No hay duda que la Unión Americana vive posiblemente la mayor crisis sociopolítica —y económica— de su historia. La incertidumbre y el miedo originados por la pandemia del Covid-19, más las pifias cometidas por Donald Trump en el combate al virus y las masivas protestas contra el racismo en centenares de ciudades al norte del Río Bravo —y en muchas otras del mundo—, propician que la contienda presidencial que culminará el 3 de noviembre, será muy reñida —de hecho ya lo es—, imposible de predecir aunque por el momento los momios empiecen a serle contrarios al extravagante (por decir lo menos) mandatario estadounidense, en plena campaña por lograr la reelección. Es evidente el descontento en EUA, así como el rechazo a la administración Trump y no solo en el campo demócrata, sino hasta en el republicano. No es este el mejor momento para los “futurólogos”, hay muchas dudas acerca de lo posible, lo probable y lo preferible, malos días para la Ley de Moore. Pero tampoco nadie puede anticipar que Joe Biden, el ex vicepresidente en la administración Obama, será el 46o. Presidente de EUA. Nadie sabe cuál será la situación del país el día de los comicios.
Muchos nos equivocamos con la suerte de Donald Trump en las elecciones de 2016. No hay que subestimar la capacidad y el carisma del fanfarrón magnate —que según el periódico The Washington Post ya ha dicho más de 20,000 (sic) mentiras, falsedades y engaños en lo que va de su mandato—, para convencer a millones de estadounidense del Medio Oeste de que votar por Biden es darle el poder nuevamente al centralismo de Washington y que con los demócratas continuará la sangría de empleos hacia Asia.
Asimismo, no hay que dejar de lado los cambios radicales que ha hecho el sucesor de Obama en materia de política exterior, por ejemplo, disponer que EUA deje de formar parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en medio de la peor pandemia de la Tierra, tiene gran importancia que sirve de ejemplo (bueno o malo) para el resto de los países que continúan dentro de esta organización de la ONU, Et sic de ceteris. De tal suerte, los aliados y los rivales deberán acostumbrarse a depender menos de lo que sucede en Washington, D.C., más allá de quién gane en noviembre. Pero, en poco tiempo —a raíz del asesinato en Minneapolis del negro George Floyd, a manos de policías blancos—, el país asistió, asombrado, al parto de un movimiento nacional reprimido por órdenes de la Casa Blanca —Black Lives Matter (BLM): Las vidas negras importan—, algo sin precedentes, por lo menos en medio siglo, y durante seis semanas sacudió a las cúpulas de toda la Unión.
El movimiento muy pronto conoció resultados. Algo inusitado. A bote pronto, políticos y directores de instituciones ordenaron retirar monumentos y símbolos de la historia racista de EUA, desde la estatua del ex presidente Woodrow Wilson a la casi increíble decisión del gobierno de Mississipi de retirar el símbolo de la Confederación de su bandera oficial después de 126 años, entre otras. No solo eso. En New York, la legendaria estatua ecuestre de Theodore (Teddy) Roosevelt, el 26o. Presidente de EUA, ejemplo del típico cowboy y la masculinidad estadounidense, montado en su caballo y a su lado dos figuras caminando, un aborigen de las extensas llanuras norteamericanas, y un afroestadounidense, que da la bienvenida a la entrada del Museo de Historia Natural, será retirada por decisión de la institución. Es claro que el BLM ha obligado un rendimiento de cuentas histórico.
Al respecto, Cornel West, filósofo y profesor en Harvard, hace pocos días afirmó en una entrevista: “(En todo esto) hay una majestad moral y una belleza espiritual que no puede ser negada. Pero tenemos que prepararnos para la respuesta represiva neofascista, sobre todo cuando el imperio está débil y desesperado…Tenemos que democratizar plenamente a EUA para rescatarlo”, sin miedo ni a medias.
Enerva mucho a Trump la creciente oposición dentro de sus propios correligionarios: senadores republicanos se negaron a avalar la maniobra del presidente para forzar la renuncia del fiscal federal que investigó a dos de sus abogados personales. Además, otro juez federal conservador rechazó la petición presidencial de bloquear la publicación del libro The Room Where It Happened, devastador para la figura presidencial y para su política internacional. El autor del libro, John Bolton, el ex asesor de Seguridad Nacional en el gabinete del magnate, en una presentación de la obra dijo: “El presidente Trump es un peligro para el país”.
A su vez, al festejar la fiesta nacional, el 4 de julio, el abanderado demócrata —que aun no es ratificado como candidato oficial por su partido, pero al no tener competidores seguramente lo será en próximos días—, Joe Biden en su discurso transmitido por video, reconoció que la historia de EUA “no es un cuento de hadas”, sino un tira y afloja entre dos bandos que han marcado el carácter de la Unión Americana: la idea de igualdad frente al racismo. “Nuestro país se fundó con una idea: sostenemos que estas verdades son evidentes, que todos los hombres son creados iguales. Nunca hemos estado a la altura. El mismo presidente Thomas Jefferson no lo hizo: tuvo esclavos, las mujeres fueron excluidas. Pero una vez que se propuso, la idea no podía ser constreñida”.
En el mismo video, Biden rememoró desde el asesinato de Martin Luther King hasta el de George Floyd, cuya muerte, como ya se refirió líneas atrás se convirtió en un movimiento global contra el racismo. Frente a esta reacción Trump agitó el discurso nacionalista y atacó lo que calificó como “turbas enojadas” y “extrema izquierda”, como lo hizo en un mitin de campaña en las faldas del monte Rushmore, el monumento en el que están esculpidas las caras de cuatro ex presidentes de EUA: George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln.
Así, Biden se desmarca de la estrategia de Trump. Por el contrario, admite los demonios del pasado y apela a la unidad para superarlos. Sin referirse al mandatario republicano, el aspirante demócrata afirmó: “Tenemos la oportunidad de extirpar las raíces del racismo sistemático de este país. Tenemos la oportunidad de estar a la altura de las palabras que fundaron esta nación”. Y, en un artículo de opinión publicado en NBC News, el ex vicepresidente acusa a Trump de “desmantelar la democracia…Ha dejado claro una y otra vez que no dudará en echar abajo nuestras más preciadas estructuras democráticas por una onza de beneficio personal”. Por lo mismo, Biden se compromete a “revertir el daño hecho a las instituciones”.
Si todas las maniobras y desdenes que ha cometido Donald Trump en su primer periodo presidencial, en contra de los aliados extranjeros y de sus adversarios demócratas no fueran suficientes para concitar la animadversión, con todo el cinismo que es capaz un político como él, seguro de que su actuación es la correcta y moral, el sábado 11 de julio anunció la conmutación de la pena de cárcel de su “amigo, confidente y muñidor en la sombra (mozo que gestiona activamente para concertar tratos o fraguar intrigas, o con cualquier otro fin semejante), Roger Stone.
Stone es un veterano consultor de candidatos republicanos conocido por manejarse mejor que nadie en el barro y la suciedad de las campañas políticas, fue declarado culpable de siete delitos relacionados con mentir al Congreso y amenazar a un testigo en noviembre del año pasado. Su causa fue una de las derivadas de la investigación del fiscal especial Roberto Mueller, que después de la decisión del magnate rompió su silencio y defendió su investigación sobre los vínculos entre Rusia y el equipo de campaña presidencial de Donald Trump en 2016. En su defensa, Mueller agregó que Stone “sigue siendo un delincuente convicto, y con razón”, pese la decisión del mandatario de conmutarle la sentencia. El hecho es que el “amigo” del presidente fue declarado culpable por mentir al Congreso, manipular a testigos, obstruir investigaciones legislativas y otros cargos. La sentencia fue de tres años y cuatro meses de cárcel.
La reacción de los demócratas y de la prensa, en general, fue inmediata. Más allá de cuestiones ideológicas. Los republicanos no se quedaron atrás. El senador Mitt Romney, de Utah, no fue nada complaciente: “Corrupción histórica sin precedentes: n presidente estadounidense conmuta la pena de un hombre condenado por un jurado por mentir para proteger al propio presidente”.
De parte de los demócratas ni qué decir: Joe Biden a la cabeza, en un tuit, sin referirse directamente a Stone: “Lo dije antes, y lo diré de nuevo: Donald Trump es el presidente más corrupto de la historia moderna de Estados Unidos. Cada día que permanece en el cargo, amenaza a nuestra democracia”. Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes, lo calificó como “un acto de corrupción pasmoso”, y precisó que se deben aprobar leyes para impedir que un gobernante indulte o cambie la sentencia de alguien que trató de protegerlo de la justicia. Adam Schiff jefe de la Comisión de Inteligencia de la Cámara Baja, dijo que la decisión de Trump fue una “ofensa al Estado de Derecho y los principios de la justicia”, así como refirió Tom Pérez, titular del Comité Nacional Demócrata, que se preguntó: “si hay algún poder del cual Trump no abuse”.
Y, para que nada falte, en momentos tan críticos y agitados como los que vive la Unión Americana, el martes 7 de julio, un grupo de 150 intelectuales publicaron en la famosa revista Harper´s una carta en la que alertan que las “fuerzas de la intolerancia están ganando fuerza en todo el mundo y tienen un aliado poderoso en el presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump, que representa una amenaza para la democracia” (aunque), “no se debe permitir que la resistencia se convierta en sus propia especie de dogma o presión, que los demagogos de la derecha ya explotan. La inclusión democrática que queremos se puede lograr solo si hablamos en contra del clima intolerante que se ha establecido en todos los lados”. Nada más, nada menos.
El futuro de EUA no es nada tranquilo. Y faltan 16 semanas para los comicios. VALE.

