A Perla Schwartz (1956-2019), amante del cine de François Truffaut.
Texto: “Un estado de ánimo nos obliga a escribir la presentación del cálido homenaje a François Truffaut. El destino, ese designio que gravita bajo la unidad irreconciliable de la vida y de la muerte, nos golpeó el año que está por concluir. Primero, la trágica muerte (asesinato) de Antonio Salazar, y, segundo, la del cineasta francés François Truffaut (cáncer cerebral). Que estemos de acuerdo o no con la temática de sus filmes, que nos guste o no la puesta en escena de su concepción del mundo, no quiere decir que estemos en desacuerdo en un plano: la virtud de un gran cineasta es su sinceridad. Cortometraje Los golfillos (Les mistons, Francia, 1957). En un caluroso verano cinco niños no se cansan de seguir a una pareja de enamorados que se abrazan, se besan, se quieren. Su ópera prima, Los cuatrocientos golpes (Les Quatre-cents Coups, Francia, 1959) es un homenaje a André Bazin, el amor al cine, idolatrando a Harriet Anderson que actúa en la película Un verano con Mónica de Ingmar Bergman, es su autobiografía romantizada. En su segundo largometraje, Tiren sobre el pianista (Tirez sur le pianiste, Francia, 1960) da testimonio de su verdadero temperamento de autor de filmes. La ternura y el pudor de Una mujer para dos (Jules et Jim, Francia, 1961) la convierten en una bellísima película sobre el amor. Una película que puede ser vista sin ningún inconveniente por un niño de doce años o por un adulto. El amor vence a la mojigatería y a la complacencia. Cine del cuerpo y las apariencias es a la vez un cine del alma. No hay nada de turbio, nada más que grandes sentimientos. El impudor y el exhibicionismo desaparecen, porque no hay nada mediocre. Como una nota de flauta en la naturaleza, como un ángel que pasa. En La piel suave (La peau douce, Francia, 1963) nos detiene el aliento y la delicadeza traspasa el mito sublime. ¿Qué somos nosotros los hombres para las mujeres y qué son ellas para nosotros? Se me demanda -ha dicho Truffaut- escribir algunas palabras de introducción a mi nuevo filme La piel suave. Éste será hecho pronto y es un filme sobre el amor. ¿Cómo? ¿Un filme de amor? ¿Un filme sobre el amor? Farenheit 451 (Reino Unido, 1966), película de ciencia ficción, es el amor a los libros y termina con el mito de que el cine de calidad no se lleva con el dinero. En La novia vestía de negro (La mariée etait en noir, Francia, 1967) Truffaut inventa una boda, un accidente y una venganza de la viuda negra llamada Jean Moreau. La venganza de Krimilda en su versión moderna. Ni sus pasiones la debilitan. Cumple con su cometido. Con este filme, el cineasta inicia una serie de ensayos sobre el estudio de las situaciones límite entre una pareja de amantes. Besos robados (Baisers volés, Francia, 1968) es la hora del amor, la educación sentimental o la timidez a la hora del amor. El deseo puro y el deseo carnal. El aprendizaje de la vida es el aprendizaje sexual y el trabajo cotidiano. Besos robados es el filme más tierno de Truffaut, es su adolescencia que ha quedado atrás. La vida de Truffaut fue frágil. Sus estudios primarios, la oficina y la fábrica, son el antecedente del futuro cineasta. Su universidad fue el cine y el rector fue André Bazin. El joven Truffaut se gradó en crítica de cine y aspiraba al doctorado. Polemista, niño terrible del cine francés, crítico virulento, agresivo incluso, empieza su carrera, al rodar el cortometraje Una visita (Une visite, Francia, 1955). Nace el cine romántico, heredero del cine realista. Sus antecedentes inmediatos son Jean Vigo y Jean Renoir. Y son el marco para plasmar y olvidar sus recuerdos de la infancia y que retomará, pero ya no como tema central de su obra. En La sirena del Misisipi (La sirène du Mississippi, Francia, 1969) un hombre deja todo por seguir a una mujer. Una nueva muestra de situación límite, entre una pareja de amantes malditos y amor loco. Hay un paréntesis. Su obra maestra es El Niño salvaje (L’enfant Sauvage, Francia, 1969). Los ojos maestros de Tuffaut se ven a sí mismos como el profesor Itard tratando de enseñar a hablar y escribir a un salvaje de la naturaleza. A un niño que no conoce el fuego, pero si venera a la luna. La puesta en escena de una puesta en escena o el mirarse y reconocerse a través de un espejo. Viendo El niño salvaje nos acercamos al cine científico, al cine de autor total, al cine del futuro. En Domicilio conyugal (Domicile conjugal, Francia, 1970), en Las dos inglesas y el amor (Les Deux Anglaises et le Continent, Reino Unido-Francia, 1971) y en Una chica tan decente como yo (Une belle fille comme moi, Francia, 1971) retoma sus temas favoritos, el amor, la pareja, sus conflictos, el suspenso a los Hitchcock. En La noche americana (La nuit américaine, Francia, 1973) nos descubre los secretos del cine y en La historia de Adela H. (L’histoire d’Adèle H., Francia, 1975) una mujer sigue a un hombre hasta llegar a la locura y a la agonía de amor. En La piel dura (L’argent de poche, Francia, 1975) los niños toman la palabra. Viven su vida, se relacionan. Los recuerdos de la infancia no dejan al cineasta en paz. Sus filmes sobre niños son el descanso original, la tesura solaz, el brillo del encanto. En El hombre que amó a las mujeres (L’homme qui aimait les femmes, Francia, 1977) vemos como todas asisten a su entierro. El mito de la poligamia, una de las formas familiares de nuestros antepasados, adquiere una gran frescura. En todo caso, el filme debió llamarse El hombre que no supo que a su entierro asistirían todas las mujeres que amó. Las últimas películas de François Truffaut: La habitación verde (La chambre verte, Francia, 1978), El amor en fuga (L’amour en fuit, Francia 1979), El último metro (Le dernier metro, Francia, 1980), La mujer de al lado (La femme d’á côté, Francia, 1981) y Confidencialmente tuya (Vivement dimanche!, Francia 1983) no las hemos visto. (IN MEMORIAM: LOURDES CARTAS Y ENRIQUE ZAMORANO, DEPARTAMENTOS DE ACTIVIDADES CINEMATOGRÁFICAS, DIRECCIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL, INSTITUTO POLITÉCNICO NACIONAL, NOV.-84)”. François Truffaut escribió: “Hay que filmar otras cosas, con otro espíritu. Hay que abandonar los estudios demasiado costosos (por lo demás sólo son cuchitriles llenos de ruido, insalubres y mal equipados), para invadir las playas soleadas, donde ningún cineasta francés (salvo Vadim) se ha atrevido a colocar la cámara. El sol es menos caro que los reflectores y los equipos electrónicos. Hay que filmar en las calles e incluso en verdaderos departamentos… El filme de mañana se me aparece más personal aún que una novela, individual u autobiográfico, como una confesión o como un diario íntimo. Los jóvenes cineastas se expresarán en primera persona y nos contarán lo que les ha ocurrido: puede ser la historia de su primero o de su último amor, su toma de conciencia ante la política, un relato de viaje, una enfermedad, su servicio militar, su matrimonio, sus últimas vacaciones, eso gustará, casi seguramente, porque será verdadero y nuevo… El filme de mañana será un acto de amor.” Gracias Luz María Sánchez Meza, por tu desinteresada producción.
