Después de la remodelación y de la reinauguración por José Giovani Gutierrez Aguilar, Alcalde de Coyoacán, de la Casa del Adulto Mayor “Ángeles de los Reyes”, ubicada en la calle Plazuela de Los Reyes, número 13, Pueblo de los Reyes Hueytlilac (“en las grandes aguas negras”), Coyoacán, estamos en la espera de que la Subdirección de Igualdad Sustantiva y Grupos Prioritarios de la Alcaldía, a cargo de July Muñoz de Cote, autorice la reanudación del Ciclo de películas sobre el tema general Igualdad Sustantiva y Grupos prioritarios.

La última película proyectada, antes del inicio de la remodelación e inauguración de la Casa de la Cultura, fue El lugar sin límites (México, 1977) de Arturo Ripstein, con Lucha Villa, Roberto Cobo, Ana Martín, Gonzalo Vega, Julian Pastor y Fernando Soler que, más allá de críticas complacientes o implacables, lo cierto es que Arturo Ripstein, continuó explorando una de las constantes de su cine: el encierro. Alguna vez le pregunté a Ripstein: ¿Por qué esa obsesión por filmar la lluvia? Su respuesta fue otra pregunta, misteriosa y ambigüa: ¿Por qué no? El encierro y las casi imperceptibles imágenes surrealistas, abundan en su cine. Nada más faltaba que se le hubiera ocurrido hacer llover en un claustro cerrado o espacio inédito de un burdel, en el que la Manuela (Roberto Cobo) sedujera a Pancho (Gonzalo Vega), haciendo caer una tormenta que desatara la pasión reprimida de un macho reprimido.

Esperamos que el Ciclo se reaunude con otra de las películas programadas: De la calle (México, 2001) de Gerardo Tort, guión de Marina Stavenhagen, fotografía de Víctor Vallejo, con Luis Fernando Peña, Maya Zapata, Armando Hernández, Mario Zaragoza, Luis Felipe Tovar y Vanessa Bauche, ópera prima de Gerardo Manuel Tort Orduña (nacido el 30 de marzo de 1958, en Puebla, Puebla) que, con Marina Stavenhagen, trató un tema sin solución y de candente actualidad: las condiciones de miseria de los niños y adolescentes que viven en los barrios marginales de la grandes ciudades. Gerardo Tort, en su momento, acusó a las instituciones de ser drásticas y retrogradas al clasificarla como película para mayores de 18 años, debido a las escenas de drogadicción y violencia.

Gerardo Tort, entre otras actividades previas a la realización cinematográfica, fue asistente de Alberto Bojórquez en Robachicos (México, 1985), realizó el cortometraje Niños (México, 2000) y ante de De la calle realizó el cortometraje Apuntes para un visual de la calle (México, 2001).

Se apunta que De la calle es una dramática y cruda historia de los niños de la calle, adaptación al cine de la guionista Marina Stavenhagen, basada en la obra homónima del dramaturgo Jesús González Dávila. Filmada en el Centro Histórico de la Ciudad de México, es interpretada por estupendos actores profesionales, como la jovencísima, en su momento, Maya Zapata, así como por verdaderos niños de la calle que habitan en las coladeras. La trama aborda, se ha consensuado, de una forma innovadora y original una lacerante realidad, conjuntando acertadamente los medios de expresivos del arte cinamatográfico.

Cuando la vi, por vez primera, escribí: Seguro de no equivocarme, el filme emociona de principio a fin y, en ese sentido,  comparto la tesis de Jean Douchet: “Una obra de arte se hace para trabajar la emoción. Si se recibe la emoción se tiene una impresión que compartir”. Gerardo Tort me comentó,  que no pensó en Luis Buñuel en el proceso de la realización de su película, una brutal crónica negra. Yo sí pensé en Luis Buñuel al verla, sin que, por supuesto, las escenas oníricas de la madre del niño de la calle alcancen la pureza surrealista religiosa y sin que el hiperrealismo de las violaciones paralelas emulen el realismo del maestro aragonés.

Lo cierto es que la impresión obliga a la reflexión solidaria. Ahora, pienso en Los olvidados de Luis Buñuel, pienso en la escena donde la madre de Pedro lo va a visitar al reformatorio. Pienso en que es una escena sobre la subversión de la piedad, ante la imposibilidad de la redención, por las condiciones de marginación social, pienso en su final de una total crueldad extrema, paroxística. En De la calle, pienso en como Rufino sueña, imagina, la imagen inmaculada de su madre, potente alegoría religiosa de la piedad que contrasta brutalmente, con la imagen podrida del padre, alcóholico perverido, brutal crónica negra sobre la perversión, que cala lo más profundo de la emoción, por más duro que se sienta uno ante la crudeza de la vida. La emoción pone a prueba nuestra resitencia a las bajas pasiones que perturban a las mentes sanas. En fin, se trata, como dice Jean Douchet, de trabajar la emoción mediante las obras de arte, mediante colores claro oscuros, más oscuros que claros, de la realidad cotidiana de los niños y adolescente que viven en el submundo de la pobreza y la marginación social y que nosotros, indiferente, vemos a diario en las calles, bebiendo, drogándose y robando, siendo obligados a ser cómplices del hampa y la policia corrupta.