El lunes 21 de abril, después de muchos días de hospitalización, parecía que el Papa Francisco —el primer sacerdote jesuita que había llegado al trono de San Pedro en Roma doce años y 39 días antes procedente del “fin del mundo”—, había podido superar, una vez más, un pésimo cuadro médico y que poco a poco se reintegraría a sus labores pastorales como líder espiritual de más de 1,400 millones de católicos en la Tierra. Eso parecía, pero lo cierto es que el obispo de Roma vivía sus últimas horas y trataba de cumplir sus funciones de sumo pontífice “como podía”, visitando presos en la cárcel, recibiendo a altos funcionarios como el vicepresidente de Estados Unidos de América, James David (J. D.) Vance (que en 2019 se había convertido al catolicismo), y bendiciendo fieles en la Plaza de San Pedro. Esas fueron sus últimas actividades públicas. Pocas horas después moriría de un ataque cerebral. Fin de la historia.
El Papa Francisco “retornó a la casa del Padre”, como dijo el camarlengo del Vaticano, cardenal irlandés Joseph Kevin Farrell, al anunciar el deceso del pontífice de 88 años de edad, a las 07.35 horas del lunes 21 de abril en su departamento en el palacio de Santa Marta de la Santa Sede. Jorge Mario Bergoglio Sívori, descendiente de italianos piamonteses nacido en el barrio Flores de Buenos Aires —17 de diciembre de 1936– murió de un ictus o derrame cerebral que fue seguido de un coma y de un colapso cardíaco circulatorio irreversible, según precisó el certificado médico firmado por el director de Sanidad e Higiene, Andrea Arcangeli. Farell fue acompañado en su anuncio por el secretario de Estado Vaticano, Pietro Parolin; su sustituto el cardenal venezolano, Edgar Robinson Peña Parra, y por el maestro de las Ceremonias del papado, Diego Ravelli.
“Con profundo dolor debo anuncia la muerte de nuestro Santo Padre Francisco…Su vida entera estuvo dedicada al servicio del Señor y de su Iglesia. Nos ha enseñado a vivir los valores del Evangelio con fidelidad, valentía y amor universal, en modo especial a favor de los más pobres y marginados”, declaró el camarlengo. Sus palabras fueron la síntesis biográfica del líder religioso de los católicos del mundo. De una Iglesia Católica enferma, quizás moribunda.
Poco después, el Vaticano dio a conocer el parco testamento del Papa, en el que solicitó un sepulcro en tierra “simple”, “sin una decoración particular” y con la inscripción de su nombre papal en latín: Franciscus. Así pasa a la posteridad, en un sencillo ataúd de madera, el 266° Pontífice católico de la historia. El cuerpo del pontífice, sin embalsamar, sería inhumado en la basílica de Santa María la Mayor el sábado 26 de abril, y no en la histórica de San Pedro donde tradicionalmente descansan para siempre los cadáveres de los Papas que en la historia han sido.
Después de sepultar al Papa que “llegó del fin del mundo”, ahora se le despide como el Pontífice que dedicó sus principales preocupaciones por los pobres: la Iglesia Católica definirá el curso que seguirá la bimilenaria institución tras las reformas que pudo disponer el sacerdote jesuita. Punto fundamental en la biografía de Bergoglio es que se forma sacerdote con la Compañía de Jesús, de la que llegó a ser provincial en Argentina durante seis años desde 1973; su formación jesuita es básica. Siempre se ha considerado que los miembros de la Compañía de Jesús fundada por el español San Ignacio de Loyola en 1540, son los intelectuales de la Iglesia católica, cuyo lema la define: “Ad Maiorem Dei Gloriam: Para mayor gloria de Dios”, divisa que se conoce también por su abreviatura: A. M. D. G.
Los jesuitas se dedican a la evangelización, la educación, la investigación, la promoción de la justicia y a la defensa de los derechos humanos, especialmente para los más vulnerables. La Compañía —como se le conoce popularmente—, se caracteriza por su obediencia al Papa y su compromiso con el servicio a la Iglesia. Bergoglio fue, en el mejor sentido, uno de los mejores representantes de los jesuitas en su tierra y desde el Papado, aunque no siempre lo trataron a la altura. Entre otros motivos, por eso nunca visitó Argentina como Sumo Pontífice.
La muerte del obispo de Roma duele a la feligresía católica, especialmente en las clases populares. Nunca dejó de considerarse un “sacerdote callejero”, un ser humano como tantos otros, con virtudes y errores que disfrutaba del futbol —el deporte nacional argentino con un equipo preferido: el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, nadie es perfecto—, y de su afición por el mate, la bebida popular del país de las pampas, era común verlo con su bombilla y su matera en plena plaza de San Pedro o en sus giras por el mundo. En su juventud bailó tango. Era argentino, che.
La formación que recibió en el seminario diocesano de Villa Devoto después de haberse diplomado como técnico químico, lo preparó para formarse una cultura universal, que le permitía tocar todos los tópicos, como decía el propio Jorge Luis Borges a Roberto Francisco Alifano, autor del libro El humor de Borges. Según cita Héctor Aguilar Camín en su columna Día con Día, el ciego escritor argentino le comenta a Alifano —que reside en Buenos Aires desde que nació en 1943–, “Qué rara y desconcertante suele ser a veces la gente de Dios, Alifano. Hay dos curas que me visitan bastante seguido y nada tienen que ver entre ellos…Uno el padre Guillermo. Otro es Jorge, un jesuita que es químico. Nos une una gran amistad…Guillermo insiste en convertirme y no puede admitir que haya un credo agnóstico por el que yo me inclino…’Es hora de que termines con tus dudas, Georgie, y creas definitivamente en Dios’…El domingo te vendré a buscar para ir a misa; luego almorzaremos con los hermanos de mi congregación y, por la tarde, te llevaré a un estadio de fútbol para que compartas la emoción con esa gente”.
—“Ahora —continúa el autor de El Aleph y Ficciones, entre otros, y que en cierta ocasión dijo que “El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados”—, ¿a usted no le parece extraño que este cura no entienda que yo soy ciego y que por mi falta de fe no tengo interés en ir a misa, ni tampoco en comer con otros colegas de él? Con uno me es suficiente”.
“Con el jesuita, que es químico y muy buen lector, nos entendemos mejor; él enseña literatura y ha incluido mis textos en sus clases, lo cual me parece un poco exagerado…Dejando de lado este detalle, el padre Bergoglio es una persona inteligente y sensata; con él se puede hablar de cualquier tema: de filosofía, de ecología, de política…Pero hay algo que me alarma un poco, he observador que tiene tantas dudas como yo. Lo cual no sé si está bien en un religioso. Me madre se hubiera horrorizado de una cosa así”.
“Pero —continúa el escritor argentino que no recibió el Nobel de Literatura, pero sí el primer Premio Alfonso Reyes— quizá no es tan raro si tenemos en cuenta que se trata de un jesuita. Claro, esa gente es históricamente transgresora y hasta tienen sentido del humor, además de manejar conceptos que en algunos casos difieren de las otras congregaciones de la Iglesia”.
Como se ve, Borges era más perspicaz de lo que sus críticos suponen. Sin presumir de analista religioso, ni político, definió lo que en esencia era Jorge Bergoglio: jesuita y transgresor con sentido del humor, que lo convertía en un sacerdote diferente a otros curas católicos de congregaciones distintas. Por eso su muerte ha calado tanto en los barrios populares bonaerenses y de otras partes, hasta en Gaza. Desde que se inició la guerra en la franja, el Papa Francisco hablaba telefónicamente al párroco de la comunidad, para darle su apoyo. Por eso lloran los palestinos.
Después de que Jorge Bergoglio recibió el apoyo de los cardenales en el cónclave que lo elevó a la silla de Pedro —en el Evangelio de Mateo 16-18, se dice: “Et ego dico tibi, quia tu es Petrus et super hanc petram, aedificabo ecclesiam meam et portae inferi non praevalebunt adversus eam…”: “y yo también te digo que tú eres Pedro (piedra) y sobre ella edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella…”)—, se preguntó en una conferencia de prensa: “¿Y quién soy yo para juzgar?, al hablar de los homosexuales que buscaban acercarse a la Iglesia. Tuve que leer varias veces la frase para comprobar que el nuevo Papa se refería a un tema tan candente que dividía y sigue dividiendo a la grey católica. Desde que Bergoglio se atrevió a hacerlo, pensé que había llegado el momento para transformar la Iglesia. Nada fácil.
Además de lo señalado por Borges como cualidades del sacerdote jesuita, podía haber agregado que tuvo novia, que pensó casarse con ella y si no lo hacía se dedicaría al sacerdocio. Lo hizo y llegó al Vaticano y mantuvo contacto epistolar con la que pudo ser su esposa pero nunca lo fue, sin romper sus juramentos religiosos. Entonces, si declaraba ¿quién era para juzgar a los homosexuales? Quizás podía hacer los cambios para que la iglesia católica dejara de ser “retrógrada, androcéntrica, eurocéntrica, pretendiendo estar en posesión de la única verdad”, tal y como muchos ven al catolicismo.
Todo mundo sabe, o por lo menos así, lo creo, que la crisis eclesial va mucho más allá de los casos de abusos a menores y del encubrimiento de tales conductas por obispos, y otras autoridades católicas en el mundo: se trata de una crisis fundamental del sistema romano. “Una iglesia que siga aferrándose al monopolio del poder y de la verdad, así como su aversión a la sexualidad y su misoginia, una Iglesia que se niegue a introducir reformas y se cierre en banda al mundo moderno lustrado no puede perdurar”. Esa, creo, fue la principal preocupación de Francisco. Sin duda fue un sacerdote reformista, pero no revolucionario. Hizo, donde lo dejó la jerarquía conservadora del Vaticano. Pronto se verá si la labor del argentino fructifica o si retrocede. No es cuestión de que utilizando la Inteligencia Artificial los cardenales reunidos en el cónclave elijan al “mejor” o al “peor” para sustituir a Francisco, sino a lo que el catolicismo necesita para sobrevivir.
Que el sustituto se enfrente a los Trump del momento, a los Putin invasores y a los malos sacerdotes —que sin duda los hay, así como también los dignos representantes del sacerdocio—, para que los “pobres de la tierra”, mantengan la esperanza en una Iglesia universal orientada hacia los orígenes cristianos que sirve para los católicos y los no católicos. Que no sea una Iglesia patriarcalmente comprometida con imágenes estereotipadas de la mujer, con un lenguaje exclusivamente masculino y con roles de género definidos de antemano. Creo que Francisco quería eso.
Por eso, el Papa no tiene ninguna división armada, como preguntó Stalin. La solidez de un pontífice como Francisco se la dio su creencia absoluta en el apoyo a los pobres, no a la manera de la 4T, sino de fondo, sin intereses políticos que ensucian cualquier misión pastoral. Aunque muchos de los que asistirán a los funerales del Papa lo hagan hipócritamente, vale meditar cuál fue realmente el legado del sacerdote Jorge Mario Bergoglio Sívori. Teologías y filosofías aparte, el che Papa no fue pasó inadvertido para los “condenados de la tierra” como decía Frantz Fanon: “Esta humanidad nueva no puede hacer otra cosa que definir un humanismo nuevo para sí mismo y para otros”. VALE.
