La muerte de Akira Kurosawa, el 6 de septiembre de 1998, en Setagaya, Tokio, Japón (nació el 23 de marzo de 1910, en Shinagawa, Tokio, Japón)), me sorprendió, porque quería conocerlo, entrevistarlo. En 1997, yo ya había escrito el borrador de un ensayo, nunca publicado: Una probada de sake (el cine japonés por sus realizadores). He aquí una de las preguntas que preparé: ¿Cómo comenzó su carrera de realizador? Creo que me habría contestado: “Mi disertación, Lagunas del Cine Japonés, me abrió las puertas de inmediato como aprendiz de realizador. De mi maestro Kajiro Yamamoto asimilé todos los conocimientos técnicos sobre el saber cinematográfico. En 1941, lo sustituí en la dirección de El caballo (Uma). En 1943, escribí y realicé mi primera película La leyenda del Judo”.
Así quedó, tal cual, el texto que escribí al enterarme de la muerte de uno de los genios indiscutibles del cine japonés: Afirma Rafael Medina de la Serna que el realizador japonés (se refiere a Akira Kurosawa, por supuesto) ha recurrido a su propia experiencia interior, para su reciente fantasía ecológica: Sueños (1990), en la cual dota de materia cinematográfica a sus visiones personales, sobre la amenaza apocalíptica, sobre la culpa histórica, sobre el arte pictórico impresionista, sobre el tradicionalismo, sobre la destrucción de la naturaleza y, también, ¿por qué no?, sobre la esperanza; porque el pesimismo y la melancolía del cine de Kurosawa siempre dejan un resquicio por el cual el hombre puede salvarse a sí mismo. Para Tomás Pérez Turrent, en los ocho sueños, donde el personaje central es el propio realizador, se da la cristalización más pura y desesperada de sus deseos (y de sus obsesiones). El crítico, respetable y admirado, usa las palabras de Kurosawa y nos comenta que en el filme aparece la vida soñada, deseada, recordada, la autobiografía estilizada del cineasta: niñez, adolescencia, madurez, y vejez (en el desdoblamiento final). Tomás concluye: el ballet y el “noh” nos recuerdan que los Sueños de Akira Kurosawa es -por fortuna- una película en la que se agrupan (otra vez coexisten) diversos estilos y maneras de relatos de acuerdo con la diversidad de los intereses del cineasta: el realista, el shakespeareano, el panteísta, el artificial y el artificioso. Es la mirada de un viejo que busca el orden interior, para ver hacia el absoluto: el sueño con la verdadera realidad del mundo (y al mismo tiempo de la muerte). Martin Scorsese afirmó: los tres primeros cuentos de Sueños son bellísimos y el último extraordinario.
Sueños puede clasificarse con un adjetivo: sublime. Diametralmente, una invitación a la exquisitez y al buen gusto de quienes acostumbran a disfrutar de los mejores logros del arte mundial. Algo así como lo bello de la naturaleza, vuelto onírico o como lo objetivo volcado en subjetividad poética.
¿Quién iba a pensarlo? Al anunciarse en México el estreno de Rapsodia en agosto (1991), el 13 de marzo de 1992, faltaban diez días para que Akira cumpliera 82 años. Nadie quería dejar de asistir a la fiesta: una fresca meditación de un viejo-joven sobre la vida y la vejez, en el transcurso del tiempo, y su huella en la conciencia de los seres que han vivido épocas de penuria histórica.
Rafael Medina de la Serna nos comunica su valiosa visión de la película: La placidez reflexiva (que no es otra que cosa que sabiduría condensada por la larga vida) con que la anciana Kane ha confrontado el recuerdo de ese 6 de agosto de 1945, a lo largo de 45 años de reconstrucción, es el mismo signo que la serenidad humanista con la que el anciano Kurosawa confronta su vida personal y la historia reciente de su país, en el umbral de su futuro amenazador; que en forma sorpresiva y violenta irrumpe en el relato para arrebatarlo y convertirlo en una imagen de lirismo sobrecogedor y de visionaria y apocalíptica belleza: la anciana Kane corre alucinada bajo la espesa tormenta veraniega, elevando su patético paraguas, vuelto al revés por el viento, huyendo de/hacia sus contradictorios recuerdos. Imagen portentosa que condensa, ella misma, la esencia del legado fílmico de Akira Kurosawa.
Dos años después, Kurosawa demostró al mundo que todavía no podía hablarse de legados póstumos, tratándose de él. En el Festival de Cine de Cannes 93 se presentaba El cumpleaños (1993), película -resume Tomás Pérez Turrent- sobre el retiro de un viejo profesor y el amor por sus alumnos, que tenía el sabor de un adiós definitivo. El estreno de El cumpleaños, en México, fue el 7 de marzo de 1995. Otro regalo de cumpleaños adelantado. Cumplir 85 años no es nada en la vida de un hombre tan longevo, como un sacerdote budista o aquel que se le pareciere.
Antonio Berruti hace la crónica: En 1943, poco antes de la derrota del Japón y cuando la Segunda Guerra Mundial va llegando a su fin, el profesor Hyakken Uchida decide abandonar sus clases para dedicarse a escribir. Sus alumnos lo ayudan construyéndole una casa para que viva con su esposa. Con motivo de su cumpleaños número 61, sus antiguos estudiantes se reúnen para festejarlo mediante un banquete. En esa ocasión, el maestro Hyakken no puede contener las lágrimas de felicidad. Los escritos y biografía de Hyakken Uchida (1889-1971) son el punto de partida del último filme de Kurosawa que tiene mucho de testamento artístico: de la relación amorosa entre el profesor y sus alumnos se desprende también una reflexión acerca de la historia del Japón y, de manera indirecta, sobre la propia labor creadora a lo largo de más de cincuenta años.
Cuando se le preguntaba a Akira: ¿Cuál es su mejor película?, sonriendo irónico contestaba: Mi mejor película es la próxima. Soñé que me decía: Ya muerto, dirigiré a través de un médium. Será fantástico dirigir desde el más allá. ¿Querrás ser mi asistente? Al día siguiente escuché la noticia por la Radio: El director de Rashomon (1950), Los Siete Samuráis (1954) y Sanjuro (1962) ha muerto. Antes de Sanjuro, realizó Yojimbo (1961) quien viendo pelear a los guerreros de dos clanes murmuraba, según Sacha Ezratty: “Pobre imbéciles, ¿cuándo terminarán de matarse en esta forma?” Pero, Sanjuro, al cumplir su misión, se fue sin avisar a nadie y en el camino se topó con otro samurái. Sanjuro es Akira llegando a su último objetivo para enfrentar el duelo decisivo. Hubo un intercambio de miradas, previo al desenvaine, después del cual Sanjuro ha ganado el encuentro de los sables. Al ver voltear, al samurái errante, hacia el horizonte, sentimos que es la mirada de Akira Kurosawa, buscando una nueva aventura: seguir filmando, conforme al principio de que la puntuación y la demarcación debe darse desde un nivel de narración a la altura de los ojos del hombre.


