Porque fuimos, y seguiremos siendo, partidarios de la alta poesía y de un poeta mayor: Eduardo Lizalde (14 de julio de 1929, Ciudad de México-25 de mayo de 2022, Ciudad de México):
“Guárdate tigre,
en tu escondite,
y deja que escuchemos tu tronante rugido,
al recorrer sigiloso tu estancia,
pensando qué decirte,
con tu ronca voz,
a ti mismo,
que será mensaje descriptivo y crítico,
de lo que se es y no de lo que se parece.”
Eduardo Lizalde publicó su artículo-ensayo LUIS BUÑUEL. ODISEA DEL DEMOLEDOR, cuadernos de cine / 2 (dirección general de difusión cultural UNAM/1962), hace 60 años, en tres partes. La primera, sin título, la segunda, titulada: Buñuel: una odisea de la destrucción. La destrucción y el humanismo, la tercera, su filmografía hasta esa fecha.
Dio una lista para calificarlo. Entre otras calificaciones hay dos adecuadas: Buñuel anarquista de izquierda y Buñuel humanista, que conjugan, con cierto humorismo absurdo, al comparar las calificaciones con la del tigre, describiéndolo, surrealistamente, entre otras descripciones, como “masa de la mimosa transformada en energía”. Punto y seguido escribe: “La cualificación crítica en el campo del arte (o la zoología en el de la ciencia) es un punto culminante de una especulación y una práctica investigadora, no su punto de partida…”
Eduardo Lizalde pregunta: “¿Tenemos derecho a abordar con un criterio acientífico la crítica cinematográfica? ¿No hay leyes históricas (por peculiares que sean) para el desarrollo de la cultura? ¿Basta verter nuestras impresiones sobre una película para consumar su crítica?”
Eduardo Lizalde aclara que “Se trata entonces de comprender que la crítica cinematográfica no está exenta de las obligaciones que son propias de la crítica aplicada a otras ramas del arte. Se trata de establecer que la crítica cinematográfica no es la expresión del disecador del ‘como están hechas las cosas’ ni la expresión hedonista de ‘lo que se me ocurre’, sino el flujo de la corriente receptora y creadora característica de la gran literatura y la gran filosofía universales.”
Así pues, Eduardo Lizalde es congruente con lo que expone al principio: la cualificación crítica en el campo del arte es el punto culminante de una especulación y una práctica investigadora, no su punto de partida, al decir: “la crítica de la cultura que aspira a cierta validez dentro de ese flujo universal del trabajo artístico, es ajena a los caprichos subjetivistas de cualquier índole (del izquierdismo infantil o la derecha recalcitrante)”.
Muy de acuerdo con él cuando remata: “Por lo demás, los juicios subjetivos no son tales por completo, en el mismo sentido de que no hay tal subjetividad pura, ni por lo tanto sujetos puros. Así, la verdadera crítica debe aquilatar dentro de su material histórico el propio arsenal de la crítica subjetiva, como parte valiosa y fundamental de la cultura.”
Ya encarrerado el tigre (Eduardo Lizalde), sobre su presa demoledora (Luis Buñuel), al considerar “uno de sus aspectos (yo diría varios aspectos y añado, como el propio Eduardo Lizalde apunta: es verdad que, a partir, de un aspecto, es posible desarrollar una visión integral del artistas y su mundo): la composición dramática, sus símbolos habituales, la visión del amor, la crítica social, las fuentes pictóricas y literarias de aprovisionamiento, etc, da cuenta de los problemas más importantes y generales que todo gran artista plantea para su estudio; por ejemplo: qué representa su obra (humana y estéticamente hablando) en el conjunto de la rama artística a la que pertenece, qué dificultades formales supera, qué problemas concretos de la actividad creadora ilumina y resuelve, qué cosa humana fundamental persigue con el conjunto de su labor y, en fin, cuáles, y por qué, son sus fracasos estéticos y expresivos”.
Es adoctrinador para el ejercicio de la crítica lo que Eduardo Lizalde escribe: “Lo que el verdadero crítico requiere es la técnica filosófica necesaria para enfocar de manera más amplia, histórica y científicamente, la obra de un artista.” Adoctrinamiento para adquirir conciencia de la necesidad de que la crítica cinematográfica debe orientar y limitar las ambiciones del comentario periodístico, en el mismo sentido que la conciencia de una propaganda política sólida debe orientar las limitaciones de la agitación política.
Eduardo Lizalde pregunta: ¿Por qué Buñuel? Él mismo contesta: “No cualquier cineasta merece un ensayo. Lo merecen exclusivamente los grandes cineastas, y los grandes artistas, porque son ellos los únicos capaces de plantear con su obra una problemática rica y merecedora de solución” Vuelve a preguntar: “¿Cuáles son los problemas estéticos que plantea Buñuel?” Respuesta: “No pueden enlistarse todos los problemas que implica el cine de Buñuel”. Y, también, “¿Cuáles otros resuelve en la práctica con sus cintas? Respuesta: La problemática de Buñuel ha ido cambiando, como es obvio, del Perro andaluz a Viridiana, aunque mantenga una constante determinada. Eduardo Lizalde advierte que procurará referirse sólo a algunos problemas capitales que Buñuel suscita en el campo de la cinematografía y otros que a él le obsesionan.
Eduardo Lizalde parte del estudio de la atmósfera y el estilo, a partir de Los olvidados y Nazarín. Resumiendo, escribe que Buñuel suprimió las “ventajas” técnicas del cine mexicano, para dar a la fotografía una aplicación estilística. Hacer que la forma fotográfica de una cinta determinada se ajuste a los propósitos ambientales y el tema de una película dada. Se refería, por supuesto a Gabriel Figueroa. Resumiendo, en cuanto al estilo, en la forma y el contenido, de Luis Buñuel, Eduardo Lizalde pregunta: ¿Cómo dar con una imagen que sintetizara, de un solo golpe la desolación absoluta de un pueblo devastado? Respuesta: Buñuel logra una síntesis poética y dramática…: la pequeña niña que llora arrastrando un lienzo blanco y camina con lentitud por una calle carcomida y vacía… La explicación de Eduardo Lizalde de la elaboración de la imagen es que el artista tuvo que sujetarse a un agudo trabajo (consciente o no) de supresión de elementos, de negación, de reducción. Tuvo que descartar los objetos preeminentes, y hacer gris al extremo el fondo de la escena, para que la pieza central transmitiera con infalible poder la sensación buscada… La aparición de la niña, intacta, ajena a la significación de lo que sucede, un signo ella misma de la muerte a su espalda, sugiere y supera todo los horrores hasta entonces previsibles para el espectador. CONTINUARÁ.
