Por José Manuel Cuéllar Moreno
Pensar el coronavirus, apresarlo conceptualmente, calibrar sus repercusiones (morales, políticas, epistemológicas), es, quizás, ahora mismo, uno de los mayores retos para la filosofía. ¿Contamos los filósofos con las categorías suficientes para reflexionar sobre una pandemia de este tipo, su tratamiento mediático, sus implicaciones en la economía, la democracia, la percepción del otro, la “intersubjetividad”, por apuntar tan sólo algunos temas (y problemas) de interés y competencia filosóficos?
La discusión filosófica alrededor del Covid-19 ya dio inicio, y es de esperar que se intensifique con el correr de los días y de las semanas. Michel Foucault es el punto ineludible de referencia. Su noción de “biopolítica” nos permite captar fenómenos muy actuales como la politización de la medicina o la medicalización de la política. Desde hace por lo menos dos siglos y medio, la política tiende a fundirse con la biología, hasta el punto de erigir en su principal función la administración de los cuerpos, su distribución en el espacio, la asignación, a cada uno, de una “verdad”, y la reglamentación precisa, encarnizada, de su muerte y de su vida biológicas.
El actual aislamiento y confinamiento forzado de los cuerpos (los sanos en su casa, los enfermos en los pabellones hospitalarios), se parece en poco o nada a las islas de los leprosos. Contra ellos se implementaba lo que Foucault denomina una “estrategia de exclusión”. Detrás de esta estrategia, agazapado, era posible hallar el sueño político de una comunidad pura. Tradicionalmente, frente a las plagas se ha seguido una estrategia diversa, una “estrategia de análisis y segmentación”. La plaga (el coronavirus) es el caos, el desorden primordial, natural y pre-político; a una situación informe e irracional, hay que oponer el ordenamiento y la disciplina. El ideal político que anima esta estrategia no es la pureza, sino el establecimiento de una sociedad disciplinaria. Las pandemias son la ocasión propicia para recrudecer los dispositivos y mecanismos de vigilancia, para llevar un registro minucioso y diario de los individuos y para que la autoridad haga valer, sin resistencias, su papel como intermediario omnipotente entre el individuo y su cuerpo, entre el individuo y su propia muerte/vida biológica. Podría decirse que no hay situación más favorable para la “biopolítica” y para las pulsiones autoritarias de los políticos, que estos momentos de crisis, de pánico y de pandemia.
El filósofo italiano Giorgio Agamben, como era de esperar y de desear, ha sido de los primeros en alzar la voz. Su artículo en Quodlibet del 26 de febrero lleva el polémico título de “La invención de una epidemia”. Para Agamben, las medidas de emergencia adoptadas por el gobierno italiano son exageradas. El Covid-19 no es, al fin y al cabo, más mortal o más temible que la influenza. Basta con echar un vistazo a los “datos duros” y a las estadísticas. La decisión de recurrir al pánico, al confinamiento y a la militarización, en nombre de la higiene y de la salud pública, es una decisión política. Agamben es conocido por haber acuñado la expresión “estado de excepción”, un estado al que las “democracias occidentales”, sobre todo a partir del 9/11, se han habituado. Ante una amenaza terrorista, cabe la posibilidad de suspender los derechos individuales y de someter a los ciudadanos a un escrutinio que de otro modo, en circunstancias “normales”, resultaría inadmisible. Pareciera que, a falta de esta amenaza terrorista, o más aún, agotado el recurso mediático-político del terrorismo, se vio en la invención de una epidemia el pretexto ideal para exceder los límites “normales” del gobierno. En los “estados de excepción”, cada vez más comunes y con una marcada tendencia a hacerse indefinidos, la libertad del individuo es violentada. Se trata de un tipo específico de violencia que el individuo no sólo acepta de buen grado, sino que la desea (deseo de seguridad). La necesidad de “pánico colectivo” y su subsecuente “deseo de seguridad” han sido diseminados entre la población y satisfechos por los gobiernos de estas llamadas “democracias occidentales” durante años. De alguna manera la población de estos países ya estaba “aterrorizada” y dispuesta psicológicamente a una situación excepcional de este tipo. Era una situación hasta cierto punto prevista.
No es difícil tender un puente entre el pensamiento de Agamben y el de la activista canadiense Naomi Klein. Ella no habla de “estados de excepción”, sino de disaster capitalism y shock doctrine. El sector privado actual se caracteriza por sacar un enorme provecho económico de desastres (como el huracán Katrina o la actual pandemia) y de movilizar el shock de las masas a su favor, imponiendo a los legisladores su propia agenda y fomentando en última instancia la polarización y la precarización.
Klein, dicho sea de paso, detecta en la actual crisis del coronavirus una paradoja moral. El aislamiento forzoso (y deseado) de los cuerpos profundiza el sentimiento de pertenencia a una comunidad, frente al individualismo y al consumismo egoísta inculcado por el sistema económico. Estamos interconectados y somos más “porosos” de lo que el sistema económico y las empresas de seguros nos quiere hacer creer. Si hay una lección moral que extraer de la cuarentena, es que debemos cuidar al otro, no exclusivamente a uno mismo; procurar que mi vecino, por mi propio bien, tenga garantías jurídicas y sanitarias. En un extremo estarían los pobres, los ancianos, los vulnerables, los que no cuentan con seguridad social o privada, y en el otro estarían los hoarders, los acaparadores. El psicoanálisis tiene no poco que decir sobre esta reacción acumuladora ante el desastre.
Volvamos al artículo de Agamben. Como era previsible, suscitó un aluvión de críticas. El 27 de febrero se pronunció el filósofo francés Jean-Luc Nancy. ¿Nos sirve de algo esta frase, “estados de excepción”, o habría que desecharla en beneficio de otros conceptos? No se puede hablar en sentido estricto de un estado de excepción porque lo excepcional es en la actualidad la norma. Las interconexiones tecnológicas de todo tipo hacen que a diario los gobiernos, los aparatos jurídicos y legislativos, la población misma se enfrente a situaciones y cuestionamientos excepcionales, novedosos. El objeto de la reflexión filosóficas no deben ser los gobiernos (meros ejecutores), sino la civilización entera.
Roberto Esposito, en su artículo Curati a oltranza (28 de febrero), hizo un llamado a la prudencia. No hay que perder el sentido de la proporción. Es una exageración decir que la democracia está en riesgo. La pandemia no será un proceso de larga duración.
A diferencia de Agamben, Esposito no cree que estemos ante un desplante y una afrenta totalitaria. Por el contrario, la superposición de prerrogativas regionales y estatales hablan de una descomposición del poder público.
Sergio Benvenuto (Benvenuto in clausura, 5 de marzo) está de acuerdo con Agamben en que el pánico ha sido una elección política (y no una decisión dictada por la naturaleza o las proporciones del virus). No está de acuerdo con Agamben, sin embargo, en que las medidas adoptadas por Italia hayan sido resultado del instinto despótico de las clases dirigentes en su afán de implementar un “estado de excepción”. De ahí a hablar de “teorías conspiratorias de la historia” hay un pequeño paso. Italia, en realidad, no tenía mejor alternativa. Hay que identificar, en primer término, al agente de la decisión, que no exactamente Italia, sino la OMS. Son estos organismos supranacionales los que toman hoy en día las verdaderas decisiones y los que se han decantado por la “estrategia del pánico”. Sembrar el pánico es a veces la forma mejor y más eficaz de evitar desastres.
De no haber tomado medidas, Italia habría sido aislada del resto del mundo, como un leproso (terribles secuelas económicas). En el orden interno, la opinión pública habría visto con muy malos ojos que el gobierno respetase el desarrollo normal de la enfermedad y que hubiese habido unos 200 mil muertos (inestabilidad interna con repercusiones electorales). Italia no tenía más remedio que adoptar esa “estrategia del pánico”. Las otras opciones eran, en varios sentidos, peores.
Haciéndose eco de esta polémica, el filósofo Guillermo Hurtado publicó recientemente en La Razón su artículo “La pandemia, la filosofía y la democracia” (17 de marzo). “¿Qué repercusiones tendrá la pandemia del Covid-19 para la democracia?” Nos propone en su artículo el uso de herramientas conceptuales como “biopolítica” y “estado de excepción”. Nos conmina a no dejar el manejo de la pandemia en las manos de una élite política, científica o militar. “Se puede estar o no de acuerdo con Foucault o con Agamben, pero la filosofía, entendida como ejercicio crítico, no puede permanecer callada.” Hurtado lanza a los filósofos mexicanos una provocación. ¿Qué ocurrirá en México con la democracia? Aquí no tuvimos un 9/11. Aquí no lidiamos de manera frontal con la amenaza del terrorismo. Nuestros conflictos recientes son otros. Tienen que ver con la brutalidad de la narcocultura, la gratuidad cotidiana de la muerte y los feminicidios. La vulnerabilidad radical de los cuerpos se nos ha revelado ya en toda su cruenta desnudez, pero a través de otros medios y de otras situaciones. La nuestra es una democracia de instituciones endebles y atravesada por la corrupción. Todavía no resolvemos la cuestión de qué significa “democracia” en los tiempos de la 4T, mucho menos tenemos en claro qué impacto tendrá la pandemia en esta democracia. Nuestros médicos aún no se enfrentan al dilema moral de repartir las pocas camas entre los muchos pacientes (¡ojalá no lleguemos a ese punto!). Aquí el ejercicio filosófico tendrá que horadar su propio camino.
@Jmcuellarm
Del autor: Maestro en Filosofía de la Cultura por la UNAM y en Filosofía Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la filosofía mexicana del siglo XX y la configuración del discurso nacionalista del PRI a través de sus ideólogos invisibles. Es autor de La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI (Ariel, 2018), y de las novelas El caso de Armando Huerta (Premio Nacional de Novela Luis Arturo Ramos, 2009) y Ciudademéxico (Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas, 2014).
