Por Cecilio Ferro Villa

A nivel global los hábitos de consumo enfrentan nuevos retos. El consumidor es cada vez más exigente, pero también más responsable: ahora los compradores buscan reconocer al ser humano que está detrás de cada hortaliza y de cada fruta que consume.

El nuevo consumidor comienza a desarrollar una nueva visión sobre los productos agroalimentarios que adquiere. Por lo pronto lee la información nutricional de los empaques, pero irremediablemente en breve buscará otros datos relevantes, tales como el impacto ambiental de la producción de tal o cual alimento, así como las condiciones laborales implicadas en ese cultivo.

Hoy los productores mexicanos enfrentan un gran reto, ya que no solamente deben preocuparse en los volúmenes de la producción, sino también en las condiciones de la mano de obra implicada en la misma. ¿Están preparados los productores mexicanos, los grandotes y los chiquitos?

En el campo el trabajo fundamental está en los jornaleros, quienes suelen ser los más pobres de los pobres ¿La cuatroté está abierta a apoyarlos? La realidad sugiere que no.

En México, los jornaleros en su gran mayoría laboran y sobreviven en ambientes donde predominan las vejaciones, abusos, secuestros y olvido. En los medios aparecen  con frecuencia, pero en espacios poco relevantes, informaciones sobre las dolorosas situaciones que enfrentan los mexicanos que venden su mano de obra para la producción de alimentos. Hace unos días, en Oaxaca volcó un camión sin frenos que trasladaba jornaleros que regresaban a sus casas para las fiestas decembrinas. El desenlace fue fatal: los jornaleros quedaron atenazados entre la falta de apoyo por parte del Servicio Nacional del Empleo –que argumentó no haberlos vinculado–  y la indolencia de los patrones que los habían contratado.

Recientemente la prensa dio cuenta del caso de Alejandro, un niño de 13 años tras acumular muchas horas de trabajo bajo los rayos del sol murió en los campos de Meoqui, Chihuahua. La Fiscalía local inició una investigación ante posible explotación laboral, pero nada ha ocurrido al respecto. Mientras tanto, la organización  internacional Save the Children emitió un cruento y revelador informe que revela que, durante cada temporada agrícola, entre siete y doce niños pierden la vida por causas prevenibles. Alertó que los hijos de jornaleros que trabajan en los campos de Sinaloa mueren por infecciones gastrointestinales, anemia, desnutrición o accidentes durante la recolección de cosechas.

Estas historias de horror en el campo mexicano parecen inadvertidas para la cuatroté, a pesar de que mucho propalan que el país ha cambiado y que ahora los primeros son los pobres.

La Auditoría Superior de la Federación, en su Informe del Resultados de la Fiscalización Superior de la Cuenta Pública 2016,  precisa  que los jornaleros agrícolas y sus familias “enfrentan condiciones de vulnerabilidad y exclusión, originadas por la violación de sus derechos humanos y laborales, y la marginación de la que son objeto por su calidad de migrantes en las regiones agrícolas a las que acuden en busca de trabajo, situación que no ha cambiado en décadas, debido a que la política pública para su atención no ha tenido la focalización y orientación adecuadas para atender la problemática particular que presenta esa población”. Se dirá que eso ocurría en las satanizadas administraciones neoliberales, pero no.

Desgraciadamente el sufrimiento de los jornaleros continúa y pese a ello en marzo de 2019 el gobierno de AMLO canceló el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA) sin importar que afectaba a dos millones 71 mil 483 trabajadores y el impacto pernicioso es inconmensurable si se toman en cuenta las familias que dependen del fruto del trabajo de tales jornaleros.  El PAJA que operaba la Sedesol tuvo presupuestos anuales de 300 millones de pesos en promedio. Hoy simplemente desapareció del Presupuesto Federal 2020, con lo que queda en evidencia que para la cuatroté, las condiciones laborales de los trabajadores agrícolas son un cuestión irrelevante. Han de pensar que este problema lo han generado los productores fifís y que por tanto ellos deben solucionarlo.

En 2020 no habrá más presupuesto para los jornaleros, quizá porque al ser una población en constante migración según las temporadas de cosecha, aparece en alguna región y desaparece, no vota, no reclama, como si fuera un fantasma que no requiere atención y, sobre todo, que no ha sido tomado en serio por este y los anteriores gobiernos. Sin embargo, esa población fantasma es la fuerza trabajadora más desprotegida en creciente situación de vulnerabilidad.

Pese a lo anterior, algunos productores hortofrutícolas –agroindustriales principalmente– por iniciativa propia promueven e implementan estándares de responsabilidad social. Sin embargo, el trabajo es arduo y es imprescindible el trabajo conjunto de los productores y el propio gobierno, pero con la desaparición del PAJA ¿se propagarán rápidamente las iniciativas de bienestar laboral y calidad de vida de los jornaleros? Muy probablemente sí, pero no motivadas por este gobierno que dice favorecer a los pobres, sino por presión internacional. Hay que estar atentos al renglón laboral del T-MEC, porque en México la cruda realidad de los jornaleros puede ser un verdadero atolladero para el comercio internacional. Así es que a los sesudos ujieres de López Obrador no les quedará de otra: tendrán que colocar primero a los más pobres y no solo a las huestes votantes.