México está entrando en una fase irreversible. Lo que viene no es una simple reforma. Es un rediseño estructural, quirúrgico y despiadado del sistema electoral. La Comisión Presidencial para la Reforma Electoral ya está en funciones y su conductor, Pablo Gómez Álvarez, no necesita presentación ni rodeos. Toda su carrera política ha girado alrededor de una idea: depurar el sistema desde dentro, eliminar sus zonas grises, acotar privilegios, y desmantelar estructuras que ya cumplieron su función histórica.
En su libro más citado, El Libro Negro de la Elección de 2015, Gómez documentó, paso a paso, cómo el INE incumplió plazos, violentó normas y falló en garantizar condiciones mínimas de equidad. Desde entonces, fijó postura: el problema no es la democracia, es el aparato que la administra. Lo que sigue es la ejecución de esa tesis.
No se necesita al PRI. No se necesita al PAN. No se necesita a Movimiento Ciudadano. La mayoría constitucional está garantizada con Morena, el PT y el Verde. Pero estos últimos dos tendrán que pagar el precio. La única negociación real es con ellos, y es la más peligrosa de todas.
El rediseño incluye la eliminación de los OPLES. Ninguna entidad federativa volverá a organizar sus elecciones. Todo será absorbido por el nuevo organismo nacional, concentrado, vertical y depurado de duplicidades. Las juntas locales se reducirán al mínimo indispensable, y con ello, cientos de plazas desaparecerán, estructuras estatales se desmoronarán, y quienes durante años operaron en los márgenes del poder electoral local quedarán fuera del tablero.
Dentro del propio Instituto Nacional Electoral, se avecina una compactación inédita. Áreas completas como Capacitación Electoral y Organización se fusionarán en una sola unidad funcional, reduciendo cargos, reordenando funciones y recortando poder burocrático. Lo que el Plan B no pudo consolidar, ahora se articula desde la presidencia y con respaldo político real.
Mientras se debate el rediseño del sistema, varios exconsejeros y consejeros en funciones han optado por el espectáculo. Desde redes sociales, medios afines o foros académicos, se han dedicado a ridiculizar al régimen en lugar de defender la legitimidad del sistema que alguna vez encabezaron. Su papel, en vez de pedagógico o técnico, ha sido de obstrucción: boicotearon con cinismo el proceso de elección de juzgadores del 1º de junio, lo despreciaron públicamente y después se desentendieron de sus consecuencias. En lugar de ofrecer propuestas, alimentaron la polarización. Pero esta vez no están en la mesa. Esta vez, sus opiniones ya no interrumpen votaciones ni dictan criterios. Esta vez, solo observan cómo se reconfigura el sistema que pensaban que era eterno.
La lógica es sencilla y letal: el sistema se ha vuelto ineficiente, lento, caro y vulnerable. El nuevo modelo será centralizado, austero y subordinado a una nueva legitimidad electoral: la del pueblo votando directamente a sus consejeros. El Instituto Nacional de Elecciones y Consultas no será una evolución, será un reemplazo. Una intervención total sobre el sistema electoral.
Para el PT y el Verde, el dilema es existencial. Apoyar la eliminación de la representación proporcional y la reducción de prerrogativas es dispararse en el pie. Son partidos cuya fuerza proviene de las listas, no de las urnas. No controlan los programas sociales. No movilizan por sí solos. Si ceden, se desdibujan. Si se resisten, se quedan fuera de la reconfiguración.
¿Y el PRI? ¿Y el PAN? ¿Van a sobrevivir después de esto? ¿Después de haber perdido toda capacidad de influir, de oponerse con eficacia, y sobre todo, después de no haber podido demostrar un deseo real de cambio dentro de sus propias filas? La respuesta no está en el Congreso, ni en sus cúpulas, sino en la realidad brutal de un sistema político que ya no los necesita ni para simular pluralismo.
El rediseño no solo redistribuye funciones: redefine el poder. Quienes sobrevivan a este cambio no serán los más antiguos, sino los más adaptables. La democracia que viene será funcional, concentrada, sin amortiguadores. El pluralismo no será sostenido por subsidios ni por reglas blandas. Habrá ganadores claros y perdedores rotundos.
Pablo Gómez no está improvisando. Está ejecutando una estrategia construida durante décadas, con disciplina, argumentos y paciencia. La presidenta no ha prometido ruptura, pero ha abierto la puerta al reemplazo completo del régimen electoral. Lo hace con mano firme y con legitimidad política. No hay confrontación, hay dirección.
Cuando termine este proceso, muchas instituciones habrán dejado de existir. Muchos actores perderán su asiento en la mesa. Quienes no comprendan la dimensión de este momento, no tendrán un lugar en el que sentarse cuando se repartan las nuevas reglas.
La reforma ya no es una hipótesis. Es una advertencia cumplida.
@DrThe
