“…muerte no me seas esquiva viva muriendo primero,
que muero porque no muero”.

Teresa de Ávila

 

La Capital de la República se apresta a vivir en este 2019 un excepcional ritual de vida y muerte, en un rico entramado de actividades  cuya creatividad y constancia dan pauta fiel del sincretismo que hace cinco centurias receló sobre su destino, se enfrentó y se fusionó en su territorio, producto de cruentas batallas, resistencias, victorias y derrotas que encontraron en las creatividades de sus aparentes antagónicos orígenes ese remanso de ingenio y alharaca que hoy alcanza en nuestra Fiesta de Muertos su más colorido e ingenioso repertorio.

Esta Ciudad, crisol de culturas cercanas y distantes provenientes de todas las latitudes de la República y del planeta, se abre hospitalaria a los múltiples aportes que a lo largo del tiempo han enriquecido y revitalizado sus ancestrales expresiones culturales, las cuales convierten a esta Ciudad Lacustre, a esta Ciudad de Vida, en anfitriona del “camino de la muerte” concebido a lo largo del Paseo de la Reforma y de la avenida Juárez para desembocar en el corazón del “ombligo de la luna”, el Zócalo en cuyo escenario se congrega la ofrenda que la Ciudad rinde a sus muertos.

A pesar de las doctas críticas a esta demostración festiva de creatividad colectiva, el hecho irrebatible es que los capitalinos nos reapropiamos de un desfile pensado para el cine y lo revitalizamos con un conjunto de expresiones y elementos de arte popular que son plenamente representativos de la pluralidad cultural de la Capital de la República.

La deformada versión de nuestra Día de Muertos realizada por Hollywood para insertarnos en tres minutos del filme “Spectre” de James Bond, acicateó a nuestros artistas populares y a muchos colectivos insertos en la recuperación de nuestras raíces ancestrales, a imponer una narrativa mucho más cercana y participativa de la sociedad, en torno a la forma de recrear y revitalizar esta actividad que este año incluye la integración en cuatro monumentales desfiles en torno al tema de la muerte y a la impronta que ésta tiene en las y los mexicanos,  coordinando así: el Desfile de Alebrijes, con 253 piezas elaboradas por artistas populares de diversas regiones del país; la Mega Procesión de las Catrinas, cuyo arraigo entre los jóvenes estriba en su personificación cadavérica al convertirse en lienzos y portadores de prendas que recrean la mítica y la estética de las calaveras de Posada; el Desfile Internacional del Día de Muertos, suerte de carnaval aglutinador de las juventudes capitalinas que de forma espontánea han formado comparsas en torno a diferentes aspectos de la Muerte en México y, por último, a  la Mega Marcha de Muertos que convocará a todos los habitantes a recorrer las avenidas que los harán llegar hasta la Mega Ofrenda de Muertos que estará instalada en el Zócalo capitalino a partir del 1 de noviembre.

Parafraseando a la excelsa poeta de Ávila, mística por excelencia, los animosos participantes de estas festividades viven muriendo primero y luego mueren porque no mueren para invitar a la Muerte a que no les sea esquiva…