La abrupta y anticonstitucional salida de Alejandro Gertz Manero de la Fiscalía General de la República (FGR), electo originalmente para permanecer en su cargo durante nueve años para garantizar la autonomía e independencia de la institución respecto a los ciclos políticos y al poder ejecutivo federal, no es un simple cambio burocrático. Es un movimiento revelador, una pieza clave que encaja perfectamente en el rompecabezas de poder de la 4T. Este acto, ejecutado de manera anticipada y carente de fundamento legal, confirma de manera irrefutable que la presidenta Claudia Sheinbaum está atrapada —y es cómplice— en las redes del pacto tripartita AMLO/crimen organizado/huachicol. Más que una reacción aislada, es la respuesta coordinada del núcleo duro de la cuarta transformación para blindar a sus principales operadores: Andy y socios, Adán Augusto, Ricardo Monreal, Luisa Alcalde, y, obviamente, al arquitecto mismo del sistema, Andrés Manuel López Obrador, junto a sus aliados en la sombra del crimen organizado.
El blindaje opera en un espacio de cinismo absoluto. Ya no importan las pruebas documentales, las sospechas fundadas, los audios comprometedores o las imágenes difundidas masivamente en redes sociales. La impunidad se ha institucionalizado. El descaro de estos personajes nace de una convicción inquebrantable: los protege la presidente en turno. A Sheinbaum no le queda margen de maniobra; su deuda es existencial. Su llegada al poder fue orquestada y financiada por esta nueva mafia de la cuarta transformación, utilizando recursos ilícitos y el aparato estatal, aprovechando la ausencia de contrapesos efectivos —como lo fue en su momento un INE autónomo— y la lamentable debilidad de una oposición fragmentada e incapaz de presentar una alternativa creíble.
En este contexto, las acciones del secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, por más mediáticas que sean, resultan una cortina de humo. Poco importa que capture a delincuentes de los cárteles señalados como terroristas por Trump si los verdaderos jefes de las mafias —los que operan desde despachos gubernamentales y residencias oficiales— disfrutan de una impunidad garantizada. Los criminales están protegidos por el gobierno federal y por sus piezas enclavadas en el poder legislativo, en los ejecutivos de los tres órdenes de gobierno, en un poder judicial cooptado y, como ahora se confirma, en el corazón de la propia Fiscalía. Esta maniobra, lejos de fortalecer la seguridad, debilita estratégicamente a Harfuch, posiblemente el hombre de mayor confianza de Sheinbaum, al vaciar de sentido su labor y restarle autoridad, minando sus futuras aspiraciones políticas. Mientras, en el país y en la escena internacional, los verdaderos capos, encabezados por AMLO, seguirán operando con impunidad, decidiendo el rumbo del gobierno desde las sombras.
La pregunta urgente es: ¿qué hacer? La respuesta no está en esperar el colapso de Sheinbaum y/o de MORENA, sino en la acción ciudadana organizada. Es imperativo convocar con mayor ímpetu y estrategia a la inmensa mayoría de votantes del país que rechaza la violencia que día a día se vuelve más pública y descarada. Los signos de debilidad del régimen son evidentes: MORENA y Sheinbaum se desploman en las encuestas; enfrentan el riesgo real de perder la mayoría en el Congreso y las gubernaturas clave en 2027. Este pánico los ha vuelto desesperados, nerviosos y más ácidos y arbitrarios en el ejercicio del poder, lo que a su vez genera una espiral de autoritarismo y violencia.
Esta espiral, si bien amenaza con violentar aún más al país, también abre una ventana de oportunidad histórica. Nos da la posibilidad de derrotarlos en las urnas, a pesar de todo el aparato de control que intenten desplegar. La emergencia de nuevos partidos y frentes políticos este año no es dispersión, sino una diversificación necesaria que puede impulsar la participación masiva de quienes anhelan un país en paz, con desarrollo y justicia. Terminar con este narcoestado de siete años es la tarea de esta generación. No debe preocuparnos lo que ellos hagan en su desesperación; debe preocuparnos lo que nosotros estamos dejando de hacer por indiferencia o frustración e impulsarnos a la acción comprometida.
El momento es ahora. Es el tiempo de actuar por nuestros hijos y por nuestros nietos. Es el tiempo de rescatar a México.
Último apunte que invita a una reflexión más profunda: ¿Alguien puede creer, sinceramente, que el extraño retorno de López Obrador, justo cuando su sucesora muestra flaqueza y su círculo es acorralado por los hechos, sea una simple coincidencia? En el mundo de la política, las coincidencias son el lenguaje de las estrategias no declaradas. Su reaparición no es para confirmar el retiro de un estadista, sino la reafirmación de que los hilos, en última instancia, nunca se soltaron.
