Por Silvia Cherem S.
José Cuauhtémoc y Marina, los protagonistas de Salvar el fuego de Guillermo Arriaga, son tan antitéticos, tan absurdamente prófugos de sus existencias, tan redondos, creíbles y corrosivos, que permanecerán en mi memoria por siempre. Marina, una mujer “con mucho mundo y poca calle”, es una coreógrafa de 38 años, adinerada, casada, con una vida cómoda y holgada, que lleva dentro a una artista mediocre con ansias de hacerse de una gran historia. Ahí donde el México profundo muestra su verdadero rostro, en el reclusorio, ella se enamora de José Cuauhtémoc, un reo condenado a cincuenta años de prisión, un criminal sagaz y despiadado con un bagaje que estremece. Ese poeta seductor y salvaje, es quien remueve en ella la capacidad expresiva, la calle que tanto necesita, y quien convulsiona todas sus certidumbres al grado que, con dosis de atrevimiento y pasión, va ella depositando todas sus certezas en el basurero, la jaula de oro de su matrimonio con sus hijos incluidos. Como sucede en las buenas películas o en las novelas que se precian de serlo, basta el simple deseo de alcanzar algo para, luego, tener que vivir el alud de las consecuencias. Arriaga, contador de historias que rozan el límite, no nos permite pestañear. La tensión es cáustica, se multiplica, nos arrastra sin clemencia a vivir y llorar los efectos del tórrido romance.
El autor, quien se descubrió escritor a los ocho años cuando le escribía improbables cartas de amor a una niña que le gustaba, en Salvar el fuego, su nuevo tour de force, zarandea al lector, lo electrocuta con latigazos de claridad y locura. Nos obliga a devorar las páginas, nos arranca de la vida, mordiéndonos las uñas, como si lo único importante en la existencia fuese la osadía de esta pareja, contenida en un ladrillo de casi ochocientas páginas. Dicta el propio José Cuauhtémoc que ahí cuando la vida se halla frente al abismo, cuando las certezas se disuelven, cuando la muerte asesina se planta frente a nosotros, sólo dos cosas pueden salvarnos: el amor, esa pasión que arriesga y por la que estamos dispuestos a aventurarnos a lo más recóndito, inclusive a ubicarnos al borde del precipicio, y el arte creativo, es decir, las historias que uno pueda inventarse, aquellos vocablos que cimbran, resuenan. Autor de Amores Perros, 21 Grados y Babel en el cine, y de El salvaje, su anterior novela venerada asimismo por el público, Guillermo Arriaga emprende ambos caminos en esa necesidad absoluta de trascender: es un enamorado empedernido, un romántico maldito que lleva el amor despiadado y carnal a puertos perturbadores e improbables, y es un talentosísimo escritor que se reinventa quemando sus naves, arrancándose hasta el último centímetro de su piel en su apuesta por trascender y ser reconocido como los grandes, en Cannes o con el Premio Alfaguara, mismo que obtuvo con esta obra.
Las páginas de la novela —en las que personajes y lectores jamás pensamos ir (dice Arriaga que él tampoco sabía a dónde se dirigía al crearla)— salpican sexo, sangre y fluidos, balazos, cabezas decapitadas, narco mensajes y buenas dosis de racismo. Palpitan celos, venganzas y traiciones. Víctimas y victimarios se miran a los ojos. Todo es mancillado por ese brutal afán de jugar con fuego. De ser fuego. De quemarse en el fuego. De asesinar y salvar el fuego. Fuego que arde y revela. Fuego que sirve para renacer. Fuego que es cenizas y escombros, ardor y osadía.
Guillermo Arriaga hila fino, es un genio en el uso del lenguaje. La polifonía de voces unidas por un desfase de ángulos que van armando la trama con las distintas miradas, incluye una primera persona que es de Marina. Una segunda voz, con la que Francisco Cuitláhuac —el hermano de José Cuauhtémoc, un empresario exitoso incapaz de vincularse con nadie, un zopilote que refinancia negocios quebrados— se dirige a Ceferino, su padre fallecido. Ceferino, un personajazo: un indígena casado con una española que busca revalorar su sangre a costa de todo, inclusive mostrándose como un cruel tirano en la educación de sus hijos güeritos.
Y, por último, hay una tercera voz, una jerga coloquial que alude al pasado reciente de José Cuauhtémoc. Esta última verborrea de motes populacheros, que bien podrían generar un “diccionario arriaguesco”, provoca carcajadas a lo largo de la lectura, es un divertimento placentero en medio de la tensión y el suspenso. Las frases, imposibles de traducir a otra lengua, son delirantes: médicos culifruncidos, situaciones tabakabronces, tracatacas de nivel summa cum laude, el lenguaje de macharros, godines, mirreyes, chavorrucos, rorras chiquiguapas, padrotones, el amor sin barreno del lunfardo ixtapaleño, incluyendo la virginidad del pupílo del cura Maciel y el guayderito de López Dóriga. Lejos de ser una caricatura dicotómica de la realidad, la novela —mezcla de suspenso, intriga, tensión, conflicto y risotadas— es disruptiva, desnuda la pasión y las entrañas del alma. Muestra la crudeza de los muchos Méxicos: del mundo culto y la cultura popular, de la Unidad Modelo en Iztapalapa donde el propio Aguirre vivió, de los criminales, de los artistas con pretensiones, del México polarizado donde nada es políticamente correcto y donde bien pueden fundirse Otelo y Pedro Navajas.
Salvar el fuego, que inicia con el crudo manifiesto de un reo, brinda contexto al racismo y al clasismo, a la violencia del México bronco y violento frente a las hipocresías del entorno nice. En las páginas de la novela transitan narcos, norteños de baja ralea y criminales, homosexuales, artistas, empresarios y políticos, inclusive personajes turbios que se ceban el lomo para ascender, creyendo erráticamente que basta tener cultura para poseer buena educación. La crudeza contenida en las páginas transita por rencores que hieren y traspasan. Se respira miedo ante el caos, ante el desastre que se avecina, ante la mediocridad y el crimen, ante la ropita de diseñador que se contrapone en el uniforme del preso.
Condenado a escribir, a contar historias, Arriaga cuestiona y riñe, escribe del amor subversivo usando la sangre de un salvaje como tinta indeleble. Así como el lenguaje, sorprende también la estructura de su novela, el ir y venir de las voces, las narrativas acordes con el ritmo y los personajes, así como la capacidad del autor de meterse en la piel de una mujer, esculpiendo un personaje femenino absolutamente creíble. El nicaragüense Sergio Ramírez, también Premio Alfaguara, dice que el objetivo de la ficción es crear “mentiras verdaderas” y vaya que Arriaga lo logra.
Ahí donde la muerte flota, donde todos los personajes son prófugos de sí mismos, Arriaga, cazador con arco y flecha en la vida cotidiana, un Robin Hood que prefiere grandes fracasos que éxitos mediocres, nos laza y apresa como lectores. Salvar el fuego, que fue trabajada con otro título, El león detrás del cristal, da fe de que el verdadero león detrás del cristal es el propio autor. Un león que busca huir de la mediocridad. Un león de ojos penetrantes y mirada aguda, siempre al acecho, arriesgando todo por la pulsión de sobrevivir. De existir.
Empeñado en salvar el fuego, ha quemado sus barcas para arriesgarse al amor extremo, al arte que reivindica, a la creatividad y a la pasión como luz necesaria para alumbrar los enigmas de la vida, las preguntas y la oscuridad. Intolerante ante el sopor o la abulia, ante la medianía rutinaria, escribe páginas literarias en el cine y proyecta cuadros audiovisuales, con movimiento, ritmo e iluminación, en la novela. Con este lenguaje señero se enfrenta a la bestia, la mira, la escruta, la interpela e intenta domarla. Buscando reconciliarse con la muerte, Arriaga deslumbra con su narrativa y sus lectores lo agradecemos.
