“Voy a develar todos los misterios: Misterios religiosos o naturales,
muerte, nacimiento, futuro, pasado, cosmogonía, nada. Soy maestro en fantasmagorías.”
Arthur Rimbaud en “Una temporada en el Infierno”.
Después de haber visto, tanto la copia en colores, como la copia en blanco y negro (la mejor, donada por Guillermo del Toro, a la Cineteca Nacional). el remake (nueva versión de una película) El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, Estados Unidos, 2021) de Guillermo del Toro, guión del propio realizador y de Kim Morgan, su mujer, basados en la novela de William Lindsay Gresham, con Bradley Cooper, Cate Blanchett, Roony Mara, Toni Collette, consulté el libro Panorama del cine negro de Raymond Borde y Etienne Chaumeton, para obtener información sobre El callejón de las almas pedidas (Nightmare Alley, Estados Unidos, 1947) de Edmund Goulding, guion de Jules Furtham, versión cinematográfica, basada en la misma novela, con Tyrone Power, Joan Blondell, Coleen Gray, Helen Walker.
Sobre la película de Guillermo del Toro habría que decir que su estilo formal es inconfundible, independientemente de quién sea su director de fotografía, su editor, su músico, su diseñador de producción, cuáles sean los efectos y sonidos seleccionados de ambientación y musicales de época y sus actores. El realizador (9 de octubre de 1964, Guadalajara, Jalisco, México), al tratar los temas típicos del cine negro, no se contuvo en mostrarnos, incidentalmente, sus gustos y guiños por los temas fantásticos y terroríficos, a los que es afecto (los cadáveres de bebés conservados dentro de botellones, principalmente el que mató a su madre al nacer, afición del domesticador de “monstruos humano”). La cámara en constante movimiento, con muy poquísimos momentos estáticos, que no interrumpen la fluida edición, recrea la atmósfera clásica del cine negro: iluminación, claroscuros, expresionismo (que tienen mayor significado estilístico en la copia en blanco y negro), incluidos sus antihéroes, la miseria económica y la pobreza manifiesta, los engaños de los practicantes del ilusionismo, la infaltable femme fatale, la conducta criminal, etcétera. Guillermo del Toro recrea la atmósfera sombría de las ferias errantes y las relaciones psicológicas ocultas de toda gama, de sus personajes: alcohólicos degradados, drogadictos inconscientes, enanos, chicas inocentes y nobles, forzudos brutos, corrupción de toda laya y adivinadores del tarot, auxiliados por claves lingüísticas, que, apoyados por supuestos espiritistas, para hablar con los muertos, estafan, tanto a la gente común, como a ingenuos millonarios, abrumados por complejos de culpa. Una película en la que Guillermo del Toro hizo lo que un tiburón hace en el océano inmenso de la creación artística libre: Devorar a los seguidores de su cine, capturados por una ininterrumpida zozobra hipnótica, cual mago ilusionista (les recomiendo ver El rostro (Ansiktet, Suecia, 1958) de Ingmar Bergman), provocada por las fantasmagóricas imágenes en movimiento de las que es un maestro, a lo Arthur Rimbaud, en Une saison en enfer. Su “personaje-monstruo”, al reconocer que lo es, cae en la degradación del alcoholismo, sin tener salvación alguna, ni moral, ni social, después de haber sido engañado y usado por una psicoanalista manipuladora, ambiciosa y sin escrúpulos.
Consulté el libro Panorama del cine negro y en el capítulo Influencias leí: “La película negra se sitúa en una corriente general, la del realismo norteamericano. Entonces, ¿no hay algo artificioso al hablar en forma unilateral de la influencia de ese estilo sobre las series no criminales?… De 1945 a 1947, los documentales sociales de carácter negro son raros… Nightmare Alley (El callejón de las almas perdidas, 1947), realizada por Edmundo Goulding, antiguo pionero del melodrama, era más ambiguo. Había en esta película un documental sobre las barracas de feria y los circos, una historia sentimental sin gran interés, y además dos figuras interesantes: una psicoanalista que registra en discos las confesiones de sus pacientes, en vista a tortuosos chantajes, y un borracho profesional minado por el alcohol, que el patrón del circo exhibe como un monstruo al que alimentaba con carne cruda.” Los autores concluyen que El callejón de las almas perdidas, de Edmund Goulding, es un documento sobre el alcoholismo.
Tuve que ver la película de Edmund Goulding, influenciado por la curiosidad de lo leído, y quedé un poco sorprendido (pueden verla por YouTube, antes de ver el remake de Guillermo del Toro o verla después, para que elaboren su propio análisis comparativo y propia conclusión, recomendando que vean la copia en blanco y negro). Efectivamente, es un documento social que trata, en parte, sobre el alcoholismo, con sugerencia de un final de redención individual, derivado del amor que le tiene la chica (Coleen Gray) al antihéroe (Tyrone Power), dado que el realizador inglés (nacido el 20 de marzo de 1891, en Londres, Inglaterra y fallecido el 24 de diciembre de 1959, en Los Ángeles, California) fue un gran autor dramático, muy afecto a los finales felices, con gran audacia en la elección de los temas, al tratarlos sin concesiones, para otorgarle el triunfo al bien sobre el mal, a diferencia del cine auténticamente negro en el que el mal se enseñorea sobre el bien. Las películas Amarga Victoria (Dark Victory, Estados Unidos, 1939), con Bette Davis, y El callejón de las almas pedidas, entre otras realizaciones suyas lo comprueban.
Al margen del estilo narrativo de Guillermo del Toro, en el que varios flashbacks van aclarando la personalidad maligna del personaje, condenándolo a ser sujeto del desprecio de los espectadores, aunque sea víctima de una mujer más malvada que él, estilo narrativo propio del cine negro, por supuesto, se puede decir, como afirman en su libro Borde y Chaumeton: la película negra, en su más estricta definición, contiene aventura criminal, ambigüedad psicológica, ambivalencia moral, violencia, momentos insólitos y la característica para crear un malestar específico que turba nuestras mentes, al grado de que, en lo más profundo de nuestro subconsciente, nos incomoda la tranquilidad en que aparentemente vivimos.
