¡Viva Cristo Rey! Lo escribe en sus posteos, lo dice durante las entrevistas, lo grita en eventos públicos. Fátima Bosch ha integrado esta frase en su discurso de reina de belleza.

El que avisa no traiciona. Fátima nunca ha ocultado su religiosidad; por el contrario, la ha convertido en parte de su sello distintivo. Hasta ahí el tema está claro: es una creyente declarada, muy su derecho, pues ese concurso es de una organización privada.

Donde tengo mis dudas es si esta reina universal de la belleza tiene conciencia del significado de esta frase en la historia de nuestro país: la guerra cristera.

¡Viva Cristo Rey! fue mucho más que una consigna; expresaba la convicción profunda de los católicos que se alzaron en armas en una guerra civil que provocó alrededor de 250 mil muertes entre 1926 y 1929, con enfrentamientos en por lo menos diez estados.

Una guerra insensata, religiosa y cruel de ambos lados, pero particularmente para la población civil, para los pueblos y comunidades. ¿En qué pensará o sentirá Fátima Bosch cuando grita o escribe: ¡Viva Cristo Rey!? ¿Es una frase inocente que nace de un corazón puro? ¿Pensará acaso en el general Enrique Gorostieta, contratado para dirigir los ejércitos cristeros? ¿En el padre Agustín Pro o en la Madre Conchita? ¿En Victoriano Ramírez, “El Catorce”? ¿En los sacerdotes con cananas y fusiles en las manos? ¿En la jerarquía católica que cerró las iglesias y se exilió en Estados Unidos y en Europa? ¿En las tropas del general Amaro, que aplicaron la tierra quemada para sembrar terror y muerte? ¿Pensará en la Liga Nacional de la Libertad Religiosa? ¿En las llamadas Juanas de Arco o en las “Langostas Negras”, que proporcionaban armas, dinero y plegarias a los cristeros?

Todas estas preguntas surgen y se atropellan cuando Fátima Bosch las trae a la actualidad y conmemoramos en 2026 un siglo de esta guerra fratricida.

¡Viva Cristo Rey! es ese eco molesto, incómodo, que nos trae a la memoria una “vergüenza nacional”. Un capítulo que prácticamente fue borrado de la historia oficial escrita en bronce, porque, si bien era necesario consolidar la laicidad del Estado, la dupla de caudillos triunfadores de la Revolución —Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles— llevó las cosas a un exceso que encontró eco en una jerarquía católica que, aferrada a sus prebendas y privilegios, pero sobre todo a su dinero, abundó en la polarización hasta llegar a la lucha armada.

¿Quién disparó la primera bala en esta guerra? Existen muchas versiones; quizá nunca lo sabremos, pero lo que sí queda claro es que el olvido o la amnesia deliberada no cierra una herida que aún duele para muchas familias del Bajío.

Yo no soy religioso; defiendo la laicidad del Estado mexicano, pero también es preciso reconocer los excesos en los que incurrieron tanto el Ejército como las tropas cristeras. Si estamos en tiempos de reconciliación y de perdón, de reconocer errores del pasado, sería justo que el Estado mexicano hiciera un ejercicio de autocrítica, porque la única manera de no cometer los mismos errores es estudiar nuestra historia: la historia de mujeres y hombres de carne y hueso, y no de héroes impolutos y villanos absolutos. Quizá Fátima Bosch, de manera circunstancial, coloca el dedo en una herida que aún duele.

Eso pienso yo, ¿usted qué opina? La política es de bronce.

@onelortiz