Íconos del iliberalismo

Cuando apareció el anuncio y los primeros comentarios, sobre el impeachment a Trump, que por fin se decidió echar a andar la experimentada y respetable demócrata Nancy Pelosi, presidenta –speaker– de la cámara de representantes; y cuando, poco después, los medios informaron que el tribunal supremo británico había sentenciado que Boris Johnson no podía suspender durante cinco semanas el Parlamento para impedirle bloquear su pretensión de un Brexit –abandonar la Unión Europea– sin acuerdo, tuve el deseo de titular mi colaboración; Abono a la esperanza.

Y no era para menos, tratándose de dos personajes, que el columnista, británico, John Carlin, trata de cerdos, recordando a George Bernard Shaw, quien aconsejaba no luchar con un cerdo, porque “ambos se ensuciarían, pero, además, al cerdo le gusta”; que han desvirtuado los conceptos y valores de la democracia liberal –sea de izquierda, derecha o de centro– y que no tienen escrúpulo alguno para emplear la mentira, el insulto y otras violencias para sus fines de poder, notoriedad y a menudo de lucro económico.

Sin embargo, no hay que adelantar vísperas y por tal motivo mi artículo no se inicia hablando de esperanzas sino de las convulsiones de Trump derivadas del impeachment que lo amenaza, y de Johnson, por el varapalo que le asestó el tribunal supremo. De las convulsiones de estos personajes, íconos de los políticos que hoy pululan atentando contra los valores de la democracia liberal: en la competencia política, las elecciones y el voto, y los derechos humanos y su defensa y respeto irrestrictos. Una violencia que se ha convertido en epidemia mundial, pariendo ideólogos y líderes políticos y contaminando a la sociedad civil y a los gobernados. La epidemia del iliberalismo.

 

Gurúes, estrategas y pueblo sabio

Los gurúes del iliberalismo son legión en Occidente y tienen, desde luego su propia versión en otras latitudes: China, en la que Xi Jiping su “emperador”, es también el gurú de una sociedad marxista en la corteza y nacionalista en la realidad, según Guy Sorman, su crítico feroz; además de una dictadura brutal, que  ha construido una vasta red de campos de detención y vigilancia sistemática durante los últimos dos años en una operación dirigida por el Estado para convertir a los uigures –la etnia musulmana de origen turco– en partidarios leales y seculares del Partido Comunista.

Rusia, otro ejemplo, en la que Putin critica, también con ferocidad al liberalismo occidental. De la mano de Alexandr Duguin, su Proyecto Eurasia y su tesis de la “Cuarta Teoría Política”, que sustituye al liberalismo, al comunismo y al fascismo, –Proyecto que atrae también a los ultranacionalistas y a la élite secular de Turquía.

De la legión de gurúes occidentales del iliberalismo vuelvo a referirme a dos, actuales, que, en nombre de la Civilización Occidental Cristiana, desvirtúan los valores de la democracia liberal, que, son, finalmente, valores creados por Occidente. Se trata de Renaud Camus, el ideólogo francés creador de la teoría del Gran reemplazo –Grand remplacement– de acuerdo a la cual los inmigrantes musulmanes y también africanos estarían despojando a los blancos europeos de sus territorios, sus países, su continente. Una falacia que, sin embargo, alimenta el terrorismo yijadista, esa “hidra islamista” que desvirtúa al islam y contra la que Macron ha prometido luchar. Y también aludo a Jared Taylor quien considera que los mexicanos, los hispanos, despojan a los blancos –WASP– de su país, Estados Unidos.

Más de un político iliberal se rodea de asesores, “estrategas” que los aconsejan en acciones de real politik, y a veces terminan siendo “el poder tras el trono”. Putin se ha dejado asesorar por el mencionado Duguin y por Vladislav Surkov, el misterioso e influyente consejero que –se afirma– transformó la política y la estrategia militar de Rusia. El frívolo Trump por Steve Bannon, a quien finalmente destituyó, y por John Bolton, entre otros, también defenestrado con escándalo.

En cuanto a Boris Johnson, culto y de la élite, aunque su exhibicionismo parece desmentirlo, cuenta también con un asesor-estratega, Dominic Cummings, tipo arrogante, patán y antipático, lo que ha dado lugar a que se diga que el primer ministro confía en ese consejero “como la zarina Alejandra confiaba en Rasputín”.

Los líderes políticos, en el poder o en la “tribuna de enfrente”, difunden exageraciones y mentiras que el pueblo sabio consume siguiendo sus pulsiones: a los europeos blancos –repito– se les asusta con “la invasión de hordas de musulmanes y de negros, herejes, asesinos, que se benefician de la seguridad social y están apropiándose de los países”; asimismo, se les vende el cuento de que “Bruselas –la Unión Europea– drena miles de millones de euros de los países miembros, atenta contra su soberanía y descristianiza el continente”.

En Estados Unidos, se miente –Trump es el primer mentiroso– hablando de los bad hombres mexicanos y todos los hispanos y latinos –América Latina y el Caribe– que “violan, roban, asesinan y trafican con drogas”. Ellos, según pretendidos intelectuales, como Jared Taylor –ya lo señalé– están desplazando a los blancos y despojándolos de su país: Estados Unidos. Otras minorías, como los musulmanes han sido también objeto de ataque desde el poder. El pueblo sabio los hostiliza, y comete crímenes como la masacre de mexicanos, en El Paso, hace un par de meses. A tal grado se ha disparado el odio de los blancos –WASP–, que el departamento de Seguridad Nacional ya incluyó al Supremacismo blanco como un nuevo terrorismo, que amenaza a los Estados Unidos.

 

Las convulsiones de Trump y de Boris Johnson

Trump enfrentó ya una investigación sobre la presunta injerencia del Kremlin en la campaña presidencial de 2016, que habría influido en la votación a favor del republicano. La investigación de la trama rusa, fue encomendada a un fiscal especial, Robert S. Mueller, quien declaró que no podía acusar al mandatario de ningún delito, pero insistió en que “no está exculpado” de presunta obstrucción a la justicia.

El resultado de la investigación dio lugar a que opositores del presidente, políticos y americanos de a pie exigieran que fuera sometido a juicio para destituirlo –el impeachment. Sin embargo, la presidenta, Nanci Pelosi, de la cámara de representantes, jurídicamente competente para iniciar el procedimiento, decidió no iniciarlo, ante el temor fundado de que no prosperara.

Si esta “caza de brujas”, contra Trump, como él calificó a la investigación encomendada a Mueller sobre la trama rusa, no lo ha afectado legalmente, hoy lo persigue de nuevo otra “caza de brujas” –así la llama también el presidente–: el juicio de destitución –impeachment– que ahora sí ha decidido iniciar Nancy Pelosi por la presunta comisión de actos que podrían tipificarse como delitos de abuso de poder, cohecho y hasta de traición: “ha violado el juramento que prestó al tomar posesión, ha condicionado la seguridad nacional y ha comprometido la integridad del proceso electoral estadounidense”.

Tales ilícitos derivarían de la presión brutal a la que el mandatario estadounidense sometió a su homólogo de Ucrania, Volodimir Zelensky, exigiéndole que investigara a Joe Biden, uno de los candidatos demócratas a la presidencia mejor situados, y a su hijo Hunter, ejecutivo, hasta hace poco, de una empresa gasística ucraniana. Una presión acompañada por la amenaza, implicita, de cancelar la ayuda militar a Kiev, que había sido suspendida sin explicación alguna.

La conversación de ambos mandatarios también provocó críticas a Zelensky en el extranjero y en su país. Un comentarista francés dice que “se rebajó jugando al adulador y cantando alabanzas al americano” (sic). Los compatriotas de Zelensky, por su parte, hablaron de su falta de tablas internacionales, criticaron su “docilidad” y que no haya marcado un alto a Trump cuando éste afirmó que los europeos, y en particular Alemania, no habían apoyado a Ucrania en relación con las sanciones a Rusia por la anexión de Crimea y su apoyo a los separatistas de Donbass.

Ante esta nueva amenaza de impeachment, el mandatario estadounidense reaccionó con violencia, insultando a todo aquel que se atreviera a criticarlo, como el actual senador y candidato republicano a la presidencia en 2012, Mitt Romney, a quien tildó de “imbécil prepotente”. Reaccionó, igualmente, pidiendo ayuda a China en la mencionada pesquisa sobre Biden y su hijo –ya habría ejercido presión similar sobre el primer ministro Scott Morrison, de Australia–, en el caso de la trama rusa. Bien dice un consejero de seguridad nacional de la ápoca de Obama, que cuando Trump no puede defender su conducta, “la normaliza. Por eso –añade– es tan peligroso”.

El proceso de destitución anunciado por Pelosi es complejo y, sujeto a debates y votaciones en las dos cámaras del legislativo, podría aprobarlo la de representantes, con mayoría demócrata, pero no el senado, donde la mayoría es republicana. En consecuencia, no tendría futuro, salvo que aparecieran otros elementos de juicio con implicaciones jurídicas, que el cálculo político invitara a los republicanos a abandonar al presidente; y sobre todo, si “el titiritero de Washington”, Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el senado, siniestro, cínico, hacedor y destructor de políticos, a quien se dice que Trump debe su candidatura, decidiera abandonar al neoyorkino.

Trump está políticamente vivo, defendiéndose con ferocidad ante la amenaza del impeachment. Polarizando –sabe hacerlo muy bien– a la sociedad estadounidense, ya gravemente fracturada, y exigiendo de sus partidarios, con razonable éxito, apoyo político y económico. Pero también, provocando el rechazo no solo de quienes han sido sus opositores, sino también de infinidad de votantes indecisos, que podrán dar su voto al candidato demócrata e inclinar la balanza en favor de éste en la elección presidencial de 2020.

Está vivo políticamente Trump, pero –dicen los analistas– está herido, y los políticos demócratas, particularmente quienes aspiran a ser el candidato a la presidencia del país: Biden, Sanders, si es que el infarto que sufrió le permite seguir en la liza, Elizabeth Warren, otros, tratarán de aprovechar, en su lucha para desbancarlo, el grave desprestigio que sufre, “el asco que produce su conducta”.

Debo añadir, como noticia de última hora mientras escribo esta nota, el anuncio de la Casa Blanca de que no cooperará en la investigación del congreso relativa al impeachment, por considerarlo “partidista y violatorio de la constitución”. Una declaración de guerra –dicen los analistas– al poder legislativo, que “hunde a los Estados Unidos en una crisis constitucional” y que, como era de preverse, produjo la reacción de Nancy Pelosi, condenando los esfuerzos del presidente por “tratar de convertir la ilegalidad en virtud” y previniéndole de que “habrá de rendir cuentas”.

Pero voy a Europa, para señalar que Boris Johnson, el primer ministro británico, también sufre convulsiones políticas. Llegado a la primatura caminando sobre cadáveres políticos, empezando por el de la patética Theresa May, su antecesora, declaró que llevaría al Reino Unido fuera de la Unión Europea, el 31 de octubre, cuando se vence el plazo para hacerlo, indefectiblement, “con acuerdo o sin él”. Obtuvo de la reina, a pesar de ella, el cierre del parlamento, a fin de evitar que sus correligionarios del partido conservador o los laboristas obstaculizaran su proyecto de hacer efectivo el Brexit, a como diera lugar, en la fecha mencionada.

Sin embargo, el tribunal supremo del Reino Unido, sentenció el 24 de septiembre de manera unánime, que el consejo del primer ministro a la reina de cerrar el parlamento durante cinco semanas previas al 31 de octubre en que debería sellarse la suerte del Brexit, fue “ilegal”, “vacío” y “carente de efecto”. Tal decisión por la que el tribunal “se erigió en salvaguarda de la democracia parlamentaria frente a la usurpación de poderes por el Ejecutivo”, dio lugar a la reapertura del parlamento y permitió que prosiguieran los debates sobre la negociación con Bruselas de los términos del “divorcio” del Reino Unido y la Unión Europea.

A este primer correctivo legal y político a Johnson –esta primera convulsión– han seguido otros, mientras a escasos días de que concluya el plazo para que el Reino Unido se desvincule de la Unión Europea, nada está claro: si en verdad saldrá, con una salida acordada –soft Brexit– o sin acuerdo –hard Brexit; y las conversaciones entre el premier británico y los europeos y las propuestas que éste habría avanzado, entre ellas la esencial de la frontera o no frontera (backstop) entre las Irlandas –república una y parte del Reino Unido otra– siguen sin dar resultado: las últimas noticias, antes de concluir mi artículo, confirman que la negociación “se hunde”, mientras la imagen de Boris Johnson, según encuestas en varios países europeos, es deplorable.

 

¿Abono a la esperanza?

El que los dos personajes, violadores obsesivos de la ley, a los que se refiere mi presente escrito estén siendo frenados, con la ley en la mano, por otros poderes del Estado, ¿es la prueba de que la democracia funciona, en Estados Unidos y en el Reino Unido; y en otros países?

Creo que sí, y por esta razón titulo este breve comentario final Abono a la esperanza.