De su madre, Doña Raquel González, heredó la vena musical; pero, influido por las danzoneras, principalmente la danzonera de “Babuco”, se interesó en la música. Su vocación innata y adquirida en los “sórdidos” y, a la vez, fascinantes salones de baile, hizo tomar al joven Manuel Esperón una decisión: dedicarse a la música y ser danzonero.
De aquel niño, próximo a cumplir nueve años, que se “coló” sin ser visto, la noche del 20 de abril de 1920, a la inauguración del Salón México, ubicado en la calle Pensador Mexicano, colonia Guerreo, de la Ciudad de México, y que escondido escuchaba encantado la música tropical, al estilo de Tiburcio “Babuco” Hernández, se acurda el hombre, próximo a cumplir 88 años (3 de agosto de 1999). Hace 100 años, el niño Manuel se enamoró del danzón.
Aguzado el oído y la vista distante, el niño no podía contener la emoción. Al son de la música, los danzantes seguían despacísimo, en un mismo sitio o en todo el espacio posible, suave, muy suavemente, ondulando sus cuerpos, el ritmo de la música, sin perder el estilo.
Manuel Esperón habla, permítaseme la fantasía, de “Babuco”: “Él, Tiburcio Hernández, el “Babuco”, timbalero como yo, se trajo su danzonera desde Veracruz… a inaugurar el Salón México. Eso fue el 20 de abril de 1920, la única fecha que recuerdo, no me sé la de mi cumpleaños, figúrese” (Carlos Monsiváis, en Escenas de pudor y liviandad).

Preguntas de la planeada entrevista nunca hecha: Cuenta Carlos Monsiváis que la inauguración del Salón México fue un acontecimiento histórico, aunque los asistentes no lo supieran en ese momento. ¿Qué opina? La concurrencia sudaba sin acongojarse, sabiendo que “se vive solamente una vez y la filosofía de los gañanes es disfrutar la vida primordialmente. ¿Qué opina? Alguien le contó a Carlos Monsiváis que el “Babuco” nació en Cuba. Sastre de profesión, un buen día se largó a Veracruz. Allí convivió con los maestros del irse despacito, porque, para sacarle de veras provecho al danzón, hay que hacerlo en cámara lenta, entre más suave el movimiento, más dominio del ritmo. ¿Qué opina? La falta de apresuramiento distingue al danzón “abierto” del “cerrado” y la morosidad le regala a los movimientos la elegancia, el señorío de las esculturas que se desplazan paulatinamente. ¿Qué opina? El danzón es un baile del refinamiento de la actitud del cuerpo. La mano se desliza, mientras el cuerpo se enreda, lentamente, en los recovecos de la melodía Chévere, vibración en un espacio diminuto. ¿Qué opina? En Veracruz, el “Babuco” aprendió el famoso pregón ¡Ey familia! Danzón dedicado a… y amigos que lo acompañan. ¿Es el danzón una música erótica? ¿Compuso danzones? Sí, allá lo aprendió. Sí, es erótica. Sí, compuse, habría contestado, exponiendo las razones para hacerlo y hubiera tocado uno, en el piano que tenía en su estudio, de la Sociedad de Autores y Compositores de México.
Se impone la necesidad de una “puesta en escena”, con música danzonera, de Manuel Esperón, sin duda, que acompañe “acoplamientos verticales, vuelo erótico fijado al piso” ya que el danzón obliga a que “la gente se aferre al ritmo que permite y demanda exploraciones sensoriales, acicalamientos, portes erguidos y bustos desafiantes.” “El danzón es música sensual, provocativa, desenfadada, que, nos dice Carlos Monsiváis, es la parte más morosa de la prisa sexual” y, continúa, “gracias a la estética de la sexualidad, generaciones de reprimidos y desposeídos hacen del danzón su trámite versallesco y su música clásica y en el baile cuerpo-a-cuerpo su primera orgía permitida.”
Entre los nueve y veintiún años, Manuel Esperón tendrá inquietudes “sabinescas”: tocar los timbales como “Babuco” y salir en las noches a bailar danzones que tocaban en los salones de baile de su colonia. Las noches se hicieron para tocar música y bailarla. La soledad del acostado en la cama de un cuarto, sin mujer, pensando, sólo pensando, no es para mí, pensaba. Nuevamente, el ambiente bohemio engalana y empuja al joven Manuel a su destino. “Quería ser danzonero, nos cuenta al tiempo de sus 88 años. Y abracé la música con toda el alma.”
Consciente de disgustar a su padre. Decide dejar los estudios de Ingeniería, para dedicarse por entero a la música, logrando terminar la carrera bajo las enseñanzas, entre otros, del maestro Manuel M. Ponce. El bailable parejito y en un cuadrito le seguía gustando. A ellas las veía bailar quietas, muy quietecitas, poniendo atención y moviendo el cuadril, bien vestidas a la moda. Era el lugar del ligue y había que verse elegante en la velada, donde el sedentario danzón es el Rey.
Atraído por la atmósfera dancística, sin ser voyeurista, Manuel Esperón es seducido por lo pintoresco de lo genuino del harto danzón y va ordenando lo que en palabras de Carlos Monsiváis no es más que la exigencia del artista del danzón a su pareja: “el acatamiento de una técnica estipulada nada menos que en Veracruz, en el barrio de La Hueca.
Pero no todo era estudio y danzón. Había que trabajar para ganarse la vida y, ya hábil para tocar el piano, acompañó a cantantes de salones de cine (Nestor Mesta Chaires, Paco Santillana, Maruca Pérez y Juan Arvizu: estrellas de programas de radio) en los intermedios de las funciones mudas con música viva.
También le iba a preguntar, en la planeada entrevista que nunca hecha, sobre su debut en el glamuroso mundo del cine y de su trabajo como arreglista y orquestador, del fondo musical y de la canción tema (con letra del vate Ricardo López Méndez), de la película La mujer del puerto (México, 1933) de Arcady Boytler y Raphael J, Sevilla, con Andrea Palma y Domingo Soler. La canción tema fue cantada por Lina Boytler (“Vendo placer a los hombres que vienen del mar y se marcharán al amanecer, para qué quiero amar). La música de la película es de Max Urban, con todo y arreglos. Las canciones son de Manuel Esperón
Una pregunta obligada iba a ser: ¿Compuso danzones? Manuel Esperón González (3 de agosto de 1911, Ciudad de México-13 de febrero de 2011, Cuernavaca, Morelos) habría contestado: “El danzón, en su origen, es lento, cerrado y con unas figuras tibiamente abiertas. Estructura, expresada en la pareja en forma abstracta o ajustada, además de su alegría tropical”. Seguro que remataría: “La música en el cine es un elemento fundamental, tal es así que tuve la suerte de musicalizar cerca de 500 películas (musicalizó 489 con música descriptiva y canciones)”. Hay una película de Emilio “Indio” Fernández: Salón México (México, 1948), donde las imágenes transmiten lo que no se puede decir con mil palabras: magia. Me hubiera recomiendo ver La mujer del puerto (México, 1949) de Emilio Gómez Muriel, con María Antonieta Pons y Víctor Junco. Él escribió la música y compuso el danzón.
