• La encuesta que confirma el problema de fondo: la oposición avanza, pero el poder no se mueve

La más reciente encuesta nacional en vivienda de Buendía & Márquez para El Universal debería ser una llamada de alerta para la oposición. Morena cae: pasa de 46% a 34% en intención de voto en apenas un año. Pierde simpatía, pierde identidad partidista y pierde parte del efecto arrastre de su triunfo presidencial.

En cualquier democracia competitiva, un retroceso así encendería la posibilidad real de alternancia. En México, sin embargo, no está ocurriendo.

El PAN, es cierto, crece. Duplica su preferencia: de 7% a 14%. Pero ese crecimiento no se traduce en capacidad de disputa. La distancia con Morena sigue siendo de veinte puntos y, más grave aún, la percepción negativa del partido sigue siendo profunda.

El dato incómodo es este: el oficialismo se desgasta, pero la oposición no logra convertirse en opción.

No estamos ante un gobierno invulnerable. Estamos ante una oposición que no logra convertir el desgaste en oportunidad. Y esa diferencia es la que puede definir el rumbo político de la próxima década.

El problema del PAN no es que no crezca. Es que no logra transformar ese crecimiento en confianza social. Suma simpatizantes, pero no construye entusiasmo. Aparece como alternativa, pero no como esperanza. Y en política, cuando no generas esperanza, no generas mayoría.

Mientras tanto, el voto opositor sigue fragmentado entre PAN, Movimiento Ciudadano y PRI. Pero el verdadero riesgo no está solo en esa dispersión actual, sino en lo que viene: la tentación permanente de crear nuevos partidos como si más siglas significaran más fuerza.

No la significan.

En un escenario donde el electorado opositor ya está dividido, cada nueva opción no suma músculo; lo diluye. El resultado es un mosaico cada vez más disperso frente a un bloque oficialista que, aun con desgaste, conserva cohesión suficiente para mantenerse arriba.

Y hay un elemento que suele pasarse por alto: incluso una eventual recomposición dentro del bloque gobernante —como un distanciamiento entre Morena y sus aliados tradicionales, PVEM y PT— no necesariamente beneficiaría a la oposición. El voto difícilmente cruzaría de bloque; se redistribuiría dentro del mismo espacio político.

Es decir, el oficialismo podría fragmentarse… sin perder el poder.

Ese es el tamaño del problema.

El crecimiento del segmento apartidista —que pasa de 35% a 42%— lo confirma con claridad: el desgaste de Morena no se está trasladando a la oposición, sino al desencanto. Y el desencanto, cuando no encuentra representación, no produce alternancia; produce inercia.

Y la inercia siempre favorece al que ya gobierna.

Si la oposición sigue confiando en que el tiempo hará el trabajo que solo la política puede hacer, el escenario no será el de una competencia cerrada, sino el de una estabilidad asimétrica: un partido que no necesita convencer a la mayoría, porque la mayoría no encuentra a quién confiarle el relevo.

Eso no es una derrota electoral. Es algo más profundo: es la normalización de la falta de alternativa.

La encuesta no describe solo una ventaja coyuntural. Describe un sistema que empieza a acomodarse alrededor de un eje dominante, no por fuerza absoluta del gobierno, sino por insuficiencia estratégica de quienes deberían disputarle el poder.

La pregunta de fondo ya no es por qué Morena sigue arriba.

La pregunta es por qué la oposición sigue sin construir una mayoría social capaz de bajarlo.

Porque si la oposición continúa creciendo sin articular, sumando sin integrar y criticando sin convocar, el desenlace será previsible: un país donde el poder no necesita imponerse, porque nadie logra concentrar la fuerza suficiente para reemplazarlo.

Y cuando eso ocurre, la alternancia deja de ser un resultado probable y se convierte en un accidente.

El desafío no es técnico ni electoral. Es político y social. Implica salir de la zona cómoda de la crítica, reconstruir vínculos reales con la ciudadanía y disputar el terreno donde hoy el oficialismo sigue teniendo ventaja: la cercanía, la narrativa y la identidad.

Porque si no se hace ese trabajo —intenso, constante, territorial— el riesgo no es solo perder elecciones.

El riesgo es que el país termine por asumir que el poder no cambia.

Y cuando una sociedad empieza a creer eso, la democracia sigue existiendo en las boletas…

pero deja de existir en la imaginación colectiva.