Olivia de Havilland (1 de julio de 1916, Tokio, Japón-25 de julio de 2020, París, Francia) ya viajó al universo de las estrellas (Stars son actores o actrices de primerísima línea, en cuanto a lo comercial, designación correspondiente a la era industrial del cine norteamericano, periodo en que lo esencial de la producción mundial se concentró en la actividad de los cinco grandes estudios situados en Hollywood), y se impone la obligación de escribir sobre ella, rindiéndole un modesto y merecido culto, consultando una Historia del Cine a la mano.
En La rubia fresa (The strawberry blonde, Estados Unidos, 1941) de Raoul Walsh, con James Cagney y Rita Hayworth, Olivia de Havilland se ve bellísima. Errol Flynn formó varias veces pareja con Ella, tan delicada y bella, como Él elegante y atractivo. Cuando Robin Hood dice a Maid Marian que la ama, en Las aventuras de Robin Hood (The Adventures of Robin Hood, Estados Unidos, 1938) de Michael Curtiz y William Keighley, nadie tiene que recordarnos, años más tarde, que Errol decía lo que sentía al dirigirse a Olivia. Marian se derrite ante Robin. En cuanto a El capitán sangre (Captain Blood, Estados Unidos, 1935) de Michael Curtiz, con Errol Flynn, la heroína, Arabella Bishop (Olivia), aún no está en la plenitud de su belleza. En La carga de la Brigada Ligera (The Charge of the Ligth Brigade, Estados Unidos, 1936) de Michael Curtiz, Olvia vuelve a ser la heroína (Elsa Campbell), aunque esta vez, incomprensiblemente, prefiere al hermano de Errol (Patric Knowles). En el western Dodge, ciudad sin ley (Dodge City, Estados Unidos, 1938) de Michael Curtiz, con Errol Flynn, aparece Olivia (Abbie Irving), otra vez, en plan de heroína.
La pareja Errol-Olivia se vuelven a encontrar en los westerns Camino de Santa Fe (Santa Fe Trail, Estados Unidos, 1940) de Michael Curtiz [Olivia (‘Kit Carson’ Holliday) pregunta, entre otros parlamentos, en relación a la causa de la raza negra: “Por qué no liberan a los esclavos antes de que sea demasiado tarde?] y Murieron con las botas puestas (They Died with Their Boots On, Estados Unidos, 1941) de Raoul Walsh. Olivia interpreta a Elizabeth Bacon.
Olivia ya es, profesionalmente, una consumada actriz. Convincente, sublime y bella, a más no poder. Ha alcanzado el estatus de Star. Ha superado, si se me permite seguir la línea de V. I. Pudovkin (El actor en el film), las contradicciones en el trabajo actoral, los problemas de la discontinuidad en la labor de la actuación cinematográfico, siguiendo al pie de la letra los postulados teóricos de la discontinuidad, manteniéndose paciente en la labor de los ensayos, efectuando un soberbio montaje de la interpretación, convirtiéndose en maestra en el manejo los diálogos y, contribuyendo, eficazmente, en el proceso técnico del doble ritmo del sonido y de la imagen. Su dicción, sus gestos y su maquillaje son naturales. Su realismo interpretativo es tal que les da a sus personajes una credibilidad única. Los realizadores la buscan para interpretar difíciles papeles. En suma, su colaboración siempre fue creadora, dada sus experiencias personales, dentro y fuera del Plató.
En Caprichos del corazón (It`s love I’m after, Estados Unidos, 1937) de Archie Mayo, con Leslie Howard y Bette Davis, Olivia, aún sin mucha experiencia, les roba el protagonismo, como una virginal chiquilla de la alta sociedad que se enamora de Leslie Howard.
Su intervención en Lo que el viento se llevó (Gone with The Wind, Estados Unidos, 1939) de Victor Fleming, en el papel de Melaine Hamilton, es el punto de partida de su ascenso. Se sabe que, de toda la película, el realizador George Cukor solo rodó tres escenas, incluida el nacimiento del niño de Melaine. Olivia sabía adaptarse fácilmente a estilos diferentes de dirección. Su interpretación, en todo el rodaje, es tan sublime que ha quedado, para siempre, en el recuerdo de quienes hemos visto las películas, no una sino varias veces. Aporta tanta ternura y belleza a un personaje, que es demasiado bueno para ser verdad, que no podemos despreciarla como hace Scarlett (el personaje interpretado por Vivien Leigh.
Actuó en Como ella sola (In This Our Life, Estados Unidos, 1942) de John Huston y Raoul Walsh, con Bette Davis. Pasaron varios años para que ganara su primero Oscar, interpretando a Miss Josephine ‘Jody’ Norris en La vida íntima de Julia Norris (To Each His Own, Estados Unidos, 1946) de Mitchell Leisen, con quien ya había trabajado en Si no amaneciera (Hold Back the Dawn, Estados Unidos, 1941). Olivia interpretó a una mujer de mediana edad meditando sobre su pasado en una pequeña ciudad norteamericana, durante el bombardeo de Londres. Un clásico drama de un desconocido, para mí Mitchell Leisen.
Nido de Víboras (The Snake Pit, Estados Unidos, 1948) de Anatole Litvak es una impresionante incursión al mundo de la locura, en un hospital psiquiátrico, en el que, circunstancialmente, cae Virginia Stuart Cunninghan (Olivia, fue nominada al Oscar), sin poder recordar cómo llegó ahí, cargada de un sentimiento de culpa que la tiene al borde de la pérdida de la razón.
Con La heredera (The Heiress, Estados Unidos, 1949) de William Wyler, Olivia ganó su segundo Oscar. Es una versión fiel de la novela de Henry James (Washington Square), adaptada por Ruth y Augustus Goetz, a partir de su propia versión para Broadway. El relato es teatral (Olivia se había iniciado en el cine, bajo la dirección de Max Reinhardt). Catherine Sloper (Olivia de Havilland) es cortejada por Morris Towsend (interpretado por Montgomery Clift) al que el padre de ella considera un cazador de dotes y el resultado es previsible: ella espera el coche que no llega nunca y lentamente apagan las luces al final. Hay un largo comentario, obtenido de la Historia del Cine consultada. “Las líneas tajantes e irónicas que salpican un texto de por sí soberbio —Papá háblale de mí. Me conoces tan bien que no sería inmodesto por tu parte alabarme un poco, y ¿Cruel?; te olvidas, tía, que he sido educada por maestros— requieren actores magistrales, y Ralph Richardson (el papá), frío, suavemente irónico, egoísta e insensible, nunca actuó mejor. El papel de Catherine está plagado se sutilezas —por ejemplo, la posibilidad de que ella sepa que Morris es una persona despreciable y que eso no le importe, pues su verdadero objetivo es alejarse de su padre—.
Después de La heredera, le perdí la pista a las siguientes películas en que trabajó Olivia de Havilland, de 1952 hasta 1977. Sería imposible comentar aquí toda su filmografía, menos aún detallar el distanciamiento que surgió con su hermana Joan Fontaine, desde la niñez, o el amor que le tuvo nuestro conocido y admirado realizador Emilio “El Indio” Fernández, quien le puso Dulce Olivia a una de las calles del Barrio de Santa Catarina, en Coyoacán, donde haciendo esquina con la calle Zaragoza, se encuentra la “Casa Fuerte del Indio”.
