Por: Sandra Becerril
Transmitan la cultura a todo el mundo, sin distinción de razas ni de categorías Confucio
Desde que tengo uso de razón, supe que quería ser escritora, que quería que el mundo se introdujera en mis personajes, los conociera, los amara u odiara. Y la mejor forma de convertirse en escritor es, simplemente, escribiendo. Y leyendo, mucho, empaparse de letras hasta que revienten las venas y salga tinta de ellas. Así, me convertí en novelista y guionista. Mi primer acercamiento a la cultura y literatura oriental fue a través del cine. En mi ansia y búsqueda por encontrar nuevos caminos para que mi mirada no se oxidara con las historias que vemos a diario, mis ojos voltearon hacia aquel lugar misterioso, una cultura diferente, llena de fantasía, duro realismo, mundos exóticos y personajes enigmáticos. El oriental es un cine que nace de una concepción de la existencia todavía ajena para muchos de nosotros, pero que cada vez influye más tanto en nuestro propio cine como incluso en nuestro modo de vida. Romance, terror, comedia. Una cultura que está siempre mirando, sorprendiéndose, buscando; Con la edad, mucha gente pierde la capacidad de sorprenderse. No es así con los poetas, los artistas, los escritores, los músicos y los cineastas, porque los corazones de los artistas no envejecen. La idea del cine como tiempo y el tiempo como piedra de toque de una civilización a otra, de la mexicana a la oriental: mientras aquí en México el cine estaba en todo su resplandor con las grandes estrellas de la época de Oro, Akira Kurosawa, obtuvo el Oscar a la Mejor Película Extranjera con Rashōmon marcando la entrada del cine japonés en el resto del mundo. Mis ojos devoraron desde la épica Los siete samurái hasta Gojira, conocida en occidente como Godzilla, un ícono internacional de Japón que inició la industria de las películas del género kaiju.
El cine oriental nos permite asomarnos a algunos de sus propios sueños. Por todo el orbe comenzaron a reconocerlos: en Cannes, los Oscar, San Sebastián, Berlín. Y así como la Época de Oro se vivió en México, en Corea se vivió la Etapa de Oro, en la que las películas podían expresar de manera libre el parecer político y social de la población y Corea emergió como epicentro del cine y de la música asiáticos. Muchos han sido los cambios y muchas las controversias que ha creado esta rama del entretenimiento, pero todo lo ha llevado a ser lo que es ahora. Desde aquellas películas en blanco y negro, ahora nos podemos encontrar con producciones masivas que generan billones de wones a las compañías que las producen. Tal es el caso de la aclamadísima trilogía de Park Chan Wok: Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy y Sympathy for Lady Vengeance. Otro punto clave en el cine coreano son sus historias, ya que los guionistas son admirables; pueden tomar algo burdo, cualquier tema que podría considerarse tabú, y convertirlo en una obra maestra. Un buen ejemplo es Arang, película que se enfoca en como unos detectives tienen que descubrir al autor de una serie de asesinatos, pero mientras se adentran en el caso descubrirán que hay fuerzas sobrenaturales que están detrás de ellos… o talvez no. A mi criterio tiene una de las mejores vueltas de tuerca de todo el cine. En fin, la muestra excepcional, es observar cómo Hollywood ha realizado numerosos remakes del cine coreano al que consideran una mina de oro ,cerrada a la vista de muchos, pero que poco a poco se está abriendo paso con paso fuerte en la industria cinematográfica.
Todo lo anterior me llamó de forma inevitable a su literatura y a esa cultura que tanto ofrecía a los amantes del arte. Adicta a las ferias de libro desde que era pequeña, a los siete años hallé en una librería de ediciones usadas, un título: No creer en fantasmas; en Oriente son numerosos los relatos tradicionales sobre fantasmas y este influyó en mí al grado que aún no olvidó cada una de las historias que leí en sus páginas. La celebración del Día de Muertos es una de las más típicas y representativas de México, una manifestación de amor y de culto a la muerte, y las tradiciones, los fantasmas, lo místico se parecen en los autores coreanos y los mexicanos, ejemplos claros de cómo el ser humano no sólo invoca la muerte, sino que se le acerca, a veces con cierto temor, en otras con naturalidad y por momentos en tono de desafío. El humano trata de trascender, lo mismo el escritor, el pintor o muchos seres anónimos que no pudieron ganar la posteridad. El arte es el reflejo del camino para ganar esa posteridad.
Con un poco más de edad, me resultó sorprendente descubrir que temas como la orfandad, la presencia de la muerte, el abandono y el manejo del tiempo, son similares entre Occidente y Oriente; sobre todo en épocas difíciles como la Guerra Civil en Corea y los reajustes de la Revolución Mexicana que dieron lugar a la narrativa mexicana contemporánea, mientras que en Corea las narraciones breves fueron la base para conformar la literatura que despertaría el nacionalismo, es decir, las familias separadas, la indolencia, el nuevo país. La universalidad de los temas que abarcan ambas naciones, que a simple vista parecen tan diferentes y lejanas, marcan paralelos en la visión del mundo que les toca vivir a los escritores en la literatura oriental y occidental: relatos breves y novelas muestran el mismo espíritu artístico en dos sociedades que reflejan la realidad que muchas veces la historia no permitió explorar. Los textos de ambas naciones elevan la tragedia y el drama de la vida misma a una calidad que no tiene límites ni fronteras, pues existen elementos culturales y sociales que unen al arte. Grandes escritores nacidos en diversos lugares y tiempos en el mundo occidental —casos de Rubén Darío, Jorge Luis Borges, Rogelio Sinán y Pablo Neruda— buscaron en Oriente no sólo una temática, sino, más importantes aún, otro sentimiento de vida; un desplazamiento que les permitiera comprender al otro y, al mismo tiempo, ver su propio yo occidental. Escritores latinoamericanos como Carlos Fuentes, Aurelio Asiain, Vicente Leñero y René Avilés han sido traducidos al japonés, coreano y chino, así como Shin Kyungsook, Haruki Murakami, Yasunari Kawabata, Yukio Mishima, Gao Xingjian y Kenzaburo han experimentado una constante y creciente difusión en el extranjero a través de su participación en ferias internacionales del libro, especialmente en México. Por su parte, Corea provocó en los últimos años que por su poética y su narrativa el mundo volteara los ojos hacia ese país, que en su riqueza literaria guarda el baluarte de su pensamiento. La novela coreana ha retomado gran fuerza a pesar de que, al igual que el cine y otros medios de comunicación, la literatura padeció de la censura de los regímenes dictatoriales que gobernaron al país en las décadas de 1970 y 1980.
Entre los escritores coreanos que han influido sobresalido con sus letras, me encontré a Yi Munyol, Yong-Tae Min, Lee Cheongjun y Park Gyeong-ri. Leyendo a Ko Un, traducido al inglés, a Gu sang, Cheon Sang-byeong, Sin Gyeong-rim, Kim Gwang-gyu y Seo Jeong-ju, entre otros, me encontré con una poesía sobre la melancolía de la clase media, la burla del sistema capitalista y el enojo por el reemplazo del humano ante la modernidad, versos ligados con los cambios que experimenta la sociedad de manera vertiginosa. Son obras para lectores que gozan de estos temáticas, de los detalles valiosos porque son honestos ante todo. Las novelas, las leyendas y la poesía orientales se funden en un todo de exquisita belleza en cada una de las obras de los autores que paralelamente han desarrollado estilos y géneros necesarios para dar voz a los que no la tienen, recordar lo que no debió caer en el olvido o mostrarnos aquel secreto inefable sólo pronunciado por descuido. Y así, aunque la literatura y el cine, así como oriente y occidente, tienen idiomas diferentes, todo lo anterior me provocó una nueva manera de sentir y de enfrentarme a la literatura en relación con las otras bellas artes. La literatura y el cine oriental me permitieron hundirme en un mar de posibilidades ante las ideas nuevas sin dejar lo tradicional de lado, abrir las posibilidades a esa realidad alterna que irremediablemente nos evoca el viejo relato taoísta: “¿Quién soy en realidad? ¿Una mariposa que sueña que es Chuang Tzu, o Chuang Tzu que imagina haber sido una mariposa?”0




