problemáticas financieras, de sueldos, mantenimiento, rentas, que se acrecentaron cuando se decidió que la calle de Madero se volvería peatonal, pues se desestabilizó la zona en el aspecto comercial, además se dispararon las rentas y los gastos, en aras de que la Madero peatonal se enfilaba a otro tipo de mercado. Ahora se podían vender con facilidad cacahuates, pero no un libro que requiere cierto desplazamiento. La librería entra en riesgo, también, por las demandas de cierto tipo de libro y porque empiezan a desaparecer los intereses de orden intelectual que privan para sostener un espacio así; a esto se suma la problemática de orden económico. Ahí, en 1987, aparece Enrique Fuentes”.

 

“El libro es un negocio para quien lo fabrica, pero el que lo vende difícilmente sale adelante:
tenemos la historia de muchas librerías que nacen, crecen y desaparecen como es usual en todos los ámbitos.

 

Don Enrique, como lo conocen con afecto, explica que a su llegada se tuvieron que ordenar de manera sistemática los números para que la librería pudiera continuar, pero que, adicionalmente, se dio un giro en el enfoque de su mercado, dándole prioridad a libros que tuviesen como tema la historia mexicana en sus diversas modalidades como arte y arqueología, sin mencionar ejemplares antiguos, raros, que pueden tener una demanda ocasional, siempre y cuando, indica, existan los recursos, el interés y el conocimiento para adquirir este tipo de ejemplares.

Desde entonces, el acervo de la Librería Madero se ha mantenido en esa línea, permitiéndole posicionarse, sin exagerar, como el lugar idóneo para encontrar títulos históricos, en toda la amplitud del término. Pero no terminaron los problemas para este espacio pues, como había mencionado, Enrique Fuentes encontró en la conversión peatonal de la calle de Madero un problema de gravedad que enfrentaba a la librería a una situación económica insostenible hacia el año 2012; por fortuna, Salvador Castillo, ofreció a don Enrique un hogar accesible que parecía estar hecho para albergar libros. La Librería Madero se mudó entonces a la llamada Casa de la Acequia, que también fue la residencia en que nació Daniel Cosío Villegas en 1898, amigo de los republicanos españoles. Por si fuera poco, el inmueble sirvió al Ateneo Español de México como sede hasta que esta institución se trasladó a la colonia Juárez.  Vale mencionar que entonces la Librería Madero pasó a llamarse Antigua Madero Librería.

“Con un milagro, la librería llegará al mes de diciembre”

Entre preciosos libros de arte virreinal, primeras ediciones, volúmenes de cuatrocientos años de antigüedad y facsímiles de códices, y la constante visita  de prominentes escritores e historiadores, Enrique Fuentes Castilla reflexionó algunos aspectos del negocio bibliófilo y cómo estos han vuelto a poner a su librería en jaque.

“El libro es un negocio para quien lo fabrica, pero el que lo vende difícilmente sale adelante: tenemos la historia de muchas librerías que nacen, crecen y desaparecen como es usual en todos los ámbitos. Esto no quiere decir  que no genere beneficios, genera beneficios para comer y no se come mal, pero no se adquiere riqueza en el sentido estricto de un capitalismo despiadado que permite guardar sin el temor de que mañana no vendas. De ahí los textos que  don Gabriel Zaid públicó con aquella frase “¿Libreros o adivinos?; no sabes lo que vas a comprar, tampoco sabes lo que vas a vender. Por eso, siempre  inicio las conversaciones de este tipo con las charlas de un hombre, Ubaldo López Barrientos, icónico personaje del gremio librero, que me enseñó: “Enriquito, el único libro bueno es el que compras hoy y vendes mañana”. Esto  nos lleva  a pensar por qué se vende el libro, se vende porque hay gentes interesadas, pero  hoy en un país de 22 millones de habitantes, las impresiones no rebasan los mil ejemplares ¡en 22 millones! Además de que  leer, lee cualquiera, pero entender es mucho más problemático, y aplicar lo que se aprehende y se entiende todavía más.

“Yo no vendo libros, no toco puertas; creo que la gente tiene derecho a venir a buscar un libro y somos prestadores de servicios, si alguien viene a buscar un libro y no lo tengo, yo busco para encontrarlo. La labor de venta de un libro es infinita, el ámbito de vender se realiza entre dos, por lo menos y debe haber satisfacción de ambas partes y, orgullosamente, procuramos siempre ofrecer ejemplares de contenidos de calidad, pero la otra parte, la mayoría de las veces pregunta por libros de superación personal que están hechos para venderse por su portada, no por su contenido. Lo cierto es que hoy  vendemos menos del 80% de lo que hace cinco años vendíamos. Si hay un milagro, que no creo en ellos, la librería llegará al mes diciembre. Estamos en un embudo brutal, lo único que nos  mantiene es el gusto por el libro y las ganas de buscar a alguien que lo adquiera, ¿quién?,  no lo sabemos”.