Hay momentos en que el arte, la política y el espectáculo colisionan, y esto pasó hace unos días en el medio tiempo del Super Bowl, el cual fue encabezado por Bad Bunny y su espectáculo que se volvió un símbolo.
La NFL anunció la participación del puertorriqueño desde septiembre del año pasado, y no se hizo como un tema de posición política, sino meramente de mercadotecnia.
Pero este show de medio tiempo acabó mostrando la profunda división que hay en Estados Unidos. Por un lado, los WASP (protestantes, blancos, anglosajones, por sus siglas en inglés) que fomentan el conservadurismo y políticas antiinmigración; y por otro lado, quienes tienen una visión más cercana a la realidad del siglo XXI, predominante por el multiculturalismo, lo multiétnico y la integración.
No estamos hablando de música, sino de una representación de las contradicciones internas de Estados Unidos, que, de no imponer la racionalidad, llevarán a una confrontación mayor de impacto global.
El Super Bowl se dio en un ambiente enrarecido por la pérdida reciente del terreno electoral del Presidente de Estados Unidos, así como los conflictos y movilizaciones en todo el país por las políticas antiinmigrantes y el papel de ICE en las redadas, y todo esto rematado por un video que el propio Donald Trump publicó en sus redes sociales, en el cual se ve a los Obama personificados como simios.
El balance es, sin duda, una victoria cultural para Bad Bunny, quien tan solo en Estados Unidos tuvo una visualización de más de 128 millones de personas. En paralelo se dio un espectáculo alternativo encabezado por Kid Rock que solo tuvo una visualización de 5 millones, siendo superado por Puppy Bowl, un evento de adopción de perritos que vieron más de 15 millones de estadounidenses.
Sin embargo, hubiera sido deseable que en el medio tiempo se diera un mensaje de integración, no solo para los países latinoamericanos, si no para los estados que conforman Estados Unidos.
Frente a este entorno, lo más importante es valorar la unidad nacional, que siempre se refleja en la aceptación popular. Trump tiene una aprobación de apenas 30%, mientras que la Presidenta Claudia Sheinbaum tiene una de las más altas del mundo, rondando en 80%.
Esto demuestra que Trump se equivocó, debió apostarle a la educación y a un proyecto social, atendiendo a la indigencia en vez de a los migrantes que trabajan; y nos confirma que el rumbo de México, bajo el liderazgo de la Presidenta Claudia Sheinbaum, es el correcto, atendiendo a las causas y el bienestar de las mexicanas y mexicanos.
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