He de decir que no le leí, en La Guadalupana, a mi amigo Alonso, el contenido completo del inédito Boletín CINESAURIO (REVISTA DE CINE LITERATURA Y VARIA UNIVERSAL, PUBLICACIÓN MENSUAL, 28 DE JUNIO DE 2000), diseñado a partir del modelo del Boletín la Semana en el CINE, editado por Emilio García Riera, Gabriel Ramírez y Jorge Ayala Blanco, 15 de febrero de 1964). El principio del EDITORIAL dice: “HOY CINESAURIO llega al número 7. Le rendimos culto a Charles Chaplin. También le rendimos culto a Sophia Loren. Hemos llegado a la meta trazada, sin el mecenazgo de una editorial romántica y sin la inclusión de publicidad, más que subliminal, cobrable. La lectura de ustedes nos ha permitido cerrar el primer ciclo, que forma parte de la espiral de 100 números proyectados. En el No. 1 preguntábamos, refiriéndonos al Cinema, ¿cuándo se te levantará un monumento o, mucho más, un museo eleusino y orféico, en el que se enseñen los misterios, como el de las divas (a la que le rendíamos culto en el No. 7 era a la Loren), como el de los grandes realizadores, y donde se libere tu alma prisionera del cuerpo tumba de ordinarias cinematecas? También les ofrecimos, a manera de viñeta fotográfica, a Charles Chaplin filmando”.

En la Sección LAS DIVAS, escribí: “En 1965, mientras Sophia rueda en Suiza Lady L, empieza a tomar forma el proyecto más ambicioso que hasta la fecha Ponti ha dispuesto para ella. En una villa de Vevey, el matrimonio Ponti cena con Chaplin. A los postres, el anciano maestro les explica el guion de lo que será su vuelta a la realización, tras diez años de silencio. El anuncio oficial del filme se hace en una recepción en el hotel Savoy de Londres, el 1 de noviembre de ese mismo año. Chaplin declaró que la idea nació en un viaje que hizo a Shangahi en 1933, cuando encontró diversos aristócratas rusos exiliados, los cuales, para vivir, ejercían los trabajos más humildes: los hombres tiraban de los rickshawks y las mujeres trabajaban como bailarinas en locales de poca importancia. Catorce meses más tarde, en enero de 1967, se presentó en Londres, en una ‘Royal World Premiere’, A Countess from Hong Kong. La curiosidad es enorme y la expectación une al público y a la crítica, ya que de la producción se ha estado hablando durante todo el año, por el notable reclamo ejercido por los nombres de los protagonistas, Chaplin, Brando, Loren. Los juicios aparecen inmediatamente llenos de contrastes, pero se refieren principalmente a la labor de Chaplin. La comedia es acogida con reservas, y sus intérpretes no pasan de correctos. De la belleza de la Loren se ha dicho que tenía una espléndida figura escultural digna de Praxíteles y estaba dotada de una mirada verdaderamente felina. La Loren tenía una boca sensual y sabía posar sugerentemente al grado se excitar al más ecuánime de las legiones de admiradores que la seguían en la pantalla y en la vida real. Pero también se le podía apreciar en imágenes reposadas, serenas y refinadas. Era exuberante por naturaleza y la cámara agudizaba aún más su magia fotogénica, exaltando la asimetría de su rostro, sus pómulos bajos, sus labios carnosos y sensuales y la tristeza de su mirada enmarcada por unas pestañas increíblemente largas. Sus enormes y bellos senos, sus protuberantes caderas y sus ojos enmielados-grises, hacían de la Loren una mujer de sugerente candor, al grado de que sin duda al sólo influjo de su nombre se decía: La ragazza piú bella del mondo.” Entenderán, entonces, lo de “Niño pícaro”, como me calificó, mi amigo Alonso. Antes, me había puesto otro apodo: “Padrecito”, por aquello de que, de broma, iba a casar a una pareja de enamorados, creo que parientes suyos, haciéndome pasar por sacerdote católico.

En el boletín venía un extracto del ensayo Charlie the Kid de Seguéi M. Eisentein, otro genio del cine: “Charlie the Kid. Creo que el título de esta obra, la más popular de Chaplin, merece plenamente hallarse junto a su nombre: ayuda a descubrir su imagen exactamente igual a los sobrenombres de ‘el conquistador’, ‘Corazón de León’, o ‘el Terrible’ que determinan la fisonomía interior de Guillermo, que conquistó las islas de la futura Gran Bretaña, del legendariamente valeroso Ricardo de la época de las Cruzadas o del  prudente zar moscovita Iván Vasilievich VI. Ni la dirección. Ni los procedimientos. Ni los trucos. Ni la técnica de la comicidad. No es eso lo que me emociona. No es en eso en lo que se desea penetrar. Cuando piensa uno en Chaplin, desea ante todo penetrar en la extraña estructura del modo de pensar que ve los fenómenos tan raro y responde a ellos con imágenes de rareza. Y dentro ya de la estructura, en aquella parte que antes de exponerse en una visión de la vida, existe en el grado de contemplación del mundo circundante. En resumen, no abordaremos el concepto del Universo de Chaplin, sino su percepción de la vida, que engendra las concepciones únicas e inimitables del llamado humor chapliniano.”

La intelectualización del cine de Chales Chaplin, de un genio del cine sobre otro genio del cine, a veces incomprensible, por profundamente abstracta, me hizo pensar en la dualidad vida y muerte, humor y tragedia, en la nostalgia, en el recuerdo de mi amigo Alonso. Créanme que al pensar en Chaplin, pensaré en Alonso, porque los asocio con el mundo infantil, la inocencia, la devoción, la amistad, porque así quiero pensar y recurro, nuevamente a una cita de Eisenstein: “Se trata de una escena que forma parte de la novela de André Malraux La condición humana. Al pensar en Chaplin, me lo figuro siempre bajo el aspecto de aquellos chinitos que ríen de corazón viendo cuan cómicamente las cachetadas de la mujercita hacen que la cabeza del hombre se vuelque a uno y otro lado. Poco importa que la china sea la madre y que el hombre sea el padre desocupado, así como carece de importancia que esté muerto. En esto está el secreto de Chaplin, el secreto de sus ojos. En esto es incomparable, y aquí está su grandeza. Ver los acontecimientos más inusitados, más penosos y más trágicos a través de los ojos de un niño que ríe. Estar en condiciones de ver las imágenes inmediatamente, de un golpe, independientemente de su significación ética o moral, fuera de cualquier valoración, del juicio o la condena, así como las ve un niño en un acceso de risa. En esto Chaplin sobresale, es inimitable y único. Esta rapidez del golpe del ojo origina una percepción cómica. Y esta percepción se transforma en concepción.” ¡Ah, los ojos de mi amigo Alonso, pequeños, burlones, serenos, escondían algo íntimo¡ Snif.