La hondura y magnitud de la crisis económica global, obedece y tiene su origen en la pandemia que debilitó la mayoría de las economías de todos los países, aunado a los daños provocados por la pandemia de COVID-19, la invasión rusa a Ucrania ha impactado la desaceleración de la economía global y podríamos, a nivel mundial, estar entrando en un período prolongado de escaso crecimiento y elevada inflación, con riesgo de una estanflación como la que se vivió en 1970; la actual crisis es de tal envergadura que podría dinamitar toda la estructura financiera mundial, y ha venido a mostrar la total inoperancia del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional para remediar lo ocasionado por la exigencia de aplicación de sus propios lineamientos y criterios de política económica.
El Banco Mundial prevé que el crecimiento en las economías avanzadas se desacelere de manera importante del 5,1 por ciento en 2021 al 2,6 por ciento en 2022; y que el crecimiento se modere aún más al 2,2 por ciento en 2023. Entre los mercados emergentes y las economías en desarrollo, también se prevé una caída del crecimiento del 6,6 por ciento en 2021 al 3,4 por ciento en 2022, muy por debajo del promedio anual del 4,8 por ciento durante el período comprendido entre 2011 y 2019. Los efectos secundarios negativos de la guerra bajarán considerablemente cualquier estímulo de corto plazo para algunos exportadores de productos básicos. Para México el Banco Central prevé llegar a un crecimiento de 2.7 por ciento para finales de 2022 y de 1.6 por ciento para el 2023.
En este momento nos encontramos en el ojo del huracán, en el cual lo que puede pasar es una desaceleración mayor o posiblemente una recesión de la economía global, por lo cual resulta imperativo otorgar prioridad a una atenta, cuidadosa y serena lectura de los avatares de los indicadores críticos, a fin de reaccionar a tiempo. Por otro lado para México el proceso de resolución de las controversias sobre el T-MEC sobre la política energética del gobierno, será un nuevo factor de incertidumbre y de riesgo que puede afectar las decisiones de inversión en nuestro país, y la caída drástica de las exportaciones por las sanciones arancelarias que pudieran imponerse a nuestro país.
La imbricación financiera global es de tal magnitud que los vasos comunicantes entre las economías de Oriente, Asia, Europa, Estados Unidos y Canadá, en sus flujos y reflujos afectan a todos por igual, la locura bursátil así lo muestra y con mayor razón nos golpeará a nosotros, porque habrá que reconocerlo con crudeza, hemos unido nuestro país a la suerte de la economía estadunidense y estamos condenados de inicio a entrar en un ineluctable proceso de desaceleración. Habrá que comenzar a ajustar el crecimiento previsto para este y el próximo año a la baja.
Algunas voces sensatas del sector privado -con razón- han comenzado a alertar sobre el devenir del sector exportador, parecería que una devaluación del peso en este momento paradójicamente pudiera beneficiarnos a fin de no perder mercados y mantener competitividad internacional.
En fin, son muchos los indicadores y variables que se requiere escudriñar, vigilar y cuidar, especialmente la evolución de la economía estadunidense que requiere de mayores ajustes en su gasto militar, recortes en gasto corriente y adecuaciones fiscales para aumentar sus ingresos y reducir su déficit presupuestal; una recesión nos afectaría gravemente, así como cuidar que no se pudra su relación con China.
Este es muy posiblemente el momento más difícil del sexenio, a la enorme crisis interna de seguridad y política, se le suma una nueva y más grave crisis económica que de nada sirve justificar que “vino de fuera”, nadie lo quiere, nadie lo pronostica, pero desearíamos un Presidente sereno, concentrado en el timón y no inventando cada mañana un nuevo distractor para dar circo al pueblo porque pan ya no hay, que se olvide por un tiempo de su pretensión de imponer al nuevo ejecutivo federal; la suerte de su gobierno, que el próximo 30 de septiembre le restan 730 días le va en ello.
